Mundo Cine

En estos días, en medio de ver una cantidad demencial de películas, me acordé de la existencia de Danny Collins. En realidad no me acordé, más bien apareció en la memoria, de rebote, algo así como una imagen imprecisa de “una película más o menos reciente con Al Pacino interpretando a un cantante tipo Tom Jones, bronceado y peinado y vestido de forma contraria a cualquier sutileza”.

Frente a la anemia y anomia de mucho cine del siglo XXI, el cine de los noventa, la última década del siglo XX, está en el camino de la recuperación -vía rápida- hacia las siempre dispuestas máquinas de recuperar, tanto las falsas como las genuinas y atendibles. Y no solo está ocurriendo por nostalgia, berretines vintage o mera identificación generacional. Hagan la prueba: enfrenten a gentes nacidas en el siglo XXI al cine que les es más contemporáneo y luego a Robin Hood de Kevin Reynolds y verán cuánto estamos extrañando el cine, las emociones, los centros gravitacionales. Hace unos días revisé una de mis películas favoritas de los años noventa y fue algo así como una constatación inmediata…

Palombella rossa, la película de Nanni Moretti del año 1989, la del partido de water-polo que parece durar un día entero, o quizás más (no, no es que la película se “haga larga”). Palombella rossa, una de las mejores películas de la historia y de la Historia, en la que Michele Apicella -dirigente comunista y jugador de water-polo- pierde la memoria y parte en busca de ella y de muchas cosas más. Palombella rossa, en la que dos canciones -“I’m on Fire” de de Bruce Springsteen y “E ti vengo a cercare” de Franco Battiato- paralizan el partido y hacen que cante todo el estadio. O todos los presentes en el estadio. En Palombella rossa se repiten las consignas, las indicaciones tácticas, los gritos de enojo, los “¿ti ricordi?”. 

Tal como dijimos en la columna anterior (¿dijimos?), la culpa no era del 2020 ni del chancho sino de quienes le daban de comer. Ya estamos en el dichoso 2021 y los cines en Argentina siguen cerrados, y el porcentaje de salas que cerrarán para siempre irá subiendo a medida que el tiempo de inactividad se acreciente. Cuando las salas cumplan un año cerradas algunos seguramente les hagan una torta de cumpleaños y les canten “feliz cierre sa-li-tas, se quedaron muer-ti-tas”. Claro, la torta será virtual y el canto quizás sea con algunos de los que cantaron “Imagine” hace meses mientras posteaban fotos de delfines y carpinchos. En estos tiempos de la humanidad uno piensa una idiotez como esa del cantito del cumpleaños del cierre y lo malo es que quizás ni siquiera está tan errado porque lo más probable es que suceda algo peor, algo más necio, más mortuorio y aún menos vital.

Me invitaron a participar, otra vez, de otro “top ten del año de cine”, pero creo yo que en este país y en muchos otros no hubo año de cine. Nunca se estrenó tan poco en un siglo. Hubo sí un puñado de películas, algunas incluso muy valiosas, que se dieron a conocer, y hasta hubo algunos estrenos y algunos festivales a principio de año. Después algunas versiones alternativas de festivales, versiones reducidas y en general con lo festivo diluido, o por lo menos no anunciado públicamente.

Hace unos días me invitaron a participar en la encuesta de lo mejor del cine del año en IndieWire. Mi respuesta fue: “creo que no es lógico votar este año. Las salas de cine se están muriendo, en parte porque los críticos están actuando ‘normalidad’ frente a este desastre.” El cine ya venía en crisis, y los devenires del año 2020 y de lo que se avizora de 2021 nos enfrentan a una situación inédita por lo sombría. Estrenos postergados, estrenos modificados, estrenos achicados, rodajes inciertos, las probablemente muchas películashechasdesdeelencierro (ay) y hoy, mientras escribía este párrafo, llegó la noticia de la muerte de Kim Ki-duk.

No hay caso, como le pasaba a Juan -en realidad Sebastián-, el personaje interpretado por Gastón Pauls en Nueve reinas de Fabián Bielinsky, con la canción de Rita Pavone, nunca logro acordarme del nombre del director de Héroes. No hay manera, siempre tengo que buscarlo. Ahora, para buscarlo, lo hice yendo hacia atrás en la filmografía de Maradona, esa que incluye una película en la que trabajé: El día que Maradona conoció a Gardel. El director de Héroes: El film oficial de la XIII Copa del Mundo fue Tony Maylam, un inglés. Me voy a volver a olvidar, seguro, y me voy a olvidar que lo olvidé justo cuando quiera recordarlo. Pero no me olvido de en qué cine vi Héroes, una película que parece haberse estrenado en muy pocos países en salas de cine. Pero en Argentina sí se estrenó, y fue un estreno grande, y la vi en el Gran Rex en el verano 86-87 y fue vibrante, emocionante, inolvidable, y yo tenía 13 años.

La interacción entre la crítica y los lectores tiende a desaparecer. No en su formato veloz de comentarios iracundos sobre lo escrito sino en el paso número uno, ese momento -ya a estas alturas mítico, legendario, unicornio- de la lectura. Los lectores del barrio -y del centro- van a desaparecer, pero los dinosaurios y los dinodiarios ya desaparecieron. Los diarios ya no son los que eran, y los que eran eran mejor de lo que son hoy.

La semana pasada vi una película llamada Más allá de la Luna (Over the Moon) para escribir la crítica para La Nación. Me pareció mala, malísima, de lo peor que he visto de esa variante animada hecha con los tan contagiosos y facilistas modos globales impersonales que apelan al mínimo común denominador en términos de narrativa, y de exposición cargada de didactismo que anula la imaginación o cualquier tipo de misterio.

"Es asombroso lo pronto que uno se acostumbra a todo ―pensó Harún ―. Nuevo mundo, nuevos amigos: acabo de llegar y me parece que los conozco de toda la vida." Faltan dos meses y medio para que termine el año, el 2020, un año más largo que los tres años que lo precedieron y que los tres que lo seguirán. Un año bisiesto. Un año bisiesto y funesto para la capacidad promedio de reflexión y también para el cine, y no sigamos con el listado para no caer en lo abrumador.