
Una de las mejores películas springsteenianas, o hechas alrededor o con canciones de Bruce Springsteen, es Copland (1997) de James Mangold, protagonizada por Sylvester Stallone. Justamente Mangold dirigió A Complete Unknown (2024), magistral película sobre Bob Dylan. Al ver Springsteen: música de ninguna parte (2025), de Scott Cooper, quizás uno pueda añorar esa película que no existió: una biografía de Springsteen hecha por Mangold, que tan bien había entendido lo springsteeniano en Copland, incluso lo específico de un disco como The River, el punto de partida de Springsteen: música de ninguna parte, que va desde The River hacia Nebraska y Born in the U.S.A.
Otro director que había hecho una película con el espíritu de Springsteen, o de cierta zona de sus historias, fue Steven Spielberg en su muy fordiana Guerra de los mundos de 2005. Una de las películas más inoxidables de finales del siglo pasado, y que el tiempo le está dando el lugar merecido, es Texasville (1990) de Peter Bogdanovich, también springsteeniana a pesar de apenas tener fugazmente “Dancing in the Dark” en la banda de sonido. Pero Bogdanovich, con Mask (1985) -en su versión del director, que pudo conocerse mucho después del estreno-, hizo otra gran película springsteeniana, de esas que inclusive tuvieron que luchar por serlo. Peter Bogdanovich murió en 2022, pero todavía tenemos a Steven Spielberg y a James Mangold para que, ojalá alguna vez, hagan una película sobre Bruce Springsteen. O nos dedicaremos algunas horas, días, meses o incluso años, a añorar lo inexistente.
Springsteen: música de ninguna parte de Scott Cooper es lo que podía preverse por los antecedentes del director: una película profesional, con un actor mimético y esforzado -Jeremy Allen White incluso logra cantar como Springsteen-, y convencionalismos diversos y rústicos en la construcción. Es cierto que quizás no esperábamos tanta obviedad y repetición en las características de la relación de Springsteen con su padre, y tantos temibles flashbacks. Tampoco que la historia de amor de la película lograra la fatal combinación de búsqueda de realismo y resultados de falsedad.
A su favor, Cooper contaba con algo fundamental, y eso es que tenía algo que contar: un momento clave de uno de los más grandes artistas populares del último medio siglo y que sigue activo (hace unos días hasta hizo una canción de protesta contra Trump y el ICE, “Streets of Minneapolis”). Con esa ventaja inestimable, Springsteen: música de ninguna parte se pone intermitentemente a convocar no pocas emociones. La grabación de “Born in the U.S.A.”, cualquier aparición de “Atlantic City”, un poco de “Reason to Believe” valen una película, o dos.
“He visto el futuro del rock and roll y su nombre es Bruce Springsteen”, escribió Jon Landau en 1974, cuando era crítico musical. Luego pasaría a ser manager y amigo y confidente de Springsteen, y esa relación profesional y de amistad es lo mejor de la película de Cooper: todos los momentos en el estudio, los diálogos sobre Nebraska entre Landau y el músico y la conversación de Landau con Al Teller en la compañía discográfica son lo mejor de esta película que acierta al hablar de música, de la visión del artista e incluso de los negocios. Y que derrapa fuertemente -con modos cinematográficos melifluos y machacones- al meterse con sentimientos del orden de las relaciones amorosas o familiares: extraños desaciertos en una película sobre Springsteen.
Aquí dejo cuatro de los varios artículos que he escrito sobre Bruce Springsteen y el cine:
Bruce Springsteen: Cop Land, El luchador y John Ford
Bruce Springsteen y el cine de Peter Bogdanovich
Bruce Springsteen: más directores, más películas
20 años de Guerra de los mundos: héroe de la clase trabajadora



