Crónicas + Desinformadas

Si hay algo que necesitamos más que el amor, la amistad, el amor de mamá y papá, o el pan nuestro de cada día, es tener rivales. Tener un enemigo. Tener alguien a quien plantar la semilla de nuestro enojo. Alguien, por así decirlo, a quien echar la culpa de todo lo mal que va el mundo. 

Si a usted es de los que les gusta el cielo límpido y cristalino, sin obstáculo que le impidan observar el celeste pasmoso del cielo, entonces buenas noticias. Ahora bien, si usted es de aquellos que ama las aves porque le recuerdan todo lo que es bello en este mundo, entonces malas nuevas.

El dato dice así: según un estudio en la Universidad Estatal de Nueva York, más del 90% del agua embotellada contiene microplásticos. Y si uno reutiliza la botella, o la calienta en el microondas, zas: se bebe todo ese río de plásticos minúsculos y pasan a formar parte de nuestro organismo. Nos convertimos, por decirlo así, en gente más del lado de la industria plástica que del reino humano.

Que nadie me malentienda: yo los quiero a los Kiss. O, mejor dicho, los quise en su momento, más de 30 años atrás cuando hasta tenía su álbum de figuritas. Me daban miedito e intriga. Sobre todo, Genne Simmons, el bajista, que tenía la lengua tan larga como un tobogán. Y había algo de sangre también metida. Y los otros eran hechizantes y misteriosos. Y había una leyenda tremebunda que consistía en pollitos aplastados por esas botas enormes que visten los Kiss. Y entonces, parecía así, todo era posible para ellos. Y uno se acercaba a su música como quien se acerca a un tigre: con una mezcla de admiración y pavor.

Es extraño ver gente. Ver las caras de la gente. Ver bocas finitas. Bocas gruesas. Bigotes de gente. Gente que sonríe. Gente con muecas tremebundas. Acostumbrados a la pandemia, y las mascarillas, nos habituamos a perder de vista que la gente no es sólo un recorte de ojos, pelo y mentón. Tanto tiempo buscando escudriñar si, detrás de la mascarilla la persona habla en serio o en joda, si está feliz o si la está pasando como el traste.

Se llama Rich Wilkerson Jr, y es una mezcla de Alan Faena con pastor evangelista. Pues, en definitiva, de eso trabaja Rick: es el pastor más célebre del momento. Dirige su propia iglesia en Miami –la multicultural Vous-, casó al músico Kany West con la modelo Kim Kardashian en un boda a todo trapo en Italia. Y ahora tiene su propio reality: “Rich in faith”. 

Con el futuro a la vuelta de la esquina, y las películas de sci fi encriptadas en los periódicos de cada día, vivir la proyección de lo que soñaron las mentes más creativas hace 30 años, no es tarea fácil. Sólo falta remplazar los colectivos de líneas por las naves espaciales, pero ya todo lo anuncia: lo que iba a venir es esto.

Ahora que se sabe que Taylor Hawkins, el baterista de Foo Fighters murió tras una falla cardíaca, con 10 sustancias distintas en sangre, y un corazón del doble de tamaño de lo normal, es que uno se pregunta: ¿cuántos rockeros deberán seguir muriendo hasta que les llegue el mensaje de que drogarse será divertidísimo pero, tarde o temprano, cambias la guitarra por el arpa y sanseacabó?

Se llaman drones MQ-9 Reaper. No son drones que filman paisajes. Ni partidos de fútbol. Son drones made in Estados Unidos. Y su propósito es otro: lanzan cuatro misiles a donde uno quiera con pasmosa precisión. Valen más de 100 millones de dólares cada uno. Y el presidente norteamericano Joe Biden, acaba de anunciar que enviará estos muñequitos del demonio a Ucrania para que los defiendan de la invasión rusa. 

El dato lo dice todo: desde hace cinco años que Europa no compraba tantas armas como ahora. Aumentó 19% las compras de armamento. Algunos señalan, entre sus motivaciones, la lógica amenaza de Rusia que puede, así como hizo en Ucrania, seguir pisoteando países vecinos. No importa lo que digan: el mundo se arma cada día más.