Crónicas + Desinformadas

En tiempos imperiosos donde, a pesar del caos y la mishadura, te insisten en que seas feliz a cualquier precio, y que tus selfies salgan luminosas cual foco led, además resulta que si te viene una mala, debés poner cara de candidato en campaña, capear el temporal y sacar la moraleja de todo el viento en contra en la cara porque, una cosa más: también debés ser resiliente.

Cuando yo era pequeño, había una publicidad al inicio de cada verano donde se alentaba a las familias a que, al salir del viaje, no dejaran a su perro solo en casa. Ese perro se llamaba Bobby. Y la canción de ese spot caló profundo en los de mi generación que hoy tienen más de 40. Allí la familia se iba a la costa y el pobre pichicho se tenía que enfrentar a una soledad de un mes más solo que, justamente, un perro. 

Si uno siente lejanos a los candidatos en las grandes urbeas, agigantados por los afiches que crecen y se multiplican en plena campaña, esa situación, sin embargo, en los pueblos es el extremo opuesto. Los candidatos a intendentes de ciudades pequeñas como donde yo vivo, están ahí a la vuelta de la esquina. Y uno puede cruzárselos camino a comprar los ravioles del domingo. 

Cada dos por tres, cuando llevo y busco a mi hija por el colegio me cruzo con un clonador. Es un hombre normal  y sonriente. Con cierta fama en los medios y como dicen en mi pueblo: saludador. Llega con una camioneta aplastante pero camina con humildad y recogimiento. No anda diciéndolo por ahí pero medio mundo aquí ya lo sabe: es uno de los referentes del incipiente mercado de clonación de caballos. Un secreto a voces que ya revolucionó el juego del polo donde, para decirle un dato, hay partidos donde ya lo disputan 11 caballos clonados.

En la disparada de metralla de artistas internacionales que llegan este año a la Argentina, sedientos –no todos, claro- por facturar en tiempos donde ya nadie compra discos, hay que destacar una visita que es digna de mención: los muchachos –ya no tanto, más bien podrían ser abuelos- de Blur que llegan, si Dios quiere, en noviembre.

Quedaron tantas estrellas pop que rodaron pendiente abajo que pocos apostaban a que Taylor Swift llegara a los 33 años con más éxito que nunca. Tanto es así que la Reserva Federal de Estados Unidos, una entidad que se interesa sólo por aquello que realmente mueve económicamente la aguja de una superpotencia, que acuñó el término “efecto Taylor Swift” para explicar el subidón de ingresos en 17 estados de la nación, producto de la gira de la rubia Taylor intitulada “Eras tour”.  La gira en cuestión, como bien sabemos, la traerá por aquí donde dará dos conciertos en River a todo trapo, y además la paseará por cinco continentes: 131 shows en total. Es decir, muchas economías que sentirán el electroshock de ingreso producto del, ahora ya lo conoce, “efecto Taylor Swift”.

Esta semana, religiosamente y por más que el peso caiga, el cambio climático provoque desastres y la mar en coche, los Martín Fierro se celebraron a todo color. Y la alfombra roja sigue tan roja como tuco de la abuela. 

Uno asocia los países nórdicos europeos a que viven mejor, que son ordenados, armónicos, y tienen sistemas de gobiernos tan eficientes que ni se molestan por recordar el nombre de su presidente, sin embargo, no se sabe si por cuestiones climáticas o qué, estos mismos países nórdicos tan prolijitos también figuran entre los que más gente se quita la vida. Pero a pesar de las estadísticas suicidas en contra, ahora, por ejemplo, los suecos están de moda, espiritualmente hablando. Son, por así decirlo, los nuevos budistas en tiempos post pandemia. Y se los vincula a cómo vivir la vida en un momento donde ya todos han perdido la receta de un pasar feliz.

Según parece, a la luz de nuevos estudios científicos, no sólo debemos los seres humanos preocuparnos –y ocuparnos, claro está- de que el cambio climático no nos elimine de la faz de la tierra. Además, deberíamos prestar atención a otro detalle aún más sutil e impensado: probablemente el cambio climático enloquezca a millones de insectos en todo el planeta, volviendo esta bola giratoria inmensa en un zoológico que parece cada día más a un manicomio de especies.

Todo se disparó por una travesura de un artista de nombre Luc Loiseaux. Uno más que, entusiasmado con una app de inteligencia artificial, se puso a jugar con viejas fotos de un escritor maldito del cual queda escasísimo registro de imágenes, y zás: obtuvo una foto cautivante y callejera del gran Arthur Rimbaud, de ojos clarísimos y jopo esponjoso, y aún así atrozmente real. Aquella foto que, Loiseaux lanzó a las redes cual botella al mar, fue recogida y replicada con alegría por colegas poetas aquí y allá y en todas partes, ilusos todos de que una nueva era había comenzado, ya está aquí: la de no saber –ya nunca más saber- qué es verdadero y qué no.