A pesar de que el 70% de la agricultura mundial depende de ellas, les damos poca bola. De hecho, en los últimos años, barrimos a nueve de cada diez abejas del planeta. Las matamos, indirectamente con pesticidas, les quitamos flores, intoxicamos su atmósfera de todos los modos posibles. Sin ir más lejos, dos meses atrás, en Brasil murieron 500 millones de abejas en un abrir y cerrar de ojos: 48 horas. La razón: el uso de un pesticida prohibido por la Unión Europea, y aún así empleado en el país vecino. En la Argentina no nos quedamos atrás: cada año, se pierde el 34% de colmenas.

Es tal la alarma mundial que, para crear conciencia sobre lo decisivo de su vida en la Tierra, los científicos acaban de declararla el ser vivo más importante para el planeta. Si la tendencia en picada continúa, la humanidad estará –en más- problemas. Es conocida la advertencia de Albert Einstein: “si desaparecen las abejas, a la humanidad le quedan cuatro años de vida”.

A la cruzada de los científicos, se les sumó una novedad: la primera abeja influencer. Se llama B. Posa en distintos puntos del planeta. Y tiene cuenta en Instagram que ya superó los 125 mil seguidores.  Es parte de una campaña de la fundación francesa, Bee Fund para crear conciencia sobre lo dramático de la situación y los peligros abismales que puede acarrear su exterminio.

En lo personal, años atrás, tuve mi propia colmena. Curé mis abejas. Las ví ir y venir en mi jardín, esperando la primera recolección de miel. Habían pasado con éxito el primer invierno hasta que, en primavera, ese ir y venir del campo a la colmena –un espectáculo para el cual convocaba a mis hijos a contemplarlo- dejó de suceder. Llamé a mi vecino apicultor para que vea qué onda. Él llegó, les tiró humo, se puso una máscara y abrió la colmena: “Se te murieron todas, querido”, me dijo. Y me mostró el escenario tremebundo de su casa, semanas atrás, colmada, ahora vacía. Quedaban unas pobres abejas buscando recuperar, sin suerte, un reino perdido. Me llamó la atención pues no había abejas muertas cerca de la colmena. “Les agarró un bichito que las mata”,  concluyó el vecino. “Las abejas salen y no vuelven”. Me sentí tan triste que no volví a tener más colmenas. Pero, en honor a las abejas caídas, llené mi jardín de flores.