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Relato de dos horas y media e historia de aproximadamente nueve meses -o, mejor aún, película de gestación-, Marty Supreme se ubica en cualquier podio de films vitales. De cualquier época o de la época que se decida delimitar. Y qué importa la aparente realidad y sus límites más obvios si hay determinación para avanzar, para salir corriendo como se corría en algún momento de Chungking Express de Wong Kar-Wai. Primera película en solitario de Josh Safdie -es decir, sin su hermano Ben-, Marty Supreme es una película voraz y, esta vez, señor Safdie, una película de explosiva generosidad y bondad disfrazada de maldad o astucia, de esas que incluso devuelven cada posible molestia de las que pueden surgir por ir hasta el cine. Marty Supreme es una película de las que absorben energía -incluso de los espectadores- y devuelven cine veloz pero no confuso, energético pero no frenético, convencido y -por eso mismo pero no solamente- convincente.

En los títulos de una película que transcurre mayormente en Nueva York en 1952 y 1953, suena “Forever Young” de Alphaville, es decir, una canción de la década de los ochenta de una banda alemana. Una línea clave de la canción dice que “so many adventures couldn't happen today" (tantas aventuras no podrían suceder hoy). Quizás bajo esa idea nos vamos al pasado, o a diversos pasados. Nos ubicamos -una vez más, una película más- en el momento de mayor movilidad, o de mayor carga de futuro del capitalismo en occidente, en  los albores de la segunda mitad del siglo XX.

Hay una trampa en afirmar que tantas aventuras no podrían suceder hoy es una línea clave de la canción de Alphaville: “Forever Young” -esta Forever Young, porque hay más- está armada de líneas clave, puros núcleos, pura ambición de decir fuerte. Una vez que arranca sigue y no se detiene a contemplar lo dicho. Y ese molde de intensidad se aplica a Marty Supreme: una vez que arranca, y arranca casi antes de empezar, no hay contemplación de lo narrado, no hay momentos de calma, de pausa, no hay que perder el tiempo. Bienvenido a tu vida, no hay vuelta atrás cantaban también en los ochenta y se escucha, en otro de todos los momentos clave, en Marty Supreme. En las películas de los Safdie -y ahora en esta de un sólo Safdie- hay que estar atento, como se pedía explícitamente en Nueve reinas y El aura, las dos películas de Fabián Bielinsky. Marty se mueve, corre y quizás esté reflexionando, y no pensando a velocidad terminal, una vez, finalmente sentado, en el avión militar. Y se vuelve a sentar poco después, y para eso la película nos muestra -en otro de sus magníficos detalles de construcción- que busca y toma una silla.

En algún momento a mucha gente le sucedió lo de darse cuenta con evidente claridad -y, como señala frecuentemente Magdalena Arau, el verbo realize en inglés es un milagro de concisión y sentido- de que estaba viviendo en el tiempo del esplendor de Lionel Messi. Y algo similar debería entenderse en cuanto a Timothée Chalamet y su última década y lo que seguramente vendrá. Afirmar que es un gran actor, o incluso que es el mejor actor del mundo es una atenuación, un understatement. Da la sensación de que puede actuar absolutamente todo o, mejor aún, de que es tan bueno que ni siquiera parece actuar. Hace poco se lo criticó en las redes sociales -o algo por el estilo- por cierto aspecto que no había entendido o una referencia que no sabía en relación al final de Realmente amor (Love Actually, película de tantos fans y ninguna flor). O quizás se lo criticó por algo que Emma Thompson, que estaba allí sentada, y el resto de la humanidad sabían y T. Chalamet no. No me molesté en fijarme: Chalamet es actor, es el actor, el que puede con la velocidad de Marty Supreme. El que puede correr como en Chungking Express, el que puede cantar siendo Bob Dylan en otra película, el que puede ser el protagonista de una saga intergaláctica como Duna -no sé si es intergaláctica, seguro que no, pero intergaláctica suena bien- y mucho más. El que en Marty Supreme puede caerse con -y no de- una bañadera y ser partícipe, con uno de los directores más neoyorquinos de todos, Abel Ferrara en modo actor, de un momento al que llamar memorable es otra atenuación (y al referirse a la intensidad de Marty Supreme siempre se corre el riesgo de quedarse corto, o sea de atenuación, o sea de understatement).

Chalamet como Marty jugador de tenis de mesa también puede estar en otra secuencia cargada de energía, explosión y nafta que recuerda a Zoolander, y puede evocar, junto con la sabiduría del cine y también la cinéfila de Safdie, unos cuantos aspectos de Citizen Kane de Orson Welles (la actriz rubia y el teatro comprado y las críticas, el magnate ya no de los medios sino de la fuente material de la escritura a mano). Chalamet actúa pero ni siquiera nos lo hace notar, y elige las mejores películas para protagonizar, o le llegan, o se construyen a su alrededor. Recién hemos empezado a ver Marty Supreme, que sabe que el cine y la asistencia al cine ya han cambiado (so many adventures couldn't happen today) y que no estamos ni en los cincuenta ni en los ochenta del siglo pasado. Pero tanto Safdie como Chalamet son ilusionistas, uno de primer nivel y otro de nivel supremo, y nos hacen creer que el cine y su conexión con el público en una sala puede seguir siendo la que genera Marty Supreme.

Coda: no sé qué es lo que dijo Chalamet sentado cerca de Emma Thompson y/o alrededor de Love Actually. Pero en los créditos de Marty Supreme hay un rubro que es “Chef” y que entiendo que es para el equipo de la película, y figura un nombre. Sin embargo, hay otro rubro que es “chefs for T. Chalamet”, y hay dos nombres. Eso también es saber cosas.