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Pensemos en el novelista más rudimentario, en un novelista poco interesante, poco atractivo, que se demora en largas descripciones, que no hace avanzar la trama, que desarrolla una trama no va a ningún lado. Pensemos en un novelista con un estilo descuidado, afectado, aburrido y lento; pensemos en todos los problemas que puede llegar a tener una novela y pensemos que igualmente ese novelista, si esa novela se termina, más si se publica, va a sentir el orgullo de ser novelista y nadie se lo va a quitar. Es un orgullo fuerte porque el novelista es uno de los héroes de la modernidad. Quizás no el más conspicuo, no el más llamativo, el más atractivo, pero es uno de los héroes modernos, uno más en la amplia paleta de héroes modernos.

Creo que en un punto, el novelista siempre es héroe de su novela. Aunque la novela toque otros temas, él siempre escribe dos historias. La primera historia que escribe es la que leemos, la historia que nos cuenta, la historia de los personajes de la novela, la trama, esos ambientes, pero después también está él mismo. A veces más, a veces menos escondido. Podemos leer la historia del novelista atrás de esa primera historia que se nos está contando. ¿Y donde leemos esa marca, ese testimonio escondido? Creo que el novelista se delata en el estilo. Es ahí donde asoma, donde lo vemos trabajar y ambicionar, equivocarse y tener éxito. Es en el estilo donde se vuelve parco, timorato o arrogante, donde habla solo, sin presiones externas, sin deudas. Pero, en general, la novela en tanto producto completo nos refleja, nos oculta y al mismo tiempo nos señala a su autor. Es un artefacto comercial, es verdad, pero lleno de cajones, bolsillos y trampas. Y la aventura secreta, plegada, del novelista aparece en todas las decisiones que toma. No hay esoterismos aquí. No hay decisiones que el novelista tome que no sean, de una u otra manera, su responsabilidad.

Y hay veces que el autor, su semblante, su presencia autoral como dueño y propietario, es tan fuerte que impregna la obra e incluso la deja en segundo lugar. Muchas veces la novela es la que alimenta el mito del autor. Las conexiones se dan desde Cervantes y el Quijote, que inaugura la novela moderna cuando los personajes saltan con decisión barroca fuera de la misma novela. Pasa con William Burroughs, pasa con Osvaldo Lamborghini, le pasa a Flaubert, a Hemingway y a José Mármol. Cuando la novela es importante, tiene recorrido, tiene lectores e historia, muchas veces es el novelista el que le presenta la novela al lector, la antecede, la ofrece su figura autoral. ¿No llega ya el novelista con la novela en la mano? Otro lugar donde leemos, muchas veces con extravío, esta superposición, por lo demás, llena de equívocos, es en la solapa, cuando se nos informa que el autor es un gran profesor, o un veterano de guerra, o un viajero incansable por el mundo o un eremita. Esa es la figura del novelista como garante. La solapa, que es un género aterrador y muy leído y consultado, se propone a través del autor, y muchas veces también su cara, como marketing del producto novela y trampolín también del novelista héroe.

Por supuesto, esto le pasa a otros escritores, de otros géneros, a los a los poetas, a los cuentistas, como Borges, a la dramaturgos, a los periodistas inclusive, que con su vida y su biografía subrayan, apuntalan o castigan su propio textos. Pero el novelista es sinécdoque, no solamente de lo literario, de literatura, sino también del escritor todo, del escritor moderno, mientras en paralelo la novela es reconocida como sinécdoque del objeto libro. La novela es un aparato difícil, multiforme y mutante. Es el primer género cuya masividad es vista, al mismo tiempo, como un peligro y una bendición. El novelista también será héroe de ese recorrido, el de salir al mundo con un libro, el de recibir el escarnio o la complicidad de la mirada del otro, del censor o del hagiógrafo. Por eso la novela no es un laberinto que debe ser descifrado sino una casa con muchas puertas y muchas habitaciones. Los que entran son multitud así sean pocos, y en esos pasillos y salones, mientras dure la aventura de la lectura, es seguro que va a cruzarse al novelista. El buen lector sabrá qué hacer con ese encuentro. No me parece una buena idea pedirle explicaciones. Él tiene ya bastante problemas. Quizás el mejor intercambio sea un guiño o un saludo que reconozca su esfuerzo. Y nunca, jamás, presentarse, para no incomodar y mientras se está en ese recorrido, como un crítico, ese es otro tipo de héroe moderno, más oscuro y, si cabe, aún más complicado.