Libros y Lecturas

Viernes. El miércoles cené con mi madre y nos acordamos de Malvinas. Yo estaba en primer grado y tengo algunos recuerdos. Nos habíamos mudado a una casa, en la calle Campichuelo, que mi padre seguía construyendo y que después se transformó en la casa de mi infancia y mi adolescencia. La guerra sucedía en la televisión y, una tarde, mi madre me dijo que los ingleses iban a tirar la bomba atómica en Parque Centenario. Pero eso era bueno. No nos teníamos que preocupar. Íbamos a morir enseguida a causa de la explosión y no íbamos a sufrir cáncer de piel ni otros efectos perversos y horribles de la radiación, como había pasado en Hiroshima y Nagasaki. El jueves mi madre sonreía porque se acordaba muy bien del exabrupto. Y agregó que el Parque Centenario tiene forma de blanco circular y que aparte es el centro geográfico de la ciudad. Era obvio que los ingleses lo iban a elegir... Ese humor manejaba mi familia. Hoy es 14 de junio. Hace cuarenta y dos años, Menéndez rendía Puerto Argentino. El recuerdo es triste, pero también significó para muchos argentinos que el peligro había terminado y podían volver a casa. Creo que somos una nación valiente, que demostró que, si tiene que pelear una guerra justa, la va a pelear con entrega y convicción. Yo hoy elijo recordar a mi madre riéndose de la muerte con su hijo de seis años. Las Malvinas son argentinas. Que Dios bendiga a los que pelearon y volvieron y también a los que lo dieron todo y quedaron allá.

Lunes. Volví a ver Watchmen. Me volvió a gustar. Salió mi libro sobre la Antártida. Creo que es digno. Vi Civil War de Alex Garland. Pensé que estaba basada en una novela y la busqué pero es guión original del director. Hubiese leído la novela con entusiasmo. La música es un acierto. En un momento suena Ghost Rider de Suicide. Lo que en los ochenta se filmaba en El Salvador, o en África, o en Asia, en Guerra Civil se hace en USA. La misma escena con la fosa común, el fusilamiento, los cuerpos colgados en la autopista a la mexicana... Pero lejos de ser previsible, resulta auténtico y convocante. California y Texas se llaman a sí mismas Fuerza Occidentales y usan una bandera de dos estrellas. Florida se independizó. El final, con el asalto a Washington, es excelente. Un presidente al cual todo se le va de las manos, en tercer mandato, resiste en la Casa Blanca… Toda la reflexión sobre el arte de retratar la guerra es precisa y sutil. El fotógrafo quiere la foto. Lo que lo rodea –tiros, bombas, muerte– pasa a un segundo plano.

Sábado. Toda la semana engripado. Un virus, deduzco. Miércoles, jueves y viernes fueron un desierto. No podía hacer nada salvo sentir dolor. Hoy, ligeramente mejor.

Viernes. Los gobiernos y las patologías de sus presidentes. La viuda, el edípico, el onanista, y ahora solos y solas. Nuestro gobierno de los solos y solas. La sociedad argentina se transformó en una sociedad llena de soledad, llena de personas desconectadas entre sí y conectadas a la máquina. Por eso, donde ellos digan “libertad” debe leerse “soledad”, o sea que ellos militan sus imposibilidades, sus fobias. En un punto, son adictos a su patología. La soledad es una forma de indiferencia, de nosotros hacia los demás y de los demás hacia nosotros. Soledad, indiferencia, negación del amor y su empatía…

Sábado. Escuchar a Bowie me trae nostalgia y melancolía. Cuando en 1984 salió el video de Loving the alien le censuraron un frame en el que Bowie aparece con la nariz sangrando. Siglo XX, el monstruo del amor.

Sábado. El desafío es no dejar que nos conviertan en kelpers de nuestra propia vida.

Viernes. Twitter es una forma de olvido. Ya ni siquiera se llama Twitter.

Lunes. Durante el viaje a Rosario leí a Rojas. Eurindia, un libro acartonado, fallado, idealista, y sin embargo… ¿Por qué me fuerzo a leer libros que no me gustan? Creo que hay más diálogo. Me presionan más. Me fuerzan. La lectura se me transformó en una suerte de masoquismo profesional. Desde luego, Rojas sigue siendo interesante. Eurindia por ahora no trae análisis gastronómico. Música, literatura, folclore, arte pero ¿dónde queda la comida como vehículo cultural? Horacio Castillo comienza su biografía de Rojas con una cita de Archipiélago. Ese solo fragmento nos muestra a un Rojas a la vez sereno y enojado, frente al abismo pero con esperanzas. La cita calza con una precisión conmovedora en nuestro presente:

Lunes. Ayer, Museo El Angel, en Monserrat. La entrada sale tres mil pesos. En las paredes de un salón muy grande hay pantallas que proyectan cuadros famosos. Esta vez la muestra es de Velázquez y Goya. Las pantallas van rotando los cuadros. Muchas veces los recortan o fragmentan. Una mujer con un pequeño micrófono cuenta algunas banalidades sobre ambos pintores. Es amable pero también pobre en su speech. El lugar está ambientado con luces, espejos y molduras doradas. Los marcos de las pantallas también son dorados. El piso brilla y hacia el final del salón se escucha una música de FM. En una de las pantallas veo Duelo a garrotazos y en otra, un primer plano de la Infanta Margarita de Las Meninas. Velazquez pierde menos que el Goya más oscuro proyectado en las pantallas. La luz que ilumina las pinturas desde atrás no es un mal recurso, pero se vuelve estridente. Quizás si todo el salón estuviera a oscuras la experiencia sería más interesante. La mezcla de tradición y tecnología me hace acordar a la película Gattaca. El museo es kitsch, pero también el futuro siempre lo es. Aparte, todos los museos de arte son kitsch y recuerdan una especie de frasco dorado. (Los alemanes intentaron esterilizar los salones de sus museos y los hicieron minimalistas pero la grasa y el desgaste siempre te alcanza.)

Lunes. Ayer, mi madre con mucho dolor y fiebre. Llamamos al médico a domicilio. Llega una venezolana o colombiana bajita. Habla mucho. A veces con ligeras contradicciones o inconsistencias. Sí, paracetamol. Sí, hidratarse bien. Sí, estamos viviendo un brote de dengue. Deja unas prescripciones, cobra un adicional y se va. Hoy en el Cemic mi madre se sacó sangre para un recuento de plaquetas. En la puerta, esperando el auto que nos traiga de vuelta a su casa, se desvanece. Me confiesa que hace treinta horas que no come nada. Ya en su casa, almorzamos. No puede estar afuera de la cama. Toma el paracetamol y se duerme. Me instalo a leer en la habitación de visitas. Mi madre hizo pintar toda la casa de blanco. Todo. Puertas, picaportes, marcos, zócalos, persianas, placards, paredes, techos, radiadores. Como el departamento de mi madre está en el centro de la manzana no hay ruido. En ese entorno termino mi segunda lectura de Mussolini, la biografía de Peter Neville.