EL PROTAGÓNICO ABSOLUTO DE MICHAEL PHELPS EN CHINA
Con alma de rockstar 

Michael PhelpsPor: Julián Gorodischer. Cosas que llaman la atención de la natación en Beijing: 1. El show tiene su rock star. Hasta Gonzalo Bonadeo pierde ante él la compostura habitual; ya dijo que había ido a Beijing sólo para ver a Michael Phelps. No es un deportista clásico, y eso lo vuelve un  objeto ideal para la cacería de fotos de las japonesas que lo persiguen tanto como a David Beckham, en ese “Cubo de agua” (el estadio) que las convoca a admirar a su metrosexual made in USA, renovable cada temporada estival. 

2. Al menos en lo que al show televisivo respecta, la virtud de M. Phelps es su conciencia de cámara; parece como si le dedicara a la audiencia esa brazada demorada, su misteriosa naturaleza que lo adelanta del resto con menos agite de las extremidades, con un ritmo más cansino. Los primeros planos y la fascinante cámara acuática muestran el vuelo del superhéroe al ras del agua. Rápidamente se ha ganado su carácter mítico; sus entradas son precedidas por la frase “viene a batir las siete victorias de Mark Spitz en Munich 1972” a cargo de los relatores de TyC Sports y el 7. Phelps aparece siempre levemente extrañado; ni su postura ni sus gestos condicen con las estampas más tradicionales entre los nadadores destacados: no es el guerrero que choca el puño en el pecho izquierdo (frecuente entre los chinos), ni el narciso que con las antiparras espejadas no se digna a mirar a la lente ni el tierno que dedica besos palomita o saludos de palma abierta dedicados –seguramente- a contactos privados.

3. Phelps es dramáticamente intenso, y sumamente expresivo: recupera una gestualidad amplificada, a la que ayuda su mandíbula trabada, su mirada de psico killer; se lo ve siempre en un estado alterado, y es “espectacular” incluso en el vestuario, como cuando en los 200 metros libres estrenó un modelo y fue noticia (porque Phelps estrena vestuario para el debido comentario de la crítica especializada, que fetichizó hasta la manera en que se retira la bata desde dos segundos antes de que la cámara lo tome antes de la zambullida). Mientras el coro se entrega mayoritariamente al enterito negro (en Beijing ya no existe la vulgar y anacrónica “malla”). Ni las chicas ni los varones usan eso que se estilaba en una piscina sino que, lycreados de cuerpo entero, alimentan la sospecha sobre un eventual doping textil que facilitaría la compulsión a batir récords mundiales de natación. Pero en ese plan Phelps recarga el traje de estrellas, banderitas y rombos de colores que –fiel a su “metrosexualidad”- lo emparientan al catsuit de una bailarina.

4. Volviendo al doping textil: Bonadeo plantea lecturas suspicaces sobre el reparto de posibilidades entre potencias y países pobres: ¿es casual que la derrota y el empate sean el signo de la delegación argentina? Su prudente disenso nunca carga las tintas sobre malos arbitrajes (aunque sean evidentes al menos en el hockey) para no adherir al peor costado chauvinista de muchos relatores de fútbol que linchan al árbitro y al adversario-enemigo. Pero, puesto ante Michael Phelps, el mismísimo Bonadeo abandona por un rato la racionalidad de sus grillas, sus archivos, sus predicciones en base a estadísticas, para entregarse “a la bestia” –dice- con puro deleite ante un estilo, que lo lleva a preguntarse sobre “cómo es posible, cómo eso es humano”. 

5. Ante otros nadadores, casi pero no tan rápidos, todavía Bonadeo hace pública su lectura sobre la cantidad desproporcionada de récords que se baten a diario, y hasta se lo escucha cuestionar críticamente la evolución de una carrera de nado “hacia la motonáutica”, pero ante Phelps “cambia el aire” –como le gusta definir a las pausas en los partidos o las carreras-; se deja impresionar por una actuación de gran carisma; propone su silencio para que sea el desplazamiento de ese cuerpo el que hable, no él, como corresponde, quizá, a la Olimpíada de escenografías monumentales, ceremonias inaugurales que quieren “sorprender al mundo”. Beijing puede estar conforme porque encontró a su héroe representativo, no el que cae y se vuelve a levantar (como gustaba narrar el deporte a los norteamericanos) sino uno tan eficiente como el espectáculo que se pretende mostrar, todo el tiempo por encima “del record mundial” así de grandilocuente y predecible.

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