Mundo Cine

En el libro Perseverancia, el crítico francés Serge Daney escribió sobre la relación entre el crítico y el público. Decía que su vida de crítico había significado “ser como un barquero”, que con su voz comenzó "a pasar pequeños mensajes, orales y escritos, para llevar noticias de una orilla a la otra sin pertenecer a ninguna". Las orillas de las que hablaba Daney eran una la de "la gente normal que consume películas por pura diversión" y la otra la de los artistas, los creadores. No hay que ser muy avispado para darse cuenta de que hoy en día el rol del crítico es como el caso del increíble hombre menguante: se hace cada vez más pequeño. En parte porque se ha producido un solapamiento y un desplazamiento del crítico por otro comunicador: el periodista de espectáculos, que “informa y evalúa”. Para ser más técnicos en los conceptos, la crítica ha sido remplazada por la reseña. Y, en algunos casos, la reseña ha sido remplazada por la cata comparativa de tanques, el pronóstico de inversiones. Esta de DC es buena porque no es tan mala como las otras (Wonder Woman). No le fue tan bien a La Momia en USA, ¿afectará el futuro del reboot de la franquicia de los monstruos de Universal? La respuesta, mis amigos, está flotando en el espíritu de Boris Karloff, o no. Lo importante es volver a Daney, que en ese planteo sobre las orillas nos indicaba, con amabilidad, el camino que no siempre hemos sabido seguir.

En muchas de las críticas a favor -sí, hay mayoría de textos y comentarios radiales que la defienden- sobre Mujer Maravilla se usa como un argumento que “es mejor que las otras del Universo DC”. Considero que eso puede poner contenta a la división del estudio de Hollywood que se encarga de esa línea de productos (¡vamos mejorando, gente!), pero no me convence mucho como crítico. Además, hay gran excitación por ese tipo de información que tiene más que ver con el periodismo o con la historia que estrictamente con la crítica de cine, o al menos con la valoración que conlleva: es la primera película de una superheroína dirigida por una mujer. Bueno, si uno no amplía el concepto de superheroína quizás ya había habido algunas antes, pero no vayamos por ese lado. Sí por el lado de que Mujer Maravilla es una película floja, eficiente para vender entradas pero no para divertir y convencer. Otra más, lamentablemente, de esta zona del mainstream que está desguazando el cine.

El objetivo de esta columna es recomendarles una película, que no se estrenó en cines en Argentina, pero que fue la que más rápido llegó a una cifra determinada de recaudación en su primer fin de semana en su país de origen. Y cuyo director hoy está terminando un mega tanque en Hollywood de super héroes. Y con un actor protagónico que participó de una de las películas más recaudadoras de todos los tiempos, y que tuvo varias secuelas, y que va por más. En este punto, quienes están mínimamente en tema saben a qué películas, a qué director y a qué actor me refiero.

El título de este artículo es el del libro de Jonathan Rosenbaum de hace casi dos décadas. En ese libro, entre muchos otros temas, Rosenbaum hablaba sobre cómo la oferta -en el cine- influye notoriamente en la demanda: básicamente y simplificando al extremo, si no hay más opción que unas pocas películas, la gente tenderá a ver esas pocas películas. Una variante a lo que ya se había preguntado Pauline Kael en los ochenta, ¿por qué seguimos yendo al cine si las películas son malas?, y se respondía que era “porque queremos ir al cine”. Ir al cine como necesidad cultural, social, espiritual, emocional, sensorial, etc. Hoy en día, hay gente que antes frecuentaba butacas que ha dejado de ir a las salas. Y esta semana el Festival de cine más famoso del mundo quedó en el medio de las estrategias de lanzamiento de Netflix y de los pedidos y quejas de los exhibidores franceses, que forman parte como asociación del board del festival.

Una semana antes de que empezáramos a empezar -sé de la redundancia- la reciente edición del Bafici, se encendió el asunto INCAA. Los detalles, las opiniones, los rumores, las mentiras, las pocas preguntas, las muchas respuestas: eso es asunto de alguna otra discusión y ya hablé mucho en diversas entrevistas. Con el correr de los días en los que se habló de financiamiento, presupuesto, fomento, producción y otros etcéteras, me di cuenta de que este ambiente de intercambio de ideas -en el mejor de los casos, en el más deseable, al menos por mi parte- podía permitirnos empezar a ir más allá a la hora de pensar en el futuro del cine argentino, y del cine.

12,6 millones: se afirma que en el primer trimestre de 2017 se vendieron más entradas de cine que en cualquier primer trimestre desde 1997, que es desde cuando se habla de “historia moderna” de los cines, desde cuando dicen que se miden los números “seriamente”, según la valiosa página cinesargentinos.com. Pero a esta noticia que fue replicada ampliamente le discutiría para empezar el título: que diga “de la historia” se presta a confusión, aunque después se aclare.

Esta nueva La Bella y la Bestia es una catástrofe de proporciones gigantescas. No, claro que no en términos económicos, porque es un gran super recontra archi éxito global y ya hay noticias sobre eso; y antes había gacetillas sobre el video tal, y acerca de lo que Emma Watson hizo o no hizo, y se puso o no se puso. Pero ese es un problema de otro orden, de otro tipo de lamentos y lutos, o de festejos según el caso.

Vamos a hacer algo a destiempo, que es seguir hablando -escribiendo- del Oscar a casi dos semanas de la entrega de los premios. Habitualmente, a los dos o tres días ya no quedan ecos del asunto. Esta vez, sin embargo, hubo una sobrevida del tema por ese final en el que unos estaban festejando y en dos minutos cambió todo, como a veces pasa en el fútbol, justamente esta semana. El error organizativo, de reflejos, etc., que hizo que el premio a la mejor película cambiara literalmente de manos cuando ya muchos habían apagado el televisor fue uno de esos momentos que explican muchas cosas, un nodo fundamental, un concentrado de sentido.

1. Murió Seijun Suzuki, uno de los directores japoneses fundamentales que seguían vivos. Su última película la hizo en 2005 (Princess Raccoon). Y la anterior, Pistol Opera (2001), había marcado su regreso luego de varios años. Ya estaba acostumbrado a pausas: Suzuki había tenido que refugiarse durante una década en la televisión por conflictos con el jefe de Nikkatsu. Los estudios japoneses y los géneros, y esos varios directores del sistema que lo sabían -y saben- dinamitar desde la práctica, aún con dificultades. Pistol Opera, una de las películas más fascinantes y anómalas de asesinos seriales (asesinas, en este caso), se dio en el Bafici 2003, dos años después de su estreno en Venecia. En esos años, las películas duraban mucho más que ahora en el circuito de festivales. En la actualidad, la duración promedio de una película circulando por festivales es mucho menor. En algunos casos extremos las películas “duran” apenas un festival, porque se venden a sistemas de distribución vía internet y solamente se estrenan en salas en su país de origen.

1. La nueva película de Ben Affleck, Vivir de noche (Live by Night), no había tenido buena recepción en la crítica estadounidense. En ese sentido, y a juzgar por el delirio de elogios superlativos hacia una película tan mediana como Luz de luna (Moonlight), había esperanzas. Pero, por sobre todas las cosas, los antecedentes de Affleck como director -Desapareció una noche (Gone Baby Gone), Atracción peligrosa (The Town) y Argo- mostraban a un realizador tan seguro como sorprendente, alguien que podía entender el clasicismo y que se animaba a seguir las huellas de Clint Eastwood, Michael Mann y hasta el cine americano de los setenta.

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