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Para nosotros, de chicos, los bañeros eran lo más. Eran lo más cercano a un superhéroe que teníamos en nuestras vidas. En mi balneario en La Feliz, había uno que le decían Pappo y rescataba gente en kayak. Salía como una flecha y en lo que demorábamos en salir de las carpas a ver qué sucedía, él ya estaba trayendo al bañista, triunfal, de regreso. No era de los cancheros, era de los familiares. Luego había otro –olvidé el nombre- que iba junto a una zona de rocas, hundía los pies en la arena hasta las rodillas y sacaba cangrejos que a veces incluso, se le prendían a los dedos. Temeridad pura. 

Así eran ellos: duros, valientes, fibrosos, todo lo que, por ese entonces, yo deseaba ser y estaba lejos de cumplirlo. Y era parte del club uno de mis ídolos juveniles: Rubén Peucelle, el titán, el ancho. Otro capo.

Para mí, los guardavidas estaban en el mismo nivel que los bomberos o los guardianes galácticos. Gente casi del orden de lo sobrenatural.

Pero claro, todo cae. Incluso su gremio. Sin ir más lejos, el municipio de Villa Gesell acaba de presentar una denuncia contra un guardavidas porque no había socorrido a uno que iba en kayak y pedía ayuda a gritos, sino que lo filmó para enrostrarle en la cara lo estúpido que era por el descuido que lo había puesto al borde de la muerte.

Es decir, no sólo se negó a salvarlo sino que además, buscó convertirlo en video viral.

 ¿Será que nos tragará el mar mientras esta gente ahora nos registra para una historia de Instagram? ¿Aguardará la presencia de tiburones, o traerán ellos un puñado, para que la escena se ponga más onda Hollywood?

Nadie sabe hasta dónde puede llegar la estupidez humana en su búsqueda de más likes.

Pero ya le digo: lo extraño a mi Pappo y al hombre que sacaba cangrejos con los pies. Esos eran duros. Esos eran valientes. Esos eran verdaderos superhéroes en malla.

Imagen creada con Gemini IA