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No queremos ponernos pesados, ni mala onda, ni, como se dice, escupirle la sopa. No queremos arruinarle la fiesta, ni estropear la reunión familiar ni la salida post bolichera. Pero, bueno, si no se lo decimos nosotros, ¿quién lo hará? 

Y es que el festejo de fin de año con el correr del tiempo se ha vuelto cada vez más ineficaz. ¿Por qué ineficaz, dirá? Pues precisamente porque los años que pasan se parecen cada vez más a los años pasados y no tan pisados como imaginamos. 

En ese orden de cosas, el corte de calendario es pura cuestión de números. Por eso, el 2024 se ha parecido mucho y preocupantemente al 2025. Y, por supuesto, uno esperaría que el 2026 –no queremos spoilearlo, lo siento- se parezca también al 2025. Por más cohete y cañita voladora que uno revolee al aire, por más que lo celebre en Pekín o en Espeleta, el año venidero se pegará cual cola al año que pasó e irreversiblemente lo contagiará con sus manías, sus fiebres, su mala onda. 

Y es así cómo, más que festejar, uno debería ocuparse de lograr que el efecto contagio no lo arruine todo. Y como resultado, tengamos años que son cada vez más plomazos, como si la humanidad bajara peldaño tras peldaño en su camino al acabose.

Pero, como le decimos, no queremos jorobarle la fecha. Vaya, vamos, festeje. Celebre en familia. Ríase con amigos. Deje que el alcohol en sangre le haga pensar que realmente un año se termina y otro empieza. Y quizás, con viento a favor, llegue milagrosamente un verdadero año nuevo.