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Por Adriana Amado - @Lady__AA Los chorizos no son bife de lomo así como los programas basados en compilados de otros no son programas periodísticos, estrictamente hablando. La gente que come embutidos sabe que no se hacen con los mejores cortes de carne sino más bien con lo que sobra. Sabe también que no son muy saludables pero justifica su ingesta en que son deliciosos. A la audiencia que elige esos programas hechos de picadillo de los otros le pasa algo parecido: sabe que no son de lo mejor pero resultan tan jugosos y tan bien condimentarlos que resultan irresistibles. El problema no es la audiencia que acepta el juego sino esos otros que hablan de esos programas como si fueran algo más que una reunión de amontonados hablando de temas sobre los que no tienen una opinión formada. Hablan del choripán como si fuera comida gourmet.

TVR fue pionera en procesamiento intensivo de televisión usada y su productora se convirtió en una especialista en eso de presentar fragmentos de otros medios (porque como perro no come perro, nunca se editan a sí mismos) con el objetivo de convencer al televidente de lo indigestos que son esos trozos que arrojan en la pantalla. Es un embutido de medios pensado para destrozar a otros medios, que en su variante política incorporó la variante picadillo de carne humana. Total, casi nunca está en el piso la persona que está siendo despedazada en los compilados que presentan. Con lo que además de un género televisivo alientan una pauta de convivencia social bastante inquietante: critiquemos al otro, total el otro no está. ¿El otro, está?

De esa usina salió Seis siete ocho, que hizo un aporte al género al haber extendido la fecha de vencimiento del archivo y usar materia prima pasada, cuya podredumbre disimula con pedazos de la actualidad. Se trata de una edición picado fino, con pedazos tan diminutos que no permiten adivinar el origen de lo que se está masticando. Su productor, factótum de varios de los shows en pantalla, sabe que el secreto son los condimentos y que si no alcanza la sazón del editor, siempre está el panel, que sabe salpimentar como nadie los bofes más intragables.

Hace unos días, había argumentado que la tevé argentina no sale de tu etapa neotevé, esa que según Eco es endogámica y se ocupa solo de lo que pasa televisión adentro. Ejemplo de eso son las señales abiertas llenas de estos programas que con distinto grado de profundidad y diversidad de temáticas, se organizan alrededor de un panel que comenta compilados de temas de política, farándula, pero sobre todo de lo que hacen y dicen otros medios. Son claros exponentes del panelismo chorizo Bendita; Intratables; Duro de Domar; Seis siete ocho. En una versión más centrada en la tertulia del piso está Desayuno americano; Antes del mediodía; El diario de Mariana; 90 días o menos; Infama; Animales sueltos. Los fines de semana se agregan Implacables y Ponele la firma. Definitivamente, el panelismo es el producto televisivo de la década. Hace poco más que esos años que empezó el pionero Intrusos y verán que marcó un género televisivo que de la farándula salió a los personajes de la actualidad nacional.

Como la revolución avanza al paso del más lento, un efecto colateral del panelismo es que automáticamente todos adoptan el estilo del más lelo. Y si es un gritón, todos gritan. Si es un ordinario, todos terminan riéndose de chistes vulgares. Si es un extremista, todos van a ser más papistas que Francisco. Periodistas que se la dan de analistas críticos de medios y acusan con el índice el periodismo que hacen los otros, se prestan dóciles a convertirse en un comentarista de panel. Muy pocos puede salir indemnes de la ráfaga de lugares comunes que circula por esos programas.

No hay que confundir panelismo con periodismo. Algunos de estos programas intentan innovar con personajes fuera de agenda, producir algo más que refrito de lo que hicieron los otros programas, aportar algo parecido a información. El panelismo, en cambio, es crimen de irrelevancia en tentativa de opinión, agravado por el vínculo si el que lo comete es periodista. Quien deviene panelista de esos chorizos hechos de televisión acepta ser partícipe voluntario de una tertulia que ni siquiera tiene el atenuante de ser convocada cuando hay algo que decir. Es la compulsión a hablar y opinar porque hay que llenar una hora, hora y media a veces, todos los días. Es un encuentro de gente que se siente obligada a decir cosas brillantes en situaciones hostiles al pensamiento sagaz. Entonces si no les sale la ironía, se conforman con ser chistosos y si eso tampoco sale, se les da por la estudiantina de tomar de punto a alguno y practicar mobbing televisado.

Todo lo dicho no contradice el hecho de que esos programas sean de lo poco para ver en la televisión en estos días. Salvo las mega novelas extranjeras, los paneles-magazin son lo más interesante dentro de lo que hay. Son, además, una buena opción para pispear por dónde anda el sentido común más corriente. Nada delata mejor la chatura ambiente de esta época, las dificultades expresivas que nos deja la educación decadente, la irrelevancia de los grandes debates nacionales que esa gente que parlotea en los paneles. Nada mejor para conocer la Argentina que un rato de panelismo al día.

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