
Antes los llamaban viejos y le sumaban cosas peores al nombre. Ahora le dicen “generación silver” y suena más a linaje de superhéroes. Pero lo cierto es que la tercera edad –que ahora ya existe una cuarta, y vaya a saberse si luego habrá una quinta- no siempre tiene toda la onda que parecen ponerle los medios. Si no, miren lo que sucede con esa leyenda viva de la canción romántica llamada Julio Iglesias. Mi mamá lo amaba. Lo sigue amando –bah, no hablé con ella desde los últimos episodios, aunque imagino que su amor sigue intacto-. Pero lo cierto es que silver o no silver, no todos envejecen del mismo modo. Y la plata –por el silver, digo- no siempre añeja con todo el brillo y esplendor que uno esperaría. Y a veces descubrimos que en realidad era chapita, era alpaca o cosas peores.
Y ahí lo tiene a Julio, de la noche a la mañana, atiborrado de denuncias que lo quitan del pedestal de galán eterno al triste sótano de los viejos verdes.
Rseulta que ahora mujeres de toda clase, profesión, generación –silver y sobre todo, no silver por supuesto- insisten en que sus encuentros con Julio, tal vez profesionales, tal vez casuales y azarosos, estuvieron teñidos de insinuaciones poco claras, impertinencias babosas que, en esta columna tan honorable, no vienen al caso en detallar. Pero lo importante aquí es destacar que el ser humano pocas veces añeja bien, como los vinos, o ciertos muebles y obras de arte. Más bien, el ser humano –y si le suma el famoso, Dios me libre- añeja como cierto producto made in China, que pierde el brillo de la noche a la mañana, la botonera falla a los pocos meses y al cabo de un tiempo, uno descubre que sólo queda una cáscara que sólo sirve para ocupar espacio precioso en el tacho de basura y genera todo tipo de daño colateral ambiental planetario.
Es entonces de desear que muchos representantes de la generación silver por su bien y, en especial, por el bien de su reputación, tengan el reparo prudente de no alcanzar nunca el status de “silver” y obre con el decoro de galanes de la talla de James Dean o hasta un Kurt Cobain, y cumplan con el plan marketinero de morir a tiempo. Jóvenes, brillantes, frescos y más que silvers, patinados en el oro eterno de una cara bonita a salvo de la sección policiales.


