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Por Adriana Amado - @Lady__AA La tele últimamente hace un esfuerzo para mostrar las clases populares. Para compensar el lugar de marginalidad que les suelen reservar los medios (nunca faltan cuando se trata de crímenes, mal vivir, violencia), ahora se ven muchos avisos de pobres felices con sus asignaciones sociales, con sus computadoras con logo oficial, con su jubilación mínima. En las noticias se ven pobres agitando banderas al paso de la autoridad, pobres mirando fuegos artificiales en alguna de las tantas efemérides patrias, pobres organizándose empeñosamente en sus barriadas, pobres mostrando ejemplarmente su emprendedorismo social. Las ficciones hacen un esfuerzo para mostrar a los pobres pero honrados, como mandaba Perón para las películas de los cincuenta. Se impulsa el día de los valores villeros desde despachos de funcionarios devenidos en grandes contribuyentes como síntesis de ese pobrismo que se concibe y edita en el Hollywood de Palermo.

Los reality shows tienen el gran mérito de haber llevado a la pantalla de manera descarnada personajes que no habían aparecido al natural en la televisión. Especialmente en su versión de talk shows, a los que acuden en busca de terapias colectivas y solución inmediata a sus problemas de exceso de peso o de falta de felicidad. Ahí es que la televisión paga la culpa de mostrar su ridículo prestando algún servicio de ubicación de un pariente perdido, recuperación de los estragos de los carbohidratos o de bienvenida del descarriado al reino universal del dios que atiende a medianoche en televisión. Pero es en los concursos de talento donde son imbatibles porque es en la historia de Susan Boyle o de David Bisbal donde quedan los jirones de la promesa de igualdad de oportunidades.

Master Chef, el concurso de cocina que terminó hace unos días por Telefé es un reality show que desde 2005 pasó por más de veinte países en el que aficionados se ponen a cumplir retos de cocineros de alta cocina. Por eso es un reality contest que atrae públicos acostumbrados al canal El Gourmet que por fin descubren las espontaneidades del género. El primer hit fue el del guiso que se mandó Oscar “Coto” Fernández, más conocido en las redes como “el gordo de Masterchef”. El #altoguiso, como lo presentó el participante, de inmediato fue Trending Topic y noticia que replicaron aun los medios más circunspectos, que festejaron la expresión como “una síntesis ilusoria entre pobreza, tradición y gourmetismo [sic] que era para sacarse el sombrero”. Efecto parecido generó Elba Rodríguez con sus platos de entrecasa, que finalmente terminaron consagrándola como ganadora por sobre la cocina gourmet y pretenciosa de Pablo. Hasta Evo Morales sucumbió al hechizo democratizador de la industria cultural. Que jurado, periodistas, público y embajador de Bolivia insistieran en su historia humilde, en exaltar hasta el mínimo progreso, en festejar hasta el exceso las ocurrencias de estos concursantes delata una condescendencia que resalta la diferencia que intenta disimular.

En su vuelta a la televisión Tinelli armó su elenco con primeras figuras del baile suponiendo que la receta ganadora era emular el éxito de Piquín pero se encontró con que lo que dispara el rating son las picardías de Titina y Aldemar y su parodia de la gente sencilla. Se encontró con que lo que emociona no es el drama conyugal de la princesa Mariana Antonialle sino el de la cenicienta Lizy Tagliani, la peluquera travesti que quiere ser estresha pero con la dignidad de los nadies. Entendiendo por dónde va la cosa, Marcelo insiste en hacerle recordar los orígenes humildes que ella viene hace años tratando de superar mientras lo hace cantar a Charango, un cantante tan pero tan pobre que no tiene ni para aprenderse las letras de los hits que berrea.

Tinelli presenta al prodigio de Firmat al grito de “No sabés cómo canta Charango”, “¡Es un maestro!”, “Este es el yerno que yo quiero. Nos vamos el verano a Punta del Este y me canta ‘ámame en carama [sic] lenta’ y me muero”. Y no se sabe bien si nos estamos riendo con Charango o de Charango. Como tampoco estamos seguros de qué premiamos cuando premiamos a Elba. Pero cuánto más tranquilos nos vamos a dormir cuando apagamos el televisor sintiendo que hicimos justicia social con el control remoto.

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