Mundo Cine

Son momentos de decir cosas fundamentadas con la mayor cantidad de datos posible. La mayor cantidad posible de datos. Posibles o, mejor, comprobables. Ahí vamos: entre los cines nacionales del mundo hay dos que, considerando toda su historia, poseen el mayor promedio por película de secuencias que se pueden ver una y otra vez para cambiar nuestro espíritu, para modificar nuestro talante, para que volvamos a creer en la grandeza del cine.

Es extraño constatar una y otra vez que ante la cada vez mayor oferta de películas, series y demás producciones comparables, y la mayor facilidad para acceder a ellas, la concentración de la mayoría del público en un puñado de títulos se intensifica. Unos pocos títulos dominantes acaparan cada vez mayores porcentajes del público y también de la atención de los medios, de las redes y de los entramados que sean. Además, a este fenómeno se suma otro: el de la ansiedad por ver eso que “hay que ver” lo más pronto posible para entrar en la conversación, que muchas veces no es tal cosa sino apenas una maraña de pulgares para arriba o pulgares para abajo.

En las redes sociales, como suele suceder, prolifera la queja canchera de la queja canchera de la queja canchera. Una de esas quejas cancheras exponenciales fue, esta semana, la de quienes señalaron a todos los que hacíamos notar que ya conocíamos al cine surcoreano y al cine de Bong Joon-Ho desde hacía décadas. Básicamente, casi todo el ambiente de la crítica, la programación y la distribución de cine, cualquiera que haya frecuentado festivales de cine en las últimas dos décadas había tenido contacto con el cine de Corea del Sur y de Bong (para peor, en el siglo XX, después de la Guerra de Corea hubo otras décadas de gran actividad y calidad en el cine surcoreano).

Otra película animada. Otra película animada de lanzamiento gigantesco. Otra película animada que se basa en saberes recontra sabidos, incorporados incluso aunque no se hayan visto las películas de las que provienen esos saberes. Por ejemplo, hay rasgos de James Bond (película y personaje) que son conocidos por gente que jamás vio una película del agente secreto 007, con ninguno de los actores que lo han interpretado, de ninguna de sus seis décadas de existencia.

Conozco a Quintín personalmente desde hace más de veinte años, y lo leo desde hace casi treinta. En ambos aspectos esta relación ha tenido cercanías, lejanías y frecuencias oscilantes. Pero en todo este tiempo siempre supe que leerlo había sido un hito fundamental, fundacional, reverberante y estimulante para mis acercamientos al cine y a la crítica. El año pasado me habían adelantado que su libro La vuelta al cine en cuarenta días (Paidós, 2019) era algo así como imperdible. Y ahora que lo leí puedo decir que lo es, especialmente para todos aquellos que desde las lecturas sobre cine y otros temas nos acercamos a las películas y luego nos disponemos a leer sobre esas y sobre otras películas, con la secreta -o no tan secreta- ilusión de encontrarnos con esas iluminaciones que nos hagan cerrar repentinamente un libro con alguna expresión hiperbólica de celebración, algún exabrupto que dé cuenta de cuánto nos gustó, sorprendió y gratificó lo que acabamos de leer.

Años atrás me generaba un mayor entusiasmo la idea de hacer listas de “las mejores películas” del año, o de la década, o del siglo, o incluso de “las mejores golosinas” o de “los mejores picantes disponibles en la ciudad”, y de más y más cosas. Con el tiempo, las listas empezaron a interesarme menos. Tal vez por el temor a olvidarme de algo, o a confundir el año de estreno de una película porque la vi muchos meses antes, o a dudar de incluir algún título porque la versión que vi de algunas películas no fue exactamente la versión final estrenada, o porque después me arrepiento por cambiar mi forma de pensar sobre muchas películas, o porque quizás simplemente me gusta más hablar y escribir y argumentar sobre películas que hacer listas. Lo que sí me causa bastante gracia es chequear los resultados generales y observar que mis favoritas no aparecen casi nunca entre los primeros puestos. 

Es el mes de los balances, y cada vez hay más. Y no solamente del año, también de la década (parece que todo el mundo ha aceptado en que se termina ahora y no el año que viene). Quizás en la próxima o próximas columnas haya algo de balance y puesta en perspectiva, pero esta vez no, que todavía ni comenzó el verano. A cambio de eso, van algunos síntomas que nos alertan -todavía más- sobre el estado del cine y de nuestra relación con las películas en estos tiempos.

Vimos una película en la que hacían propaganda anti cigarrillos, en la que los cigarrillos volaban absurdamente, en la que un cigarrillo finalmente aterrizaba y hacía explotar un comercio de petardos, en la que después de todo eso –o en el medio- un hombre y una mujer se enamoraban en movimiento y luego aterrizábamos en un musical en algo así como un aeropuerto, que se imponía a los espectadores con gracia e insolencia, mientras varios otros espectadores seguían entrando a la sala, majestuosa por cierto, incluso majestuosa en términos del majestuoso Johnny Tolengo. Brillos, brillos, brillos, telas, cortinados. Luces, adornos, un símil Disney pero no tan símil como en Disney. Un verdadero cine construido y decorado para fascinar sin sutilezas.

Hay una regla no escrita en los festivales de cine y que se cumple con mucha más frecuencia que las normas explícitas de los reglamentos, bases y condiciones. Esa ley consuetudinaria podría formularse así: las comedias y/o las películas amables o incluso nobles no viajan por muchos festivales, o a lo sumo suelen quedarse en su tierra y quizás dar alguna vuelta no muy grande. Una regla cruel y paspada, por cierto, que refuerza la idea de quitar lo festivo de los festivales. O de quitarlo aún más. De reforzar la senda de eventos con fiestas y bailes y cócteles incluso alrededor de películas cruentas, sórdidas, de hambrunas y penitencias fílmicas, en nombre de algo así como lo sagrado de la solemnidad, o la pretensión del sagrado minimalismo triste.

Hace unos años, Donald Trump publicó unos cuantos tuits contra las bebidas “diet”, “light” y de esas por el estilo. Se preguntaba con malicia si entre quienes tomaban esos productos había gente flaca, y afirmaba que tomar esos brebajes sin azúcar daba hambre. Hace más años, creo, leí una nota que relacionaba el consumo de bebidas con edulcorantes con el intenso deseo ulterior de comer azúcar;  el estudio que citaba el artículo se basaba en un razonamiento asombrosamente sencillo: al tomar una bebida light, el paladar y el cerebro perciben dulzura, pero el estómago no recibe azúcar. Así que poco tiempo más tarde el estómago y todo el resto del cuerpo reclamaban lo suyo, acicateados, provocados: reclamaban lo que se les había prometido, y ahí iba el humano bajo la influencia a ingerir calorías con avidez, a buscar esa energía. Me parecía totalmente lógico.

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