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Lunes. Estados Unidos se metió en Venezuela y se llevó al presidente como quien agarra una fruta en la góndola del supermercado. El 2026 empezó con todo. La noticia “está en progreso.” Hoy militares de USA interceptaron buques petroleros que iban a Rusia. El mundo cambió. Voy a escribir un breve artículo tautológico. El título ya debería valer algo: El final de los eufemismos. En Minnesota, un policía de migraciones mató a una mujer wasp porque aceleró su auto. Al parecer, los rusos tienen o mandaron un submarino al caribe.

Más tarde. Alguien: “Deberías tener más lectores para tus libros.” Respondo: “La Antártida y los submarinos no le importa a casi nadie.” No sé si es cierto. Pero el campo intelectual casi en bloque, que en la Argentina es grande, y los lectores ocasionales, los que leen por placer, está muy lejos de mis intereses. Al feminismo rancio como fenómeno editorial y militante, lo siguió una especie de soft literature que incluye géneros como terror y el propio feminismo adocenado. El triunfo de las redes nos dejó sin muchos lectores profesionales que hagan la diferencia, que señalen. Las librerías se llenaron de libros color pastel. Los lectores que tengo hoy son mis amigos, y ni siquiera todos. Quizás yo siga todavía muy ligado al siglo XX. Celia dice que los hombres ya no leen ni compran libros. Pienso que si lo que se les ofrece es feminismo de segunda mano, Cabezón Cámara, la última gracia boba de César Aira, no hay mucha forma de interesarlos. Los hombres que hoy leen deben trabajar para salir de una selva larga de libros malos. Es casi lo único que puedo decir sobre el estado de la lectura. (Aunque quizás eso nos pase a todos los autores.)

Más tarde. Título para un relato: Una librería con libros color pastel. La trama es muy simple, un lector va pasando por diferentes librerias donde todos los libros, excelentemente editados, son de color pastel y están escritos por mujeres, o por hombres que hablan de paternidad.

Martes. Napolitano: “El siglo XXI, aquel tiempo en el que nadie quiso escuchar las advertencias de la ficción.”

Miércoles. Siempre hay un basurero, un solar, el cinturón ecológico donde se tiran los desperdicios. En un momento era la gaceta, luego fue la novela, ya en el siglo XX, la radio, luego el cine y la televisión. Hoy es Internet. Los signos son deyecciones que van ascendiendo. Se amontonan donde pueden y algunas formaciones suben en la bolsa del prestigio mientras otras se hunden. Las que suben se transforman en mitos. Camino por 9 de julio desde Constitución hacia el centro. En Lima, encuentro un cartel en la fachada de una vieja casona deteriorada. El cartel dice: “Museo de.” La otra parte del cartel se cayó. Abajo se lee “fundación.” Nada más. ¿De qué era el museo? Temo preguntarle a algún viandante y que me diga: “Museo de lo que usted quiera, señor.” Me imagino entrando y que sea una casa embrujada que replica el método Solaris. El deseo del que entra es lo que forma el museo.

Jueves. Cuando me casé, en el 2003, invité a la fiesta a Elsa Drucarof y Alejandro Horowicz. Cuando llegaron, Horowitz, sonriendo, me dijo “ese traje no es peronista.” Yo tenía puesto un traje negro, bastante barato, de Zara que todavía guardo. El comentario me sorprendió. Es verdad que me quedaba bien. Yo era joven. El traje se lucía. ¿No era peronista? Horowicz había escrito sobre muy variados temas, y con mucho criterio, pero, como suele ocurrir con los marxistas, no había entendido el peronismo. Su frase lo delataba. Pensaba en términos de derecha e izquierda, donde el peronismo era una especie de izquierda bizarra y populachera, que en algún punto tenía que participar de la austeridad. Mientras la derecha estaba compuesta por hombres que gastaban trajes caros, o lo que él entendía que eran trajes caros. ¿Pretendía que me casara vestido como un obrero fabril? La escena se repite mucho. La que es peronista pero usa vestidos de diseño. El que es peronista pero vive en Recoleta. El que es peronista pero usa Iphone. Largo etcétera. El equívoco llega de la incomprensión de la doctrina peronista y sobre todo de uno de sus aportes más significativos, la tercera posición, resumible en un slogan sincero y simple: ni yanquis, ni marxistas, peronistas. Solo la pereza contemporánea y el negocio basurero del progresismo pueden asociar el peronismo a, por ejemplo, figuras declarativas como Miriam Bregman, que se niega a cantar el himno y que en la cámara baja, cada vez que puede, vota en contra de unas islas Malvinas argentinas. En los años 40, se acusó al peronismo de tardo-fascista, hoy, de tardo-comunista. En realidad, lo que no soporta el gorila es el gasto, el consumo, el bienestar repartido. A los peronistas nos gusta la plata, nos gusta gastar, no creemos en la pobreza como un valor ni en internacionalismos de ningún tipo. Hay una anécdota. Cuando Castelli, el orador de la revolución, llegó al lago Titicaca en Bolivia, juntó a los indios y los exhortó: “Yo les traigo la luz, la Razón, la libertad, la instrucción, y los españoles les ofrecen las cadenas y el atraso. Ustedes deben decir, ¿qué quieren? ¡Elijan! ¿Qué quieren?” Y desde el fondo un grupo empezó a gritar “¡Queremos aguardiente, señor!” Luego Castelli procedió a morirse de cáncer de lengua.