La suma de todos los miedos. Así titularon una película, allá por principios de siglo. Creo que era con Morgan Freeman, pero no pienso chequearlo, no sea cosa que me encuentre con una amonestación por buscar algo con Freeman sin contextualizar esa búsqueda con un video -o intervención artística, o pintada, o unas “stories”, o lo que sea que hagan en tik tok- políticamente correcto que explique el motivo del apellido del actor que hizo de chofer y que hizo también de Dios eterno del cielo vestido de blanco en un espacio muy blanco (ojo Todopoderoso, ahí van a contextualizarte). Pero finalmente junto coraje y, estoico, me animo a buscar La suma de todos los miedos

Ben Affleck y no Morgan Freeman estaba primero en los créditos... sin embargo Freeman estaba más alto en el afiche. Envíese esta constatación a la Oficina de compensaciones de la Dirección de diseño y ordenamientos significativos, sita en el Edificio de reparaciones e injusticias del pasado de la Secretaría de la simbólica en general y en particular, perteneciente al Ministerio de la neolengua. Listo, cumplido mi deber de ciudadano. Bueno, de ciudadano o de lo que sea que seamos ahora. Sigo con La suma de todos los miedos: era una de esas del personaje de Jack Ryan, que me aburrían soberanamente, basadas en los libros de Tom Clancy, que me aburrían de solo pensar en tocar alguno o mirar su tapa. Creo entender al leer algunas sinopsis que La suma de todos los miedos trataba sobre terroristas neo-nazis que querían generar un enfrentamiento entre Estados Unidos y Rusia metiendo una bomba nuclear en un estadio en Baltimore. Me aburren las sinopsis y creo incluso haber evitado prolijamente esta película, porque Jack Ryan y porque el afiche era igual a muchos otros afiches y porque había demasiados thrillers con Morgan Freeman en esos tiempos (ay, me vienen a contextualizar) y porque había mucha mejor oferta todos los días para ver en Buenos Aires.

Estoy por abandonar La suma de todos los miedos cuando de repente me fijo de qué año era exactamente. Epa, no cualquier principio de siglo sino… el año 2002 que ¿casualmente? tiene los mismos números que este año aunque ordenados apenas distinto. Epa: La suma de todos los miedos / en la que actúa un Dios negro / y 2002 - 2020. Pienso que debería chequear si esa película no era un mensaje en clave de Nostradamus, del chiquito lanza predicciones de la India y del Pulpo Paul. Pero no voy a ver la película, no, seguro que las predicciones eran ciertas y altamente científicas. En lugar de eso, me pongo a pensar en boludeces literales, como si sería realmente posible sumar todos los miedos. Y no, no señores, no creo que puedan incluir mi terror ante Glenn Close levitando muerta en la infame La casa de los espíritus. Y no sé si les sería muy rentable sumar mi miedo que ya lleva décadas ante la debacle de los conocimientos matemáticos mínimos que -entre otros beneficios- nos permitían tener una base común de entendimiento entre las gentes. Por ejemplo, si uno dice hoy “el porcentaje de vuelos comerciales de pasajeros que terminan con accidentes y muertos es muy bajo” uno esperaría conversar sobre la diferencia entre la tasa de mortalidad aérea frente a las de los diferentes transportes terrestres. Pero no: el interlocutor de estos días es capaz de ponerse a gritar desconsolado: ay, soy un adulto frágil, me da miedo, se muere gente en los aviones, ay, quiero que me cuiden, ay, mi mamá me mima pero ¿por qué no me mima?, es que se murió, ay, ¿es que no son inmortales las madres?, ay, quiero ir a lo de mi psicóloga, ay, ¿por qué el estado no garantiza que no haya jamás ningún accidente en los aviones, o al menos cuando yo viaje?, no puede ser, ay, mamá, papá, cuánta fragilidad, mejor no viajo, o sí viajo, pero que me den el asiento más seguro y el más mullido y el que tiene más peluches. Así está el patio, como dicen en España. Estaría bueno poder hablar también de forma sensata si uno empieza diciendo

“según toda la evidencia disponible, esta enfermedad afecta gravemente a un porcentaje muy bajo de los contagiados y no se transmite con facilidad al aire libre” y poder intercambiar ideas normalmente. Pero no, otra vez algo parecido -o incluso peor- a la respuesta-estado permanente de pánico frente a los aviones. Y el pánico se extiende, y los números se olvidan o no se entienden o no se quieren entender,  y los entregados al pánico usan como argumento para sostenerlo que “todo el mundo está igual, así que yo tengo razón”. En fin, en primer lugar: no me incluyan. En segundo lugar, también “todo el mundo” ve al mismo tiempo la misma serie irrelevante, en ese momento en el que los medios les dicen que tienen que verla. Otra vez: no me incluyan. Y sí, La suma de todos los miedos es casi igual a La suma de todos los medios. Y una vez más: no me incluyan.

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