La Política

(Columna de Luis Majul) Hasta nunca 2020. Solo bastará para recordarte, la pandemia, la peor caída de la economía de la historia de la Argentina y la muerte de Diego.

Los que asistimos con pasión y en detalle al histórico debate sobre la ley de divorcio, finalmente sabíamos que tarde o temprano la legalización del aborto llegaría. Se produjo esta madrugada, después de un intenso intercambio en el Senado; 38 senadores votaron a favor y 29 en contra. Nadie puede negar que se trata de un hecho histórico. Y nos atrevemos a anticipar que no va a suceder nada distinto a lo que pasó desde entonces. Quiero decir: así como no hubo un tsunami de divorcios a partir de 1985, no habrá una carrera loca de abortos inducidos. Al contrario: habrá menos muertes por abortos clandestinos, y más conciencia sobre cómo prevenir los embarazos no deseados, más educación sexual y, ojalá, más acompañamiento del Estado para las mujeres que dudan.

(Columna de Luis Majul en La Nación Más) Lo juro: todavía no alcanzo a comprender qué va a pasar con las vacunas y con los estragos del Covid-19 en Argentina. ¿A quién hay que creerle, al ministro Ginés González García, quien el martes explicó que la vacuna rusa no llegaría a tiempo porque había problemas con los aviones, o al Presidente, quien acaba de decir que estarán aquí la semana que viene, el miércoles 23 de diciembre, y se les aplicará a las primeras 300 mil personas, porque tienen 600 mil dosis listas para hacerlo de inmediato?

La inflación de noviembre superaría el 3 por ciento. La de diciembre y enero también. La inflación de la Argentina es una de las más altas de Latinoamérica y también del mundo.

Ahora que el presidente Alberto Fernández mandó al psicólogo a un colega porque le comentó que tenía miedo por el crecimiento y la violencia de los casos de inseguridad y Máximo Kirchner criticó a Mario Negri porque hizo lo mismo con unos cuentos diputados del oficialismo, voy a detenerme en las críticas recibidas por haber titulado mi comentario del 26 de octubre pasado: “A Cristina le vendría bien un buen psicoanalista”.

Así como en su momento el presidente pareció enamorarse de la cuarentena, ahora se aferra a la vacuna como si fuera la única solución para salir de la pandemia y de su caída de la imagen positiva. Tanto se enamoró de la cuarentena, que, en su entusiasmo, hizo una serie de comparaciones con países que antes estaban mal y hoy están mejor que la Argentina, como Noruega y Suecia, por citar solamente a dos.

Ayer, en mi comentario editorial, en Mirá, el programa que hacemos de lunes a jueves para La Nación +, después de leer por tercera vez la carta de Cristina Fernández, concluí que a la vicepresidenta le hacía falta un buen psicoanalista. No fue una chicana. Lo pienso de verdad. Y no solo porque ella reconoció, al comienzo del texto, lo mal que se lleva con el psicoanálisis y su evidente tendencia a la negación.

El gobierno y el peronismo, en general, tienen un serio problema de percepción. Ayer lo confirmó el presidente, Alberto Fernández, en la entrevista que le concedió a C5N. Confunden las marchas y los banderazos con operaciones de la oposición para “exacerbar el odio”. Amplifican hasta transformarlo en el eje de la cuestión el hecho de que Clarín haya publicado, como punto de encuentro de las manifestaciones, la esquina de la casa de Cristina Fernández. Se autoperciben, a sí mismos, como un todo, el pueblo, lo nacional y popular, sin tener en cuenta que, hasta el año pasado, había un 41 por ciento de argentinos que no los habían votado.

Si se pudiera elegir solo una palabra para definir a este gobierno, esa sería: desbarajuste. El desbarajuste es la falta de orden o dirección en una cosa o en un conjunto de personas. ¿Hacia dónde va el gobierno? ¿Cuál es el verdadero rumbo? ¿Quiere frenar la demanda de dólares hasta cerrar toda la economía, como Venezuela? ¿Quiere seguir emitiendo, generando inflación, y espantando la inversión privada, nacional, e internacional? ¿Va a abrir la economía y permitir que se termine de desarrollar una megadevaluación?

Mauricio Macri y Juntos por el Cambio quedaron a mitad de camino. No pudieron instalar, por la vía del convencimiento, un cambio cultural. No lograron estabilizar ni hacer crecer la economía. Los avances en las investigaciones de los escandalosos casos de corrupción son mínimos y dependen, ya no de un sistema transparente, sino de la voluntad de los jueces.