Ya lo decía Hermes Trimegisto, ese sabio mítico del Antiguo Egipto: “Los extremos se tocan”. Y a su vez, se contiene uno al otro. El frío y el calor extremos se parecen. El santo y el pecador.  Los cabarets se instalan al lado de los cementerios. Y así la lista sigue. Eso hace que, en medio de la crisis desesperante de miedo y colapso global, haya proliferado, cual honguito post lluvia, el chistecito.

La risa, se ha analizado y sigue analizando en áreas diversas, es sobre todo descarga. Cuanto más crisis atraviesa un país, los programas cómicos se disparan y sus rankings se elevan por las nubes. Es por eso que, coronavirus mediante, cuando la epidemia amenaza con llevarse a una cuarta parte de la población mundial, lo primero que uno hace es chistes. Memes. Bobadas geniales. Pinchazos para desinflar la tragedia.

Se deducirá, en primer lugar, que la risa es mecanismo de defensa. Miedo a morir. Miedo a ver morir seres queridos. Miedo a perder todo aquello por lo que uno luchó y puso su esfuerzo. Pero esto sería quedarse corto.

Es cierto que hay risa sanadora –está científicamente comprobado-. Pero también hay risa negadora. La expresión es la misma pero el motor no. 

La risa sanadora permite tomar en sorna la propia seriedad y los tropiezos que uno da de puro tonto. La risa negadora, en cambio, lo barniza todo en el tono rutilante, acuareloso de sketch cómico. Risa de aquel que nunca asume compromiso alguno. Que jamás se pone la camiseta. Que siempre tiene una pata afuera. Que, aún cuando todo por dentro le tiemble, y lo consuma la rabia, reirá y reirá, cual Guasón desesperado. 

Por otro lado, el llanto socialmente está condenado. Vea a alguien llorar en la vía pública, y tendrá de inmediato un grupo de samaritanos que acallarán su llanto. Excepto en los bebés, no toleramos que nadie llore. Pues el llanto tiene una realidad que nos espanta. Llorar pone en evidencia que lo que tratamos como comedia, tiene fondo de drama. Y sobre todo, final de tragedia.

No importa lo que suceda, te bombardean los medios, los gurúes de la cuarentena, hay que reír como si fuera vacuna contra la peste. Reír porque la vida es una fiesta. Aunque ya no baile nadie. El dj esté internado y haya contagiado a tres cuartas partes de los invitados. Y las luces se fueron por falta de pago. Hay que sostener la comedia. Aunque cueste, cada tanto, un lagrimón.

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