Crónicas + Desinformadas

Cuando era chico, mi sueño era tener un mono. No cualquier mono, sino un monito exactamente igual al que tenía el conductor Raúl Portal en su programa –uno pequeño, que llevaba en el hombre y era tan peludito-. “Mamá, quiero un mono”, le reclamaba a mi madre mientras cocinaba. “¿Un mono estás loco? Imposible”. Claro, vivíamos en un departamento en pleno Barracas y mi madre veía escenarios que, para mí, eran difusos. En tiempos donde internet no existía, traer un mono a casa era un delirio. Insistí e insistí durante semanas, meses, años y mamá no dio el brazo a torcer. Ya teníamos un perro, ¿para qué otro animal y además exótico? En aquella época, años ’80, en los aviso de periódicos vendían monos por doquier. No existía control de ningún tipo o si existía era una figura de cartón. “Fue una mala idea salir con mono en mi programa”, me confesó Raúl Portal, 30 años más tarde, cuando lo entrevisté en tiempos de su defensa al Padre Grassi. “Eso generó una alta demanda en el mercado negro de mascotas exóticas y muchos problemas en las casas”.

Todo el mundo sabía quién era María Kodama, la guardiana y viuda del gran Borges. Pero a ciencia cierta, nadie sabía bien quién era. Y ahora que ha partido a los 86 años, menos aún lo sabrán.

Esta manía de tener cámaras de seguridad hasta en el baño, hace que la vida se vuelva un permanente Gran Hermano donde realmente deberíamos ser todos eliminados de inmediato. Es cierto: ahora los robos callejeros, las salidas bancarias, los secuestros y demás delicias de la vida humana, tienen las patas cortas. Es raro que, registrados por alguna cámara, no los capturen en un abrir y cerrar de ojos.

Aquella noche en el Velódromo de Marpla, yo no iba a ver a Fito, iba a ver a Charly, que por entonces estrenaba “Cómo conseguir chicas”. Era inicios de los ’90. Y el amigo de mi hermano que me llevó –yo era un pibe, menor de edad-, me dijo: “Fito está a la altura de Charly. Ya vas a ver”. Y tal cual: pasó ese concierto doble de dos leyendas –cada uno hizo su repertorio, Fito iba de telonero- y quedé prendido de Fito también, como un efecto contagio. Por ese entonces, las aguas estaban divididas: los que escuchaban Soda, por un lado. Los que seguían a los Redondos por otro. Y la gente de Pappo. Y luego estaban los que seguíamos a Fito, Charly y Luis Alberto. Esos iban todos juntos, hermanados. A pesar de que, más tarde, cada uno diría que no había encono con los demás, lo cierto es que la gente tomaba partidismos. 

Desde hace un año que a mi hija le leo cada noche los libros del gran Roald Dahl. Ella tiene cinco y a pesar de que los libros son para mayores de 12, los disfruta tanto como si los tuviera: se ríe, patalea, se intriga. Y sobre todo, y esto es lo que hace a Roald grande entre los grandes, se enoja con él. Porque los niñitos y los adultos odiosos, son realmente odiosos. Por ejemplo, “Charlie y la fábrica de chocolates”, adaptada tiempo más tarde en cine por Tim Burton, es una parábola de los deslices más comunes de un niño malcriado: el egoísmo, la gula, la competencia y la adicción de la tecnología. Cada competidor, tiene uno de esos rasgos que lo lleva a perder. Y a pesar de que la novela fue escrita bastante tiempo atrás -1964-, sigue teniendo una vigencia atómica. O “Matilda”, la historia de la niña genio criada por unos padres sinvergüenzas, es, en lugar de apuntar los dardos contra los niños diablillos se mete con los padres que sólo miran su propio ombligo.

Una misión espacial, de Space X y la NASA, que iba a poner cuatro astronautas fuera de la estratósfera durante seis meses, suspendida a pocos minutos antes del despegue –alegaron fallas en el líquido de ignición-. Un descubrimiento, difundido luego en la Revista Nature, donde el Telescopio Espacial James Webb de la NASA, permitió vislumbrar 100 billones de estrellas. Y hete aquí la sorpresa: a través de rayos infrarojos el telescopio es capaz de detectar galaxias que existieron hace 13.500 millones de años luz, en los albores del big bang. Y mientras esperaban encontrar estrellas jóvenes, el telescopio les devolvió la imagen de constelaciones más maduras de lo que daba todo cálculo. 

Ni la pelea contra el narcotráfico. Ni la pobreza que crece. Ni las salideras bancarias. Ni los crímenes pasionales. Ni los piquetes que aquejan más allá toda ideología. El enemigo Number One de la Argentina sigue, fue y será la inflación.

Tal es el boom de la nanotecnología, los nano satélites e incluso el desborde de drones y dispositivos aéreos minúsculos que ya nadie sabe, a ciencia cierta, acertar qué es un objeto de vigilancia y qué es una nave transportando alienígenas. Acaba de confirmarlo la Oficina del Director de Inteligencia Nacional de la Casa Blanca de los últimos 366 avistamientos de objetos voladores no identificados, 171 no lograron determinar de qué se trataban. Tiempo atrás, a cada visita extraterrestre había un puñado de locos que los filmaba y revolucionaba sus vidas. Pero ahora, por más que venga y desembarque una nave nodriza todo el mundo dudará si es o no una nueva clase de dron Made in China.

Nunca he visto gente con tanta fe como los turcos. Conocí historias de familias que sufrieron tragedias que derrumbarían tu vida, pero ellas, ni una queja. Me contaron historias del intento de golpe frustrado, años atrás, que fue realmente una movilización popular envidiable de defensa de la república. 

Siglos atrás se afirmaba que el asiento del ser humano estaba en el corazón. Allí vivía su alma y desde ahí irradiaba la fuerza vital a todo el resto. Tiempo más tarde, se empezó a localizar el epicentro del hombre en el cerebro: esa bola mágica, eléctrica, misteriosa, llena de interconexiones que, según los neurocientíficos, podían explicarlo todo. Pero desde hace poco tiempo, primero con sugerencias tímidas de la ciencia, y luego con un aluvión de libros se ubicó el epicentro del ser humano, de la cintura para abajo. Hoy en día, el destino de la humanidad, y por qué no de su quehacer y su malestar diario, está entretejido en sus mismísimos intestinos.