tres novelas

Por Adriana Amado - @Lady__AA Los destinos de los programas de televisión son insondables. Por estos días, muchos se andan preguntando por qué una novela turca de 2007, un culebrón que de tan clásico parece anticuado, resultó el hit del verano 2015. El éxito no es tan difícil de explicar si se entiende que justamente por clásico es algo conocido que, si además se presenta en un nuevo envase, tiene altas probabilidades de que nos guste a todos.

 

Quizás lo más incómodo es que puso en evidencia la distancia que hay entre lo que esperan los televidentes para un entretenimiento nocturno y los designios de los programadores. Que apenas a unas semanas de empezar hayan decidido cambiar el horario de “Las mil y una noches, confirma que se reconoció el error de estar emitiendo dos novelas el mismo día a la misma hora, como si hubiera audiencia de sobra en el verano. Pero ya sabemos que a los programadores les encanta ponernos ante el dilema de vos, ¿a quién querés más?, ¿a Telefé o canal 13?, ¿a la novela de Brasil o a la de Turquía? Y puestos a elegir, los televidentes elegimos.

Hay que decir que mucho de la preferencia por el cuento de amor turco estuvo condicionada por la realidad ambiente, que se puso demasiado hostil. Para colmo de males, la actualidad se filtra hasta en los programas de entretenimiento con lo que la televisión abierta no está brindando muchos espacios de sosiego. No es extraño que al final del día las audiencias o apaguen el televisor o busquen su grata compañía en el cable o por internet, que no impone tantas intromisiones. En un mundo con imprevistos tan devastadores la previsibilidad del cuento de Sherezade resulta un lugar seguro al que volver todas las noches.

Algo de esta necesidad de cerrar el día con una historia simple y predecible es la que atendió “Dulce amor” hace un par de años, que logró ser un éxito aun con menos calidad y despliegue que “Las mil y una noches”. Estas telenovelas se inscriben en la tradición del culebrón que cuenta la historia de amor desencontrado que, por regla del género, ya sabemos que va a terminar bien aunque los protagonistas enfrenten numerosas peripecias para demostrar que son merecedores del final feliz. Es más, deseamos que sean muchas, porque cuanto más sufran más va a durar la teleserie, y que sean los desencuentros de siempre. Nada le gusta más al televidente que jugar a que sabe lo que va a pasar en el próximo capítulo ¡y que finalmente pase!

Además de esta satisfacción, “Las mil y una noches” nos ofrece viñetas de Estambul y de las costumbres de sus vecinos, y de paso, nos cuenta algo del transplante de médula, como para cumplir con la función social del teleteatro. Todo lo suficientemente exótico para alejar la mente de las noticias cotidianas. La producción del Trece, “Noche y día”, tiene más policías que Telenoche, personajes poco gratos estos días para dejarlos entrar a casa. “Rastros de mentiras”, de Telefé, tiene un título que nos recuerda demasiado la actualidad política y un argumento de hijos con identidades sustraídas y ocultamientos que lo hacen todavía más pesado para estos tiempos. Demasiados restos diurnos como para llevarlos a la cama (después soñamos).

La novela del 13 no solo está goleando a la de Telefé sino que duplica en audiencia la que produce el propio canal, a pesar de que la producción local tuvo inicialmente el horario más conveniente. Esto confirma que los programas no dejan audiencia residual: la gente sabe cómo usar el control remoto y cuando encuentra algo que le interesa cambia de canal, desafiando la necedad de los programadores que actúan como los supermercadistas que ponen en punta de góndola lo que quieren vender y en el estante de abajo lo que andamos necesitando. Para peor, Telefé no se enteró de que en internet la libertad está al alcance de clic del ratón y supone que nos quedaremos viendo los cortes publicitarios con que interrumpe cada capítulo que ofrece en línea. Ni en la emisión televisiva molesta tanto con publicidad. Es raro que una empresa que pertenece a un holding que se dedica a las nuevas tecnologías siga pensando que el negocio de los medios está en tirarnos la publicidad por la cabeza. Deberían saber que nos están haciendo bastante difícil seguir su novela.

Por si falta alguna razón adicional para explicar el entusiasmo creciente por “Las mil y una noche”, hay que decir que resulta atrapante la ternura con que la telenovela trata los detalles cotidianos, que nos acercan mucho a esas mujeres con nombres impronunciables. Porque pueden incluir imágenes turísticas de un país de oriente, locaciones en restaurantes y edificios sofisticados, pero no se olvidan de un detalle conmovedor: cuando los personajes están en su casa andan en pantuflas. Esas mujeres que preparan comidas exóticas y se relacionan con los hombres llamándolos de don se nos parecen en que las estamos viendo con las mismas pantuflas puestas. No con esos tacos inverosímiles o plataformas imposibles con las que las novelas argentinas ponen los personajes femeninos a perseguir ladrones o pelear con la suegra.

Con este detallito del calzado, la novela turca nos dice sutilmente que capta la esencia de lo doméstico y su diferencia con el mundo exterior, el de las reglas masculinas. Los negocios llenos de trampas y la pasión sancionada moralmente, ocurren en tacos, en horario laboral. Los sentimientos y el amor genuino se confiesan en pantuflas y alrededor de la mesa familiar que tiene marcas de clase claras: ambientes inmensos pero creíbles para los ricos, salas pequeñas y bien de entrecasa para la clase trabajadora. A la bella Sherezade no se le mueve una ceja cuando abre la puerta de su casa y su galán la encuentra en pantalón de pijama y pantuflas de peluche. Eso solo la convierte en nuestra heroína.

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