Libros y Lecturas

Lunes. Compré un libro por Internet y cuando lo fui a buscar el vendedor, que era un hombre alto, viejo y canoso, me dijo que era coleccionista de antigüedades y que tenía mucho material de Mussolini. Me contó que el hijo del dictador había vivido en Argentina y que él le había comprado unas quince cajas de libros, cartas y otros papeles. Hablamos un poco más. En ningún momento me preguntó por qué compraba ese libro y si me interesaba la figura de Mussolini. Yo tampoco dije nada. Me mostró unas postales dirigidas a Mussolini por gente de la farándula italiana, un corredor de autos, una cantante, hasta un torero.

Lunes. Ayer le comparto a Robles el poema The Second Coming de Yeats. El poeta lo escribió en 1919. Se publicó por primera vez en 1920. Acababa de terminar la Primera Guerra y Yeats ya está viendo la Segunda. Llegaba también la guerra de la independencia de Irlanda. Pero lo que leímos fue diferente, no reparamos en el contexto y la coyuntura política, sino en el peso expresivo de los versos de Yeats. Turning and turning in the widening gyre /the falcon cannot hear the falconer.

Lunes. Vivir en un piso nueve no es gratis. Tres veces tres. Desde el balcón de mi departamento se ven los fondos de la casa que está en venta. Lo descubrí ayer, También empecé a notar que se venden muchísimas casas en la zona. El sábado pasado, clase compartida con Robles, como todos los sábados de los últimos meses. Robles habla de Stevenson, al que siempre vuelve. Toma el deseo del personaje como motor de la narración. Stevenson la usa desde el grado cero con su botella del diablo. El mecanismo en su forma más simple. No le interesa la representación, le interesa la elipsis. La elipsis como máquina, como herramienta, como vocación.

Lunes. Desde hace ya algunas semanas voy trabajando de a poco pero sin descanso en el curso sobre Wagner que vamos a dar con Napo. Sobre todo trato de pensar qué decir mientras escucho la música. ¿Wagner hoy? Nadie se encierra a ver y escuchar una ópera de tres horas. Está bien. Pero nos encerramos a ver una serie de seis episodios de cuarenta minutos cada uno. No es un problema de tiempo. ¿Podemos hacer un consumo fragmentado de la obra wagneriana? No solo podemos, es una ventaja. ¿Le gustaría al compositor? Desde luego que no. Entonces hay algo que es factible de ser ajustado, adaptado, comprendido. A la Gesamtkunstwerk del siglo XIX, el siglo XXI le opone una escucha fragmentaria. De hecho, la escucha hoy siempre está atravesada por una coyuntura que es diferente a la del siglo XIX. El tiempo, uno de los elementos más importantes de la obra wagneriana, es otro tema, siempre es otro tema. Pero, insisto, no es tema de tener el tiempo o no tener el tiempo. La forma de acercarse a Wagner entonces resulta de asumirse como un wagneriano débil, un viandante, un turista impertinente que llega con las herramientas vanas y vulgares del siglo XXI. Nunca se va a la conquista del territorio wagneriano, sino que llega en peregrinación piadosa pidiendo ser iluminado.

Lunes. Ayer, elecciones primarias de medio término. Al peronismo, en una de sus mil facetas, no le fue del todo bien. ¿Tengo que hacer un análisis? Lo analizo así: hace diez años que escribo este diario de lecturas. Empecé el 2 de septiembre del 2011. Son cuatrocientas ochenta semanas. No siento que haya pasado tanto tiempo. Al menos, en estas notas. Tampoco sé bien qué me llevó a fijarme cuál fue el momento de inicio. Busqué en mi computadora el primer archivo y esa era la fecha. Parafraseando a Matt Groening sobre los Simpsons: “Mientras me sigan pagando, lo voy a seguir haciendo.” De madrugada le cuento a Robles. Brindamos en secreto, o al menos sin estridencias, como son los brindis sobre el arte de leer y escribir en Buenos Aires.

Lunes. A una cuadra de mi edificio se vende una casa de dos plantas. Paredes sólidas, algunos detalles en mármol, un diseño austero pero prolijo y elegante. La idea de que la van a comprar para demolerla y hacer un edificio sin gracia, como los que ya hicieron en la cuadra siguiente, me genera una angustia visceral y física. Son pocas cosas las que me angustian así. Pienso en vender todo lo que tengo e intentar comprarla. Pero ni siquiera sé cuánto vale. No reuno el coraje para llamar a la inmobiliaria y visitarla y preguntar el precio.

Lunes. Ayer estábamos con Mia Antonella mirando In the tall grass, con guión de Stephen King o basada en uno de sus relatos, y escuchamos un golpe seco. Pasaba el tren. Golpe seco. La formación empezó a parar. El primer vagón cortó el paso a nivel de Boyacá y los autos empezaron a tocar bocinas. Paramos la película y salimos al balcón. Primero llegó la policía. El tren traía gente del oeste hacia el centro. Aunque estoy en un piso nueve, se los veía por las ventanillas iluminadas. Llegó el SAME con sirena. Llegaron los bomberos.

Lunes. Releo y traduzco, de a poco, casi sin quererlo, algunos fragmentos de Paul Léautaud. Personaje, autor y escritura se funden en una experiencia que no es excepcional. De alguna forma, su diario es la continuación de Montaigne, pero decepcionada. Michel no era un escéptico. Aunque se diga mucho no es cierto. En la comparación queda claro que el escéptico es el viejo editor del Mercure de France. Lo extraño o atípico es la vitalidad de Léautaud para decepcionarse y seguir escribiendo. Eso es singular, atractivo. Un espectáculo continuo en la inmovilidad. La semana pasada releí El viejo y el mar y también pensé que Hemingway era un heredero directo de la ética de Montaigne. La experiencia, la gallardía, los caballos para uno, la caza y la pesca para el otro, la guerra y los viajes para ambos… Pero resulta imposible pensar a Hemingway y a Léautaud juntos. Aunque ahora que los reviso entiendo que sus personajes son más lejanos, y se repelen mucho más que sus libros.

Lunes. Titular en Crónica: “Una madre adicta a TikTok subió un video junto a su hija tras asesinarla a golpes.” No necesito ni quiero seguir leyendo.

Lunes. Me encanta el subtítulo de Totem und tabu: “Algunas concordancias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos.” ¿Hay que leerlo como una respuesta tardía al Facundo de Sarmiento? Cuando era joven la ansiedad me llevaba a buscar atajos. ¿A dónde quería llegar? A Revista Paco, a Malvinas, a la novela que siempre estoy pensando y escribiendo, a Montaigne, a Heidegger. También a Europa. Al trabajo. Al dinero. Quería conocer a Mavrakis, a Robles, a Godoy. Pero todo era muy lento. Cuando uno es joven todo es muy lento, sobre todo si fue joven en la década del 90.