La idiocracia, al final, resultó un documental sobrio, contenido, sutil. Eso es lo que confirmo cada día, en realidad cada un cuarto de día, cada ocho horas. Error: un cuarto de día son seis horas. Escribí este error para poder corregir algo inmediatamente en un medio periodístico. Gustos que uno se quiere dar ante tamaña exhibición y constatación de decadencia múltiple. Se habla sin saber hablar, se escribe sin saber escribir, se escucha cualquier pavada y frecuentemente se tipea mal eso que llaman zócalo. Y no pocos periodistas que por algún motivo se consideran “esenciales” hablan pésimo y vomitan monsergas buchonas en televisión o streaming en vivo. Creen que opinan cuando apenas balbucean frases inconexas, y eso en los infrecuentes casos en los que sus sonidos alcanzan estatuto de frase. Así las cosas, abandoné el consumo tóxico de periodismo y resolví, finalmente, ver Uncut Gems de los hermanos Safdie, protagonizada por Adam Sandler. Más streaming, y más desolación.

Ni quiero revisar los elogios que se le hicieron a Sandler por esta actuación cuando se hablaba y se hablaba de esta película, con ese tono lleno de telarañas auditivas y visuales que a fin de cuentas decían algo así como “ahijuna, ahora sí que finalmente es bueno el pavote este de Sandler”. Por dios, por todos los dioses. Los Safdie hicieron su peor película -una imitación atolondrada y desarticulada y ñoña del cine más vibrante y al palo de Scorsese y De Palma- y Sandler hizo su actuación más ineficaz, más “actuada”, más exhibicionista. Y llegaron los elogios mayoritarios, con esa mueca de “ah, el arte, el autor; antes Sandler hacía puras basuras”. En Uncut Gems Sandler arma un personaje no tonto sino hecho con tontería, con tosquedad: mantiene la boca abierta, tiene un peinado grasa- niuyork-adinerado y actúa dentalmente una y otra vez. Gesto exagerado, gesto obvio, gesto con énfasis. Énfasis y ausencia de reflexión: eso quieren los tiempos. Más énfasis. Más. Más. Y más, y más con ciento cincuenta signos de exclamación, que apenas cierran, nunca abren.

Los tiempos -o las ideas de estos tiempos sobre el cine y el mundo- han arruinado también a Sandler. En Sandler había una potencia, una confianza de estrella que le permitía no exagerar el gesto. Esa confianza, que también era confianza en su carisma, le permitía hablar a diversas velocidades, a velocidades de comedia aguda y siempre con chances de otras variantes. Sandler parecía inoxidable, pero ahora le puede entrar mucha agua dañina si no se protege y se pone a jugar el juego del “prestigio”. Para recordar momentos más felices de la crítica y de la comedia me puse a buscar entre las muchas cosas que escribí sobre Sandler. Estos fragmentos son de textos escritos en 1999 y en 2012, y los dejó acá  como módico homenaje a un actor y creador extraordinario, como recuerdo de cuando sus méritos no eran detectados por el radar de los buscadores de énfasis.

-Sobre Un papá genial, (Big Daddy, 1999):
En las antípodas de la verborragia y la autoconciencia de Billy Cristal, Sandler es un Bill Murray joven y no tan escéptico. La promesa de La mejor de mis bodas se cumple: desde la sensibilidad de los ochenta, Sandler afirma que las comedias respiran mejor con personajes excéntricos, antes de que se adapten a los cada vez más cuadrados universos que hoy rodean a Julia Roberts y Meg Ryan.     

-Sobre Una esposa de mentira (Just Go with It, 2011):

Poco después de otra enorme película como actor (Funny People, de Judd Apatow), Sandler vuelve a hacer una de esas películas que son suyas aunque no las dirija. Una esposa de mentira es una comedia romántica con la marca del humor bestial y delirante de las "películas Sandler", con grandes dosis de creatividad no solo para hacer reír sino además para estructurar el romance -cuando se sabe la importancia del componente de la risa en el amor, se hacen mejores películas- y con muchos momentos de gran interacción entre Sandler y Jennifer Aniston (y de los dos versus Nicole Kidman). Una de esas comedias llenas de chistes adictivos. 

Una esposa de mentira es una remake de Flor de cactus, de 1969, a su vez basada en una obra de teatro. Pero Una esposa de mentira, como muchas otras remakes -todos están equivocados cuando se quejan y se quejan de las remakes antes de verlas- es una película singular, de una singular etapa de Sandler: en Son como niños, en Funny People y en esta película, Sandler interpreta a millonarios. Ya van tres películas en la que Sandler se permite bromear con el dinero. Y como todo espectador realmente lúcido sabe, no hay nada más serio que las bromas de las buenas comedias. Y Una esposa de mentira se mete también con la obsesión por las cirugías, y le permite a Jennifer Aniston jugar –como comediante filosa– de igual a igual con Sandler: el intercambio de agresiones en la primera presentación de Aniston como esposa es ejemplar, pero hay mucho más.

Cuando en 2003 se estrenó Locos de ira (Anger Management), con Adam Sandler y Jack Nicholson, la sorpresa fue doble. 1: el personaje de Sandler (Dave Buznik) iba a terapia para poder enojarse y liberar su furia. 2: Sandler había construido buena parte de su carrera como actor de cine con personajes nunca del todo normales, con tendencia a ataques de ira muchas veces por las cuestiones más triviales. Locos de ira era algo así como una película -o una metapelícula- de Sandler que explicaba cómo Sandler se convertía otra vez en Sandler al obtener la capacidad de enojarse.

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