Mundo Cine

Hace unos días murió el apasionado Pascual Condito, sobre el que ya se escribieron muchos obituarios, muchos mensajes en las redes sociales y se contaron muchas anécdotas. Personaje expansivo, personaje único, personaje apasionante. Pero, sobre todo, personaje intenso, amante del cine y de estar en el mundo del cine, de esos que no daba lo mismo verlo o no verlo, encontrarse o no encontrarse con él en la calle, cerca de un cine, en un café del antiguo barrio de las distribuidoras o incluso en el mercado del Festival de Cannes, en donde muchas veces el stand de Pascual era un refugio para los argentinos recién llegados a un evento como ese.

Y se estrenó una nueva Batman llamada The Batman. Una nueva de Batman llamada The Batman. El Batman, como El Guasón, El Bromas. No, es The Batman. La gente habla de The Batman. De do do do, de da da da. De The Batman. No la vi, veo que la duración de The Batman es de casi tres horas. Así las cosas, pondré excusas diversas para no ir a verla. Recuerdo la Batman de Tim Burton. La vi en un cine de Mar del Plata. Yo tenía dieciséis años. Y en ese entonces Batman me parecía algo que entraba al cine como un intruso, como un parásito, como algo probablemente pasajero. Mi sensación, que probaría altamente desacertada, era que esto era una moda que ansiaba que fuera efímera.

Ivan Reitman nació en Checoslovaquia, en donde hoy es Eslovaquia. Vivió en Canadá. Donó terrenos en los que ahora están ubicados buena parte de los cuarteles centrales del Festival de Toronto. Hizo cine americano. De su filmografía la mayoría son comedias, comedias con cosas más bien fantásticas, con fantasmas, con cruces diversos, comedias bien contaminadas. Hizo diecisiete películas. Las cuatro primeras no las vi en cine, nací en el año en el que hizo la segunda; la última no la vi en cine, no se estrenó en cines en Argentina. Desde la quinta hasta la decimosexta, vi todas las películas dirigidas por Ivan Reitman en el cine.

Iba a escribir sobre Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson. Teníamos las entradas, teníamos el plan y finalmente no pudimos ir. Me dispuse entonces a ver The Tender Bar de George Clooney para escribir sobre ella en esta columna. Sin embargo, esta no será una columna sobre The Tender Bar. O lo será apenas, solo en parte. The Tender Bar empieza y a los pocos minutos la voz del protagonista dice “era el año 1973”.

Una película que transcurre en un festival de cine. Pero Woody Allen no le pone a su última película -hasta el momento- el nombre de ese festival -San Sebastián- sino que la llama Rifkin's Festival, el festival de Rifkin. Mort Rifkin (Wallace Shawn) es el protagonista de la película y su punto de vista es el dominante pero no el único. Hay algún momento en el que asistimos al avance del romance entre su mujer y su cliente, el director de cine francés, y es imposible que ahí esté el punto de vista de Rifkin. Hay otros momentos que analizados a las apuradas podrían pensarse como ajenos al punto de vista -a cuánto puede conocer, a la focalización- de Rifkin pero son sus sueños, y ahí hay punto de vista inapelable, o punto de sueño. Estos detalles, sin embargo, pueden ser más que ociosos para acercarse a la -hasta el momento- última película de Woody Allen. 

Don’t Look Up, la nueva película de Adam McKay, es algo así como una derivación lógica, un complemento de mayor alcance y mayor pulido narrativo, de la magnífica y extravagante Anchorman 2. Hasta podría ser la segunda parte de Anchorman 2, pero no la tercera Anchorman. Anchorman 2, de 2013, fue una película que, en modo de comedia hiper imaginativa y salvaje, alertaba sobre las consecuencias en ese presente de la destrucción del periodismo ocurrido algunas décadas atrás (link). El periodismo, desde fines de los setenta del siglo pasado viene suicidándose, degradándose, hundiéndose en la más brutal estupidez. Lo peor es que no termina de matarse, entonces queda por ahí un semi muerto cada vez más putrefacto, y cada vez son menos las excepciones. Las pruebas -sobran pruebas- de que el periodismo agoniza están muy a la vista en la abrumadora mayoría de estupideces y aberraciones que se han publicado o emitido en diarios, radios o canales de televisión en las diversas “coberturas de la pandemia”.

El pasado jueves 16 se cumplieron treinta años -tres decenas de años- de la aparición del primer número de la revista El Amante. En diciembre de 1991 yo tenía 18 años y recién había terminado el colegio secundario. Mi vida iba a cambiar abruptamente y para mal un par de meses después, apenas comenzado 1992. A la revista no la conocí en esos momentos, en ese verano. Recién la conocí en el invierno de 1993, justo antes de cumplir los 20. Cinco años después, en el invierno de 1998, me ponía a escribir una crítica de un estreno de ese año, una crítica de muchos caracteres sobre Boogie Nights de Paul Thomas Anderson en la que, entre otras cosas, mencionaba a los caramelos “palitos de la selva”. Y la mandé al concurso “Quiero escribir en El Amante”.

King Richard, la película recién estrenada y acá penosamente titulada El Rey Richard: una familia ganadora, es una muestra de que, quizás, Hollywood esté empezando a entender mejor -y con mayor beneficio para los espectadores- cómo sobrevivir a los tiempos que corren sin disolverse del todo en el intento.

En la competencia de la Seminci -o el festival de cine de Valladolid, dicho con menor precisión pero con mayor comunicabilidad; o sea peor dicho- había dos películas nórdicas que habían pasado por la competencia de Cannes: la mayormente noruega The Worst Person in the World de Joachim Trier y la mayormente finlandesa Compartiment No. 6 de Juho Kuosmanen. Las dos son películas inmediatamente atractivas y nos dicen algo sobre los caminos que toma el cine contemporáneo, o que dice que está tomando, o que algunos nos enteramos de que está tomando. Estas películas se dan por estos días de fines de noviembre y principios de diciembre en la Semana de Cannes en el Gaumont, una función cada una. Son de esas películas que cuando el cine y su llegada al público eran mejores, más saludables, más vitales, se estrenaban y eran comentadas por círculos más amplios que en los que suelen quedar circulando hoy. Quizás una o las dos se estrenen, la esperanza es lo último que se pierde, aunque los psicópatas intentan que la perdamos antes.

Volví a un festival de cine y, mejor aún, como jurado, a ver muchas películas en pantalla grande, a definir los premios con mis compañeros de jurado en persona, a tener horarios de comienzo de funciones, a tener en cuenta a qué sala tenía que ir, a caminar del hotel a la sala, de una sala a la otra, de la otra a alguna reunión y de la reunión al hotel. Fue en Valladolid, en Castilla y León, en España. La Seminci es el acrónimo de Semana Internacional de Cine. Una semana son siete días, pero el festival de Valladolid, que empieza un sábado y termina un sábado, dura en realidad ocho. La generosidad y hospitalidad de la gente del festival, empezando por su director Javier Angulo, quedarán en mi memoria. Valladolid fue para mí también la vuelta a un festival en el extranjero -en el extranjero físicamente, no por bits- desde mi regreso a Buenos Aires proveniente de Berlín el 1 de marzo de 2020.