
El italiano y napolitano -o al revés- Paolo Sorrentino ya lleva un cuarto de siglo haciendo películas. Su ópera prima L’uomo in piú, de 2001, se estrenó mundialmente en el Festival de Venecia diez días antes de los atentados terroristas en Nueva York, suceso que para muchos marcaría el fin del siglo XX. Sin embargo, no pocos afirman que el siglo de los siglos ya había concluido con la caída del Muro de Berlín en 1989. De todos modos, el siglo XX terminó para la mayoría de la gente -o para la mayoría de una parte de la gente, porque hay quienes cuentan de otra manera- el 31 de diciembre de 1999, y para los puristas numéricos en realidad lo hizo el 31 de diciembre de 2000. Pero más allá de todas esas disquisiciones, haya cuando haya terminado el siglo XX, el primer premio que recibió Sorrentino por un largometraje fue en el siglo XXI: en abril de 2002 en Buenos Aires, en el Bafici. Fue el premio del jurado joven, jurado que el festival constituyó solamente ese año. Un premio único, entonces, para un cineasta que ya se revelaba como singular.
El párrafo precedente, manierista y vueltero -o al revés-, ojalá sea leído con música de Antony and the Johnsons, en parte porque “My Lady Story” abría -en una secuencia inolvidable- L’amico di famiglia, película de 2006 de Sorrentino y que vi en un cine oculto entre callejuelas en pendiente en un festival de una ciudad con castillos y aguas termales; y comunismo en su historia y también en zonas de su arquitectura. Vi la película con una emoción particular, días después de las muertes de Fabián Bielinsky y Juan Pablo Rebella y de la eliminación de Argentina del mundial de 2006. Sorrentino -cineasta del siglo XXI, uno de los grandes nombres del cine de este siglo-, se animó a ser expansivo, ambicioso y generoso con su público desde el principio, desde L’uomo in piú. Y se animó también a continuar la senda, el legado, el fantasma y la sombra y la luz de Federico Fellini. Nada menos. Sorrentino, sí, no hay que tener problemas en decirlo -o al menos no quiero yo tener problemas- se decidió a ofrecer un cine, además de todo lo demás, emotivo. Nada menos.
En 2013 llegó La grande bellezza y Sorrentino fue -otra vez- fulgurante, manierista, personal, emocionante, ambicioso, excesivo -y dicho esto como elogio, con admiración-, un cineasta de formas convencidas y convincentes. Pero esta vez, además, fue reconocido por más público y por más premios. Ante su cine y especialmente ante La grande bellezza o La gran belleza -pero el mejor Sorrentino es en italiano sin traducción, tal vez por eso sus películas en inglés no están entre sus mayores logros-, la irritación y la fascinación son reacciones habituales, y poco hay en el medio. A los tibios los vomita Dios, y el cine de Sorrentino ni los mira. Y para Sorrentino Dios, o al menos un Dios providencial para su vida, es -no se puede decir fue por esto de la eternidad divina- Diego Armando Maradona.
Maradona aparece más de una vez en el cine de Sorrentino. Pero esos son otros asuntos. El asunto final de este artículo es que Sorrentino tiene un actor, su actor: no está siempre pero sí casi siempre. Es Toni Servillo y, en un mundo más lógico, o al menos más respetuoso del cine, o un mundo más parecido al de los sesenta o setenta o cincuenta o incluso ochenta del siglo XX, sería una estrella del cine italiano que en Argentina conocerían de a miles, o de a decenas de miles, o incluso de a centenas de miles. Pero hoy en día las cosas se han vuelto raras, o extrañas. O no, y simplemente ya no entendemos lo que está pasando, o lo que nos está pasando. Y ahí, con Toni Servillo y con un personaje de político damos paso a la última película de Sorrentino hasta el momento, la magnífica La grazia. Toni Servillo, en lo que debe ser un récord absoluto en la historia del cine, interpretó ya a tres presidentes italianos (o presidente del consejo de ministros, pero la explicación de la organización política italiana no es parte de este artículo): Giulio Andreotti en Il divo, Silvio Berlusconi en Loro y ahora a Mariano De Santis, un político singular y que, a diferencia de Andreotti o Berlusconi, no gobernó Italia más allá del cine de Sorrentino. Y qué cine el de Sorrentino, uno tocado por la gracia, o por La grazia, a la que volveremos, o volveré, en dos semanas.



