La Política

Ayer, en mi comentario editorial, en Mirá, el programa que hacemos de lunes a jueves para La Nación +, después de leer por tercera vez la carta de Cristina Fernández, concluí que a la vicepresidenta le hacía falta un buen psicoanalista. No fue una chicana. Lo pienso de verdad. Y no solo porque ella reconoció, al comienzo del texto, lo mal que se lleva con el psicoanálisis y su evidente tendencia a la negación.

El gobierno y el peronismo, en general, tienen un serio problema de percepción. Ayer lo confirmó el presidente, Alberto Fernández, en la entrevista que le concedió a C5N. Confunden las marchas y los banderazos con operaciones de la oposición para “exacerbar el odio”. Amplifican hasta transformarlo en el eje de la cuestión el hecho de que Clarín haya publicado, como punto de encuentro de las manifestaciones, la esquina de la casa de Cristina Fernández. Se autoperciben, a sí mismos, como un todo, el pueblo, lo nacional y popular, sin tener en cuenta que, hasta el año pasado, había un 41 por ciento de argentinos que no los habían votado.

Si se pudiera elegir solo una palabra para definir a este gobierno, esa sería: desbarajuste. El desbarajuste es la falta de orden o dirección en una cosa o en un conjunto de personas. ¿Hacia dónde va el gobierno? ¿Cuál es el verdadero rumbo? ¿Quiere frenar la demanda de dólares hasta cerrar toda la economía, como Venezuela? ¿Quiere seguir emitiendo, generando inflación, y espantando la inversión privada, nacional, e internacional? ¿Va a abrir la economía y permitir que se termine de desarrollar una megadevaluación?

Mauricio Macri y Juntos por el Cambio quedaron a mitad de camino. No pudieron instalar, por la vía del convencimiento, un cambio cultural. No lograron estabilizar ni hacer crecer la economía. Los avances en las investigaciones de los escandalosos casos de corrupción son mínimos y dependen, ya no de un sistema transparente, sino de la voluntad de los jueces.

La decisión de Alberto Fernández de quitar un punto de coparticipación a la Ciudad para emparchar el conflicto con la policía bonaerense tiene el perfume de lo peor del peronismo. El Presidente lo hizo a las apuradas, y casi a traición, más para complacer a la vice Cristina Fernández y al gobernador Axel Kicillof que como la meditada solución de un hombre de Estado a un problema estructural. Además de inconsulta y prepotente, la respuesta oficial es peligrosa.

Argentina parece en estado de anomia. Anomia significa desorganización social como consecuencia de la falta de las normas sociales o el incumplimiento de ellas. Por ejemplo: a las tomas, el gobierno ¿las alienta o las condena y las castiga? Y en todo caso: ¿qué parte del gobierno hace qué? ¿Acaso Juan Grabois, que las justifica y las alienta, no es parte del oficialismo?

Ayer, en La Cornisa, tuvimos la oportunidad de hacer un programa histórico: pudimos desarmar, en vivo, una compleja y sucia operación judicial y mediática que tenía por objetivo meternos presos. No es que nosotros seamos tan importantes. El problema está en la operación propiamente dicha. La denominamos “Operación Pirincho” por el alias de una periodista de América TV al que le adjudicaron vínculos espúreos con un ex agente de inteligencia.

Si la reforma judicial que impulsa Cristina Fernández se aprueba, también dará comienzo una curiosa forma de impartir justicia: armando causas con pruebas inexistentes por parte de fiscales y jueces ideologizados. Es decir: funcionarios judiciales capaces de pasar por encima de la ley con tal de complacer a sus amos políticos, que siempre los tendrán bajo amenaza de destitución.

La cuarentena era una palabra que, al principio, todos los argentinos pronunciábamos con orgullo porque representaba el sinónimo de la lucha contra el COVID-19. Empezó a ser sospechada cuando parte de la oposición argumentó que el Presidente y el gobierno se habían enamorado de la palabra y de la medida también. Hubo algunos infectólogos, cercanos al oficialismo, que la defendieron y la militaron, y hubo otros especialistas que advirtieron, también desde el principio, que se trataba de una herramienta sin repuestos, y que cuando se gastara no se podría usar más.

Juntos por el Cambio discute ahora los límites que le quiere poner a la prepotencia del gobierno. Es decir: los límites a la vicepresidenta Cristina Fernández, a Máximo Kirchner y al presidente, si es necesario, también. Si lo que anuncian en privado no es jueguito para la tribuna, es probable que los diputados Mario Negri y Cristian Ritondo y el senador Naidenoff se planten y no renueven el compromiso de seguir con las sesiones virtuales del Parlamento.