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Será que en medio de todos los desafíos que tiene el mundo, ya todos nos hemos olvidado de él. Será que la espera en vilo por las peripecias del dólar, o las performances mundialísticas de la Argentina, o por el destino de tal o cual presidente, nos han hecho pasar por alto que, allá arriba y desde hace tiempo - 1992 para ser exactos- pende sobre nosotros un orificio que, durante décadas nos hizo preocuparnos, temer el acabose inminente y sobre todo, disparar el mercado de las cremitas solares. Y ese es, por si no lo adivinó, el agujero de ozono.

Tanto se habló, tanto se debatió, tanto se temió sobre este buraco generado por nuestra producción diaria de clorofluorocarbonos o gases CFC que expulsábamos como quien expulsa sus necesidades en el baño. Sólo que, en lugar de bajar por ríos subterráneos lo elevábamos al cielo y así hasta viajar a la Antártida por esas cosas del barrido de vientos del planeta, y finalmente terminaban rompiendo moléculas de ozono, y haciendo un lío bárbaro hasta que, zas, se produjo tiempo atrás, el famoso agujero.

Y claro, nadie sabía a ciencia cierta qué podía producir semejante rotura celeste. Y no había a disposición ningún plomero del cielo capaz de arreglarlo. Así que año tras año, verano a verano, echamos mano a cremitas blosqueadoras filtradoras de rayo UV y vaya a saber cuántas iniciales más, para cuidarnos porque, el famoso agujero, podía permitir que básicamente el sol nos calcinara como bife ancho a la plancha.

Llegó a medir el agujero de ozono en su pico de esplendor más de 25 millones de kilómetros cuadrados. Y según nos metían miedo, se agrandaba alarmantemente, año tras año.

Pertenezco a la generación del agujero de ozono, donde el verano significó olor a pomada con filtro. Pero no así mis padres, quien me contaban que hasta se embadurnaban con Coca Cola porque, se creía, era una técnica de bronceado inmediato.

Sin embargo, y he aquí la noticia, el temido orificio allá arriba parece que está cerrándose. 

No es tanto obra de la conciencia ambiental sino también parece obra fortuita del destino: pues una erupción volcánica del Hunga Tonga-Hunga Ha’apai –un nombre simpático al que tal vez le debemos la vida del planeta tierra- arrojó tanto vapor de agua que el agujero reaccionó favorablemente. Y eso, desde entonces, sumado a campañas donde las industrias no son tan agujereadoras de cielo como antes, contribuyó a que el famoso agujero comience su curso en dirección contraria.

Pasó de 25 millones a 22 millones y monedas el agujero en el último año. Y la tendencia sigue pum para abajo. Los expertos esperan que para el 2040 no haya agujero en el mundo, y para el 2060 y monedas ni siquiera en la Antártida que es el epicentro del orificio. Con lo cual, se aguarda que, para esa época, los pingüinos finalmente podrán dejar de unos a otros, untarse con cremas con filtro y volver a la vida salvaje, y libre, y sin olor a Hawaiin Tropic y con el bello e irresistible olor a pescado polar.