Un domingo de cierre con esperanzas. Y no sólo por el medallero de los Juegos Panamericanos Lima 2019. Si bien no es menor el detalle de “la mayor cantidad de medallas en Panamericanos disputados fuera de la Argentina”, lo cierto es que el deporte argentino generó nuevamente el atractivo emocional necesario para que millones de personas que siguieron los Juegos por TV realcen el valor del colectivo deportivo y dejen de pensar un rato en la maldita mercantilización de las actividades deportivas que tanto daño nos hace.

Y el periodismo de los medios hegemónicos hizo lo suyo. Escasa cobertura en el lugar por parte de diarios, canales y radios con alto poder económico, es decir, con pocos enviados especiales y un seguimiento de las competencias que hacía eje en lo que mostraba la TV y no en lo que ocurría realmente en Lima. Un abandono notorio de la especialización periodística en cada deporte (se nota con el viejo recurso de buscar a ex deportistas para que comenten, desnudando así la ignorancia generalizada) y un afán por mostrarse nacionalistas en los relatos, como si el deporte formara parte de una guerra entre países.

Somos un país que periodísticamente – salvo algunas excepciones en la Universidades públicas- tiene una de las peores formaciones. Ni que hablar en materia deportiva. Los resultados se exhiben cada vez que la tonelada de cronistas que posee nuestro país, realiza exhibiciones profesionales para demostrar que saben mucho de fútbol profesional y, en cambio, conocen cero o muy poco de la vasta gama de deportes que conforman el pueblo en movimiento en los clubes y en la centenares de competencia que se celebran semanalmente en la Argentina.

Por eso nadie advirtió la marea deportiva que asomó en Lima, como no vieron la marea del cansancio popular ante un gobierno insensible que ayer cayó en las urnas.

Son los dos países que se vieron reflejados en los últimos tiempos. Las buenas experiencias de los deportes colectivos, aún de los que no subieron al podio, indican claramente que muchas conciencias van modificándose en el país. La mala suerte del básquetbol femenino (olvidarse juego de camisetas de un color prefijado) puede indicar que somos un desastre en materia de previsión, pero lo que realmente importa es que valoremos los esfuerzos deportivos. Es decir, a veces se nos pide una organización suiza, cuando no somos ni seremos Suiza. Y nos olvidamos del trabajo enorme que el deporte semiprofesional o amateur (o mejor dicho, postergado) realiza cada mañana, cada madrugada, cada tarde, cada noche, en los entrenamientos.

Pero nuestras y nuestros deportistas (mayoritariamente) tienen un corazón enorme y una templanza en la preparación y en el corazón que origina comunicados como el de las chicas basquetbolistas que dijeron: “ "Debido al requerimiento de la prensa pedimos que respeten el delicado momento que estamos pasando como equipo y nos sigan apoyando hasta el final del torneo. Una vez terminados los juegos hablaremos con quién corresponda sobre la situación y el futuro de la Selección Femenina de Básquet".

Allí está el primer buen reflejo: saber perder. Aún en la bronca de una deslealtad como el de los ambiciosos dirigentes colombianos, que en vez de aceptar jugar con un equipo que había “olvidado” sus camisetas alternativas, prefirió el triunfo en el escritorio, apelando al reglamento.

Si algo tenemos que aprender (los periodistas) es de la carta de Fideo Di María que dio a conocer en las redes. Búsquela. Está en su cuenta de Instagram y es una valiente carta contra sus críticos y contra aquellos periodistas que no nombra, pero que critican a los futbolistas en general. 

Cuando los periodistas sepan qué pasa allá abajo, en las bases populares del deporte, así como deben aprender a mirar qué pasa en la base de los pueblos, sabrán que las cosas no suceden solas.

Y que hay que saber mirarlas.