Crónicas + Desinformadas

La ciencia parecerá siempre altisonante, contundente, categórica, concluyente. Sus sentencias resuenan como bajada de martillo. Sus representantes lucen como jueces que tienen, allá donde vayan, la última palabra. Basta con decir “científico” para que el conductor del programa lo escuche con atención, y su cuello
se tuerza un poco en sentido reverencial. La ciencia –qué duda cabe- es la nueva religión. El nuevo opio del pueblo.

Para que el nuevo año cale profundo en los huesos, modifique el alma, haga un by pass auténtico y posta a nuestras metas, antes de llegar nos debería dar un tiempito. Una pausa para pensarlo mejor. En el básquet, los jugadores lo saben muy bien: cuando las cosas se complican, el técnico pide unos minutos. El tiempo que sea necesario. Y entonces, ahí sí: vuelven a jugar, reagrupados, realineados, con el ánimo recuperado, pum para arriba. Todo deporte tiene su pausa su paréntesis. Pero no es así con la vida. Con el calendario que nos rige y empuja a seguir y seguir. Aquí termina el año viejo. Aquí, un minuto después, empieza el nuevo. Entre uno y otro, media un delicado segundo. 

Esta tendencia a etiquetarlo todo en pos de prevenir nuestros vicios y consumos tóxicos, quizás en poco tiempo llegue demasiado lejos. Y, lo que es aún más alarmante, ya no haya vuelta atrás. 

Por más que exista una flamante red 5 g, internet de la cosas. Por más que gane Milei, prometa ajuste y una Argentina nueva. Por más que gane Riquelme en Boca, y el verano pinte más lluvioso que la sequía del año pasado. Siempre habrá mosquitos. 

Una de las pequeñas perlitas de la asunción presidencial de Javier Milei fue el detalle canino de su cetro presidencial, también llamado bastón aunque no es por renguera claro. El orfebre, para rematar su obra, había labrado en la mismísima empuñadura el rostro de sus queridos pichichos. Entonces sí, el cetro tenía la forma e impronta del nuevo mandatario. 

Si hay un tema sobre el cual el mundo no se pone de acuerdo, y naufraga sin rumbo cierto, no es el manejo del equilibrio ecológico o el desafío o provecho de la inteligencia artificial, lo que realmente tiene en ascuas al ser humano a escala global es qué corno llevarse a la boca. 

Se llama Bryan Johnson. Y hasta no hace mucho tiempo atravesaba un cuadro depresivo. Se había alejado de la iglesia mormona, donde comulgó toda su vida; y tras una millonaria operación, había quedado sin la salvia de la vida.

Así como exportamos los argentinos científicos, cine, materia gris en fin, y productos típicos como la carne, el Malbec o el limón, también hemos hecho for export otras cosas no tan santas, ni prestigiosas, ni que entran en las estadísticas de exportaciones más medibles y oficiales.

No importa lo smart que se ponga la tecnología, los autos van a seguir siendo un masivo objeto de deseo. Que el celular se doble, que las pantallas se amplíen y vuelvan 3D, que la realidad aumentada se refleje en tus anteojos, que nuestros libros electrónicos almacenen la biblioteca universal, o que los auriculares contengan la música de toda la historia de la humanidad, nada de eso importa frente a un auto que ruja cual fiera y siga sirviendo de símbolo de que, no importa lo mal que se pongan las cosas, siempre uno puede huir a toda velocidad.

No sólo el día de Halloween se extiende por el mundo entero cual gripe aviar, ahora resulta que el horror se contagia a los clásicos de Disney. Pasó este año con la reversión gore del clásico tiernísimo Winnie Pooh –sangre y miel-, que con 100 mil dólares de producción y aún con críticas flojísimas, recaudó millones y millones, y la imagen del oso atravesado por la maldad, pateando traseros y provocando hogueras a su paso, sigue dando la vuelta al planeta. Y así los productores descubrieron el filón de bañar en sangre la ternura y ya han comprado los derechos para hacer una truculencia remake de Peter Pan y, Dios mío, otra con Bambi.