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Hay una regla no escrita en los festivales de cine y que se cumple con mucha más frecuencia que las normas explícitas de los reglamentos, bases y condiciones. Esa ley consuetudinaria podría formularse así: las comedias y/o las películas amables o incluso nobles no viajan por muchos festivales, o a lo sumo suelen quedarse en su tierra y quizás dar alguna vuelta no muy grande. Una regla cruel y paspada, por cierto, que refuerza la idea de quitar lo festivo de los festivales. O de quitarlo aún más. De reforzar la senda de eventos con fiestas y bailes y cócteles incluso alrededor de películas cruentas, sórdidas, de hambrunas y penitencias fílmicas, en nombre de algo así como lo sagrado de la solemnidad, o la pretensión del sagrado minimalismo triste.

Hace unos años, Donald Trump publicó unos cuantos tuits contra las bebidas “diet”, “light” y de esas por el estilo. Se preguntaba con malicia si entre quienes tomaban esos productos había gente flaca, y afirmaba que tomar esos brebajes sin azúcar daba hambre. Hace más años, creo, leí una nota que relacionaba el consumo de bebidas con edulcorantes con el intenso deseo ulterior de comer azúcar;  el estudio que citaba el artículo se basaba en un razonamiento asombrosamente sencillo: al tomar una bebida light, el paladar y el cerebro perciben dulzura, pero el estómago no recibe azúcar. Así que poco tiempo más tarde el estómago y todo el resto del cuerpo reclamaban lo suyo, acicateados, provocados: reclamaban lo que se les había prometido, y ahí iba el humano bajo la influencia a ingerir calorías con avidez, a buscar esa energía. Me parecía totalmente lógico.

Escribí una crítica de Guasón, la pueden leer acá. También pueden leer los comentarios. Varios me acusan -o acusan al texto, andá a saber- de “rebuscado”, o de ser incomprensible. O de hacer otra cosa que no es una crítica. O de no ser una reseña, porque andan poniendo sinónimos a troche y moche. Pero crítica y reseña no son lo mismo, acá se los cuento. Y alguno reclama que no digo nada de la actuación de Joaquin Phoenix. 

¡Una película con canciones de Bruce Springsteen! Y construída alrededor de un adolescente que de repente “descubre” al cantautor de Nueva Jersey y se siente maravillado, interpelado, y su vida cambia. Y con segmentos musicales, no solamente canciones sino segmentos con bailes. ¿Usted, seguidor de Springsteen, mantiene todavía el entusiasmo frente a la idea de coreografiar Born to Run? Difícil, pero sigamos confiando, que las cosas más improbables a veces salen bien. 

Pasa cada vez más seguido, o sigue pasando en cada ocasión que lo amerite. Y, sobre todo, en las que no lo ameritan. A principios de 2017 me pidieron una nota para La Nación que llevó título “La La Land: por qué no es ni ‘la mejor película de la historia’ ni un bodrio”. Ese, como la mayor parte de los títulos que aparecen en los diarios, fue puesto en la instancia de edición. Los títulos de los diarios, cada vez más, suelen intentar ser “gancheros”. Estamos en la era de buscar y buscar y buscar y mendigar clicks. Y se nota, claro, cada vez más, y no particularmente con ese título, que apenas invitaba a leer una nota sobre cine que -justa o injustamente- hablaba de las exageraciones que buscaban y buscan ser gancheras y cancheras, y a veces arteras. O, a veces y casi siempre, simplemente cansadoras.

Entre mis escasas habilidades está la de no leer aquello que no quiero leer. Algo así como una habilidad negativa, una que casi que no debería llamarse habilidad. De todos modos, ante una exposición aunque sea mínima a las redes sociales y las notificaciones, no es tan sencillo no haber leído prácticamente nada sobre Érase una vez en Hollywood de Quentin Tarantino. Y escribo y dudo, ¿se llama “Érase una vez”? Chequeo y ¡no!, se llama Había una vez en Hollywood. Sí, Once Upon a Time es hoy en día mayormente traducido como “Había una vez”. Pero las películas de Sergio Leone, referenciado y reverenciado una y otra vez en la nueva película y en el cine de Tarantino, aquí se conocieron como Érase una vez en el Oeste y Érase una vez en América (imagino que hoy le pondrían “Había una vez en Norteamérica”, aj).

Hace un par de semanas me entrevistaron en el programa de radio “Pensándolo bien”, conducido por Jorge Fernández Díaz en Radio Mitre. Su primera pregunta fue un verdadero concentrado de sentido, uno de esos puntos de partida que no solo permiten explayarse con libertad sino que además encuentran, identifican un sentido flotante que se resume de forma muy contundente y seductora.

Cuando uno ve a Bradley Cooper en La mula de Clint Eastwood no solamente observa escenas bien construidas, con la inmensa capacidad del veterano director para dotar de fluidez, gracia y grandeza sin alardes cada situación. También se hace muy evidente la comodidad actoral -y también de moral cinematográfica- de ambos al estar juntos, algo que va más allá del relato y que a la vez lo enriquece.

A un mes de que proliferen las notas sobre el aniversario número 120 del nacimiento de Alfred Hitchcock, voy a vaticinar algunas cosas. El 13 de agosto de 2019 se va a decir que “hoy Hitchcock cumpliría 120 años” y también se va a usar esa infausta expresión de “un día como hoy” pero de tal año… Un día como hoy, sí, de esos de 24 horas. Y alguien va a decir “cumple” en lugar de cumpleaños. Y voy a vaticinar aún más: la obra de Alfred Hitchcock será revisada y condenada y vilipendiada por la policía ideológica del cine, que progresivamente va borrando de la faz de la tierra a lo que supo conocerse como crítica de cine.

Nunca había ido a una gran ciudad cercana como San Pablo (São Paulo), Brasil. Fui, y volví, y aterricé en Buenos Aires veintisiete horas después de lo previsto. Pero los detalles de esa demora nada tienen que ver con lo que fui a hacer a la ciudad: estuve en el festival In-Edit, un evento amable, atractivo y diverso para esta actividad (link aquí). Y, claro, para además ver algunos documentales musicales. 

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