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Sábado. Mi madre se puso a leer a Silvina Ocampo. Pero no le gustó. Hoy dejó caer, al pasar, unos comentarios sarcásticos. Me hizo reir. Llegamos hoy al mediodía a Las Heras.

Más tarde. Me llevé de la biblioteca de Andrea la primera edición de Muchacha Punk y me puse a leerlo, casi sin querer, en el subte, yendo al museo. Y también me lo traje a Las Heras. La edición de Planeta, Biblioteca del sur, es de 1992. Pero la mayoría de los cuentos, sino todos, están fechados más de una década antes. Japonés me parece un cuento excelente. Como Dos hilitos de sangre, se trata de una alegoría, muy fina, sobre la dictadura. Pero aparte de eso es un breve tratado de náutica y de ética del mar. Me gusta el Fogwill cuentista. Se lo puede ver concentrado escribiendo, midiendo sus frases, trabajando. Me gusta eso. Es un narrador sólido que te hace compañía. También traje otros libros que compré en la librería del barrio, sobre Boyacá. Fueron cinco, a dos mil pesos cada uno. Una rara edición española de Of the farm de Updike que tradujeron En torno a la granja. En los cajones de 2000 pesos, acompañados por libros utilitarios para dejar de fumar, parecía un libro sobre cómo criar pollos. También volví a comprar La gloria de Don Ramiro, no sé bien por qué, el primer tomo de una novela de Estanislao S. Zeballos, un libro de crítica contemporánea y una compilación del costumbrismo del 900. (Este último entendiendo que lo que yo hago es costumbrismo del 2000.)

Domingo. Napolitano: “La vejez trae achaques, caprichos.”

Lunes. Hablamos sobre Fogwill con Godoy, que inspirado, deja caer frases líricas porque sí. Hoy, en un asado, en lo de mi tío, me mostraron un cuchillo con mango de uña de avestruz confeccionado en Tandil. Le mando fotos a Carlos. Le digo que me gusta la Provincia de Buenos Aires. Godoy, que es cordobés, conoce bien Lobos, por su primera mujer, y Zárate, por su segunda mujer. Y los conoce no de ir de paseo, sino de intentar formar parte del lugar, de ser un habitante tardío, pero familiar, de esos paisajes. Godoy dice que la literatura lo ha hecho sufrir más que las mujeres. Es una declaración tremenda. Godoy: “Hay diferentes formas de vincularse con la literatura como objeto de deseo.” Después: “Es tan chiquita y tan grande la literatura.” Después me pasa un relato suyo publicado en una antología vaporosa digital. El relato se llama El plan cultural de la democracia y es un retrato del Fogwill de los años 80, escribiendo Los pichiciegos durante la guerra.

Martes. A la vuelta, en el tren Sarmiento, dos mujeres hablan sobre sus familias. Al parecer, una de las mujeres tiene a sus nietos en un hogar porque su hija los descuidó. La conversación es siniestra. Las mujeres son jóvenes, de unos cuarenta años. Estoy a tres metros pero las escucho perfecto. La narración es la siguiente, una mujer joven abandona a sus hijos para irse atrás de un drogadicto. ¿Están dando un show teatral? Puede ser que también no conozcan otra forma de expresión o privacidad. Hablan de juzgados, abogados, dinero y drogas. En una estación, no veo en cuál, sube un predicador a hablar de Jesús. Pasan vendedores ofreciendo caramelos, chocolates, telas, más golosinas... Y ellas siguen. A cada frase que dicen se van deshumanizando un poco más.

Miércoles. Empiezo a redactar una teoría general de los mapas, entendiendo que todo mapa es un documento político, pero sabiendo que esa afirmación es tautológica y hasta banal. Una frase del himno: “Y a su planta rendido un león.” Pero Soriano le puso a su novela A sus plantas rendido un león. ¿Es uno o son muchas plantas? De paso, esa novela me parece excelente. Internet podía hacernos libres, pero las redes sociales llegaron para disciplinarnos. Hoy todo parece medirse ahí. Es bastante terrible pero no es inédito. Tampoco es una queja. Antes fue la prensa, después la radio, después el cine, después la tele y ahora es esta pantalla. Hay que lidiar con esas coyunturas. Para el futuro, dejarán ruinas simpáticas, que veremos con candor.