La pandemia ha disparado otra clase de epidemia subterránea: una propagación global de la angustia. Lo dicen los psicólogos. Gente embodriada, atrapada, sofocada, con proyecciones de vida pum para abajo, encerrada contra voluntad con sus propias parejas e hijos a los que preferiría escuchar sólo por audio de Wapp, y sin posibilidad de escapar, y la sensación permanente de león enjaulado. 

No hay serie de Netflix que los salve. Entonces, claro, señor, claro señora, sobreviene la angustia. Ese amargor que recorre el cuerpo como mate frío.

¿Qué hacer con la angustia? ¿Cómo salir de la angustia? O, lo que es más urgente, ¿cómo exterminarla de raíz, cual yuyo jodido? Se preguntan psicólogos, expertos en neuro ciencias, y otro sinfín de predicadores mediáticos. Todos apuntan a darle pelea a la angustia, combatirla como quien combate contra un moto chorro. Pero nadie se pregunta cómo hacerse  de la angustia. Porque todo yuyo pinchudo, toda fiera de la naturaleza, todo pero todo en esta vida, tiene su lado blando. Su agarre. Su, por así decirlo, kriptonita. 

Y la angustia no es una sombra, no es una criatura del bajofondo que quiere darnos una dentellada a la yugular. La angustia, señor, señora y señore, es una invitación a replantearse todo lo que hemos hecho mal en esta vida. Es un scanner más power que tomografía computada. La angustia, bien llevada, es un llamado a despertar del llamado de los ebrios que tanta resaca nos trae.

Amíguese con la angustia, pobrecita, ella no tiene la culpa del sinfín de desmadres que ha hecho con su vida. Si está mal con su pareja. Si su trabajo le parece sopa de bosta. Si su departamento con vista a patio interno es un subsuelo del infierno. No le eche la culpa a la angustia. Ella sólo vino hasta aquí para sacarlo del pozo que construyó con sus propias manos.

Hágale caso a la angustia. Escúchela como quien escucha una charla TED. Ya estaba, en verdad, angustiado de antes. La diferencia es que antes estaba más entretenido que ahora. Tenía, qué iluso, la sensación de que siempre era posible escapar. Pero la angustia es un bicho paciente. Y creciente. Más se le da la espalda, más crece esta criaturita del Señor. 

Por eso, hágase amigo de la angustia. Siéntela a la mesa, converse con ella. Sírvale un buen café. Péinela. Perfúmela. Cómprele ropa nueva –si no sabe el talle, ya le digo: tiene talle grande-.  Si tiene a mano, ofrézcale chocolates. Y escuche atentamente su plan magnífico para que deje atrás esa fotocopia a la que llama vida. Y se ponga, de una vez por todas, con viento en contra, con miedo y muchas dudas, a ese proyecto tímido, pequeño e insensato de ser feliz.

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