
Viernes. Fui a buscar un libro a la calle Corrientes y un pibe, muy flaco, me quiso vender unas medias a diez mil pesos. Le dije que no, pero insistía. Le volví a decir que no. La situación siguió hasta que entendió que no le iba a comprar. Entonces dijo “no vendí nada, qué ganas de robar.” No le pude responder porque se fue. Tampoco le hubiese podido decir nada. No creo que haya sido una amenaza, sino más bien una última línea de defensa frente a una realidad que se le niega. Era una persona aislada en una ciudad de ocho millones de personas. Más tarde pensé en los años 60. Se suele decir que fue un momento de epifanía de la violencia. Algo de eso se recorta con claridad en La Tarea de Williams Burroughs. Una violencia asociada a la idea de conciencia, a una idea pseudo-marxista de conciencia. La conciencia cuesta, duele, se llega a ella con violencia. Pero sostenerla es muy difícil, entonces, la conciencia se transforma en paranoia. Existe ese riesgo. La conciencia pasa muy rápido a ser paranoia. No se excluyen, pero tampoco son lo mismo. Y a diferencia de la conciencia, la paranoia tiene forma de relato. Siempre es entretenida, deslumbrante. Para existir debe ser narrada. En un punto la paranoia es la estructura definitiva de la ficción.
Sábado. Leo un resumen de La religión de la tecnología de David Franklin Noble donde se dice que la tecnología tiene raíces religiosas profundas, derivadas de antiguas esperanzas cristianas en relación a una divinidad perdida que quiere ser recuperada. Al parecer, Franklin Noble dice que la fascinación por la tecnológica tiene un significado espiritual intrínseco.
Lunes. La portera me ayudó con unos libros que ya no quería. Los puse en tres bolsas grandes, los saqué al pasillo y ella me preguntó si era basura. Le dije que no, que que eran libros, pero que no sabía bien qué hacer. No los quería tirar, pero ya no tengo espacio en el departamento… Ella me propuso llevarlos al geriátrico de al lado. Fuimos con las bolsas, donde había sobre todo novelas de Danielle Steel, novelas de amor del Círculo de Lectores, algunos tomos de un viejo diccionario enciclopédico, ese tipo de libros. Nos recibió un tipo que parecía un enfermero y nos agradeció. Había tres viejos mirando un antiguo aparato de televisión colgado del techo. Pensé: “Pobres, ser viejos y que encima te traigan estos libros.” Aunque después, ya en casa pensé, que quizás a esa edad ya no importaba lo que se leía. Y que quizás el acto de leer era lo que podía llegar a importar.
Más tarde. Bioy en el Borges dice: “Las comparaciones entre dos ciudades como Buenos Aires y Nueva York son difíciles porque a pesar del avión pasan varios días entre el momento en que uno ve una y ve la otra. Habría que poder verlas en una misma tarde.” Borges le responde: “Lo que me gustaría sería caminar un rato por el Buenos Aires de hace diez, veinte o treinta años. Ver la gente que había entonces, vestidos como entonces, aún la que ahora está muerta.” Bioy: “en un drama de Priestley, una persona que va al pasado y encuentra a la gente de la casa que visita en una fiesta. Esa situación que, sin duda, se repite en varios cuentos, me parece poética porque se contrasta la alegría frívola de la gente de la fiesta con lo que nosotros sabemos de ella: que está en el pasado, que están muertos.” Borges: “como nosotros, que no sabemos que estamos en 1957: en el pasado también.” Yo agregaría “y también muertos.” Y enseguida agregaría algo más: “Como yo, que no sé que estoy en el 2025, en el pasado también y también muerto.”
Martes. En la nueva de Superman, Lex Luthor tiene monos twitteadores denigrando a Superman full time en un universo paralelo. Vuelvo a ver F for fake. Saco de la biblioteca Poesía medieval italiana, la antología bilingüe que hizo Orestes Frattoni para centro editor a fines de los años 70. Lo leí en los años 90 y se convirtió en un libro inspirador. “Pasa mi nave llena de olvido/ por el áspero mar, a medianoche, en invierno” escribió una vez Petrarca.


