Crónicas + Desinformadas

Hemos visto estos días como el augurio tremebundo de que la humanidad puede extinguirse producto de su propia idiotez, cuando el cohete chino volvió a casa en lugar de flotar, por siempre, en la noche eterna del espacio. A Dios gracias, cayó en el océano Índico pero bien podría haber caído en la mismísima Bombonera.

Que Dios está en todas partes pero atiende sólo en capital, es una frase que nos han repetido hasta el cansancio, sin embargo, hay que decirlo de una vez por todas: teletrabajo mediante, Dios ya tiene sucursales por todos lados.

Tal como vienen las cosas, es de suponer que la esperanza del hombre esté lejos de este planeta. Nada para alarmarse. Al menos, no nosotros. Tal vez nuestros hijos. Seguramente, nuestros nietos. Ya hay robots que convierten el dióxido de carbono marciano en oxígeno y esto es una señal de augurio. De acuerdo al pronóstico de los científicos, primero habrá exploraciones varias. Luego, primeros colonizadores –burbujas tímidas con profesionales-. Entonces llegarán las primeras familias. Y más tarde, las primeras mascotas.

Que Susana Sontag, la gran ensayista, era puertas adentro una déspota. Que Michel Foucault era, en sus tiempos libres, un pederasta que viajaba a Túnez a dar rienda suelta a sus bajos instintos. Que Johnny Depp que parecía tan copado, es un alcohólico golpeador. Que Plácido Domingo, Dustin Hoffman y un sinfín de celebridades del arte y el cine fueron, una o varias veces, manos largas, abusadores, víctimas de su propia animalidad. Al ritmo que vamos de revisionismo de trapitos al sol, dentro de poco el mundo se quedará sin ídolos. 

Tanto debate en torno a qué sucederá con esos papelitos que juntamos en el bolsillo con números y caras de gente heroica al que llamamos dinero, nos pone en la obligación de imaginar un futuro libre de estos billetes que se arrugan tanto y son tan proclives al afano y la salidera bancaria. 

Con la segunda ola de covid, ya bañándonos los pies, ¿qué tal si elaboramos una estrategia diferente para atravesar el tiempo muerto? Pues la primera oleada lo único que generó fue un sinfín de maratones de series, y fotografías de perros en sillones. ¿Por qué no proponerse que, por cada foto de bichito en planta, gato en balcón, o lo que sea, uno se comprometa a leer diez páginas de un libro? Con el ritmo al que crece la idiotez fotográfica, lo más probable es que la gente acabe libros en menos de una semana. 

Una vez cada tanto, mamá me envía videos de una reconocida actriz, bellísima en su tiempo, que hace años anda de tropiezo en tropiezo. Cuando uno piensa que no puede estar peor, piensa mal: puede estar aún peor, la pobre. A las adicciones se le sumaron enfermedades. Al deterioro de ese rostro de porcelana se le sumó el bastón. Y el buen pasar, quedó en miseria y desamparo.

Es un movimiento leve, liviano, sutil. Una vibración agradable en la lengua, entra un vientito por la boca. Puede suceder quieto, acostado. De pie. Sentado. Mirando el techo. Mirando la pared. Y no cuesta demasiado más que eso. Un bailecito del tobogán de carne que tenemos diente adentro. Y hace sentir bien esa descarga. Uno puede, de hecho, hablar para reafirmar que el desastre que es su vida, en verdad, sólo es a causa de los otros. Del mundo. De la pandemia. Del encierro. De Alberto. De mamá que nos destetó antes de tiempo. De las malas juntas.

Imagine todos los operarios y rubros que involucran la construcción de una casa, desde electricistas, a plomeros, gasistas, albañiles, arquitectos, y si hilamos más fino, diseñadores, decoradores de interior, pintores y demás. Ahora piense lo que hace falta para desmoronar toda esa edificación: un tipo con una grúa y una bola gigante de plomo. En cuestión de horas, el trabajo de meses, se reduce a polvo y escombros. Algo irreconocible.

“¿Venís con buena leche o con mala leche?”, me preguntó Gerardo Sofovich, de quien se cumplió esta semana seis años de su partida, una vez que le pedí entrevistarlo para Revista Noticias. Yo había escrito una columna falsamente elogiosa titulada “Apología de Sofovich”, y él la había leído con cierto disgusto. “Te iba a mandar una cartita documento, pero no quise hacerte difusión”, me diría más tarde.