
La comunidad científica se ha puesto tan insistente con el tema de la muerte que ahora cada vez más son los gurúes del rubro que apuestan a que de un momento a otro van a ganarle la pulseada la enfermedad y la finitud. Y hasta el magnate Ellon Musk salió a afirmar que la muerte era un tema sencillísimo de resolver.
A decir verdad, la primera apuesta de las ciencias de cara al futuro no es ganarle del todo la batalla a la muerte, si no ganarle por etapas. Gracias a terapias de rejuvenecimiento, se podrá retrasar la vejez y todo lo que viene con ella, con tratamientos varios que, por ahora, ralentizan el deterioro de los distitnos órganos y si bien no dan vuelta el reloj biológico, al menos lo ponen en cámara lenta.
Pero claro, como todo en la vida, estas terapias estarán disponibles sólo para los viejos ricos. Los viejos pobres harán lo que hace todo viejo hoy en día: decaer y ser puesto en un hoyo.
Es así como nuestro futuro –no tan lejano- se poblará de millonarios eternos. Ricachones de 240 años, que pedirán escuchar una y otra vez los hitazos de Los Plateros y Elvis. Un siglo más adelante, los mares se llenarán de cruceros de ricos sin tiempo y sin nada más que hacer que comer y bailar, bailar y comer.
Sus corporaciones, ya al mando de gerentes diseñados con inteligencia artificial, ni siquiera demandarán un segundo de su atención diaria. Las cosas, para ellos, marcharán viento en popa.
Eso sí: una vez al año, quizás menos, asistirán al médico experto en longevidad que les inyectará cosas carísimas y los introducirá en máquinas creadas por robots cuánticos y qué se yo qué más, y así se volverán más jóvenes que antes.
Si el mundo a los 80 años se puede poner un poquitín tedioso, imagine lo que será a los 220, cuando uno ya ha visto todo lo que tenía por ver en la tierra. Y aún así, sigue en pie, listo para un nuevo baile.
No hace falta indagar mucho para descubrir el tedio de la vida eterna, basta con darse una vuelta por el mundo de los vampiros, pobres seres nocturnos a los que el tiempo y la muerte los tienen sin cuidado. Recuerde su palidez, su aburrimiento pesado y envuelto en la amargura de lo que no puede volver a ser. Pilas de recuerdos acumulados como un gran depósito atiborrado de antigüedades rotas. Y entonces comprenderá al fin que la palidez del conde Drácula, no era tanto por ausencia luz natural o la pérdida de su amada o la mala calidad de la sangre de los seres humanos de hoy. Era puramente la tez lógica de aquel que ya, en definitiva, no ve más nada nuevo bajo el sol.
Imagen creada con Gemini IA


