Crónicas + Desinformadas

Tanto debate en torno a qué sucederá con esos papelitos que juntamos en el bolsillo con números y caras de gente heroica al que llamamos dinero, nos pone en la obligación de imaginar un futuro libre de estos billetes que se arrugan tanto y son tan proclives al afano y la salidera bancaria. 

Con la segunda ola de covid, ya bañándonos los pies, ¿qué tal si elaboramos una estrategia diferente para atravesar el tiempo muerto? Pues la primera oleada lo único que generó fue un sinfín de maratones de series, y fotografías de perros en sillones. ¿Por qué no proponerse que, por cada foto de bichito en planta, gato en balcón, o lo que sea, uno se comprometa a leer diez páginas de un libro? Con el ritmo al que crece la idiotez fotográfica, lo más probable es que la gente acabe libros en menos de una semana. 

Una vez cada tanto, mamá me envía videos de una reconocida actriz, bellísima en su tiempo, que hace años anda de tropiezo en tropiezo. Cuando uno piensa que no puede estar peor, piensa mal: puede estar aún peor, la pobre. A las adicciones se le sumaron enfermedades. Al deterioro de ese rostro de porcelana se le sumó el bastón. Y el buen pasar, quedó en miseria y desamparo.

Es un movimiento leve, liviano, sutil. Una vibración agradable en la lengua, entra un vientito por la boca. Puede suceder quieto, acostado. De pie. Sentado. Mirando el techo. Mirando la pared. Y no cuesta demasiado más que eso. Un bailecito del tobogán de carne que tenemos diente adentro. Y hace sentir bien esa descarga. Uno puede, de hecho, hablar para reafirmar que el desastre que es su vida, en verdad, sólo es a causa de los otros. Del mundo. De la pandemia. Del encierro. De Alberto. De mamá que nos destetó antes de tiempo. De las malas juntas.

Imagine todos los operarios y rubros que involucran la construcción de una casa, desde electricistas, a plomeros, gasistas, albañiles, arquitectos, y si hilamos más fino, diseñadores, decoradores de interior, pintores y demás. Ahora piense lo que hace falta para desmoronar toda esa edificación: un tipo con una grúa y una bola gigante de plomo. En cuestión de horas, el trabajo de meses, se reduce a polvo y escombros. Algo irreconocible.

“¿Venís con buena leche o con mala leche?”, me preguntó Gerardo Sofovich, de quien se cumplió esta semana seis años de su partida, una vez que le pedí entrevistarlo para Revista Noticias. Yo había escrito una columna falsamente elogiosa titulada “Apología de Sofovich”, y él la había leído con cierto disgusto. “Te iba a mandar una cartita documento, pero no quise hacerte difusión”, me diría más tarde. 

Esta semana veremos una de las consecuencias más radicales de la vida en pandemia: la vuelta de los chicos a la escuela. Porque, sin ánimos de ponernos paranoicos, ¿qué clases de chicos son los que regresarán? Sin dudas, no son los mismos que más de un año atrás cerraron el año. ¿Podrán esos chicos, en la mayoría de los casos, encapsulados 365 días en departamentos, conectados a la abducción tecnológica, prácticamente reclusos en su propia habitación, volver a ser lo que eran? No lo sé, ni nadie lo sabe. El protocolo de seguridad en las escuelas indica que la normalidad aún tardará un tiempo en llegar. 

Cada vez que escucho a alguien decir que va a seguir a su corazón, me agarro la cabeza, pues siento como si se tratara de seguir el consejo de un amigo tonto, que aún a los 50 años, cree en los reyes magos, sigue coleccionando muñequitos, celebra Halloween, y papá le mantiene la obra social. 

Si alguien tuvo tantas vidas y muertes como Charly o Maradona, ese, sin dudas, es el ex campeón Mike Tyson. Se recuperó de todo. De ser campeón histórico e imbatible. De ser adicto al sexo. Al alcohol. A las drogas. De ganar millones y gastarlos en una noche. De ir, acusado de abuso, a prisión. De perder todos los títulos y recuperarlos. Fue actor cómico. Conductor de entretenimientos. Fue invitado estelar de Marcelo y bailó no tan mal. 

No es para ponerse retros, pero hoy en día vivimos un avance imparable de peterpanía en sangre que lo afecta todo. ¿De qué se trata esto? Del síndrome de la eterna juventud, o, para decirlo más duramente, de vejetes que se niegan a reconocer que el tiempo ha pasado.