
Los medios mundiales se hacen eco de la flamante COP30 en Belém, Brasil. O, para decirlo en criollo, la nueva cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. El evento convocará a 50 mil participantes de prácticamente 200 países, entre ellos expertos de distintas áreas y, por supuesto, jefes de estado que deberán poner la firma a lo que sea que se acuerde si es que algo se acuerda.
La reunión será hasta el 21 de noviembre. Y, como sucede cada año, el inicio es pura esperanza y los finales, ups, son pura decepción.
Es decir, si las cumbres contra el cambio climático fueran realmente eficaces, bastaría con que haya una sola y listo. Se delibera, se resuelve, se firma y a otra cosa mariposa.
Sin embargo, cuando las cosas se replican al infinito sólo significa algo: hay un gran y largo fracaso.
Otra cosa sería anunciar: esta, por ejemplo, la COP30 será la última cumbre sobre el cambio climático. Esto generaría, como mínimo, un poco de optimismo planetario. Aunque, si la propuesta es repetir una cada año, esto huele a que las cosas irán de mal en peor. Los hielos de derretirán. La fauna y flora se marchará a otra parte. El nivel del mar nos cubrirá como ya vimos tantas veces en las películas catástrofe. Y el ser humano tendrá el destino final de los dinosaurios. Excepto, claro, aquellos pocos afortunados –millonarios por supuesto- que hagan las valijas y se marchen a marte. O la clase media alta, que sólo podrá acceder a una mudanza más barata y a mitad de camino en la luna, donde los hoteles no pasan de las dos estrellas.
En fin. Todo será válido antes de seguir viendo una tras otra cumbre de cambio climático, mientras el planeta se hunde como pancito en el café con leche ante la muda mirada de la vía láctea que ya ha visto tantos planetas como el nuestro, pisar el palito y apagarse como fósforo.
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Imagen de la página de Cambio Climático de Naciones Unidas


