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master of sex y the hour

Por Adriana Amado - @Lady__AA Finalmente la grilla de canales tendrá el orden que suponen traerá enormes ventajas al sistema televisivo. Una buena medida, especialmente para los televisores que cambiaban de canal con una perilla. De chica tenía uno que sintonizaba mejor cuando se ubicaba diestramente el cambiador de canales en una zona intermedia, porque si lo dejabas donde caía el número empezaba a moverse la imagen en vertical. Esas eran épocas deportivas, cuando cambiar de canal demandaba decisión y coraje para levantarse y animarse a dar toda una vuelta a la manija. Esta es una generación entregada a la molicie, a la que hasta el control remoto programable parece un derroche de energía, al punto que se subleva sin culpa a los dictados de la programación para mirar televisión a la hora que se les antoja. Aunque de esa época de la tele blanco y negro me queda el gusto por los seriados que se van develando semana a semana, este verano me sumé a los indómitos que ven programas a demanda. Pero para no desentonar con el revisionismo televisivo que habla de grillas y de refundaciones televisivas elegí dos series ambientadas en los cincuenta, momento en que empezó esa televisión que desaparece aunque algunos piensen que se restituye a fuerza de buenas intenciones.

 

La facilidad del cable Premium de revisar los capítulos de las series en curso me hizo encontrar tarde, pero a tiempo, la primera temporada de Masters of sexen HBO, que combina de manera inesperada una promesa erótica con la biografía de un científico obsesivo y mal llevado. Qué experimentos científicos podrían calentar la pantalla sino aquellos que involucran seres humanos que aceptan ser cronometrados en sus actos carnales. Puede que la idea resulte tan incómoda como el título (prueben recomendarla a alguien que no sabe de qué se trata y verán) y que la reconstrucción de época remita irremediablemente a “Mad Men”. Pero los prejuicios, ya sabemos, son injustos. De hecho, se trata de décadas muy diferentes, y la vida del doctor William Masters en una universidad del medio oeste americano es obviamente menos glamorosa que las aventuras de Donald Draper en Madison Avenue y zonas de influencia. Pero la parte del dúo Masters & Johnson que se llama Virginia es mucho más excitante (y excitada) que la voluptuosa secretaria Joan y Betty, la exseñora de Draper, juntas. Y tiene los problemas de las dos al mismo tiempo (mujer emprendedora y sexualmente activa en el medio oeste americano). Mientras que Don apenas nos dejó el eslogan del Jaguar y la campaña del ketchup Heinz, la primera temporada de “Masters of sex” nos cuenta que fue ese el doctor que dio pruebas científicas de que el tamaño no importa y de que la mitad de las mujeres de su época fingían el orgasmo, si es que sabían de qué se trataba. Y nos deja pensando en cuánto cambiaron las cosas de entonces para acá de una manera más íntima que las reflexiones publicitarias.

Un poco más atrasada, internet me concedió las dos temporadas de The Hour, de la BBC, modelo de televisión pública si es que lo hay. Especialmente para esos que creen posible refundar esos medios que, como la serie muestra, se concibieron para el mundo de mediados del siglo pasado. La ambientación de época también es atractiva, pero tan diferente de las anteriores como lo es la televisión inglesa de la norteamericana. Como se trata de un programa de actualidades, el guión también se construye alrededor de sucesos trascendentes como la Guerra de Suez o la hazaña de la perrita Laika en la carrera espacial. Sin embargo, la universidad de Missouri de los doctores y el Londres de la posguerra de los periodistas coinciden en dedicar un capítulo a los simulacros de ataque nuclear. Solo que Freddie Lyon y su querida productora Bel son especies en extinción, como la televisión que hacían, aunque es de mucha utilidad ver en acción esos fósiles que solo aparecen en los manuales de periodismo.

Las dos series tienen impresionantes actores en roles de soporte, como Beau Bridges y Allison Janney (la secretaria de prensa en “The West Wing”), que interpretan el decano silenciosamente homosexual de la universidad de Masters y su desatendida esposa. O Dominic West (el policía rebelde de “The Wire”) que hace de Hector Madden, carismático presentador del programa inglés. Michael Sheen como el doctor Masters confirma que le van los personajes históricos como Tony Blair en “La reina” y en varias otras ocasiones, el periodista de “Frost contra Nixon” y mucho antes, el jovencísimo amante de “Wilde”. En esta ocasión, hasta le pone pelo a un señor que no lo tenía en absoluto.

Pero lo que resulta más instructivo en ambas series es ver cómo productoras tan distintas abordan personajes y temas históricos con libertad y sin perder ni un segundo la narrativa televisiva. Podría “The Hour” haberse tentado con hacer panfletismo de los tiempos fundacionales de la BBC. Podría “Masters of sex” caer en los anacronismos moralistas que ven para décadas atrás machismo o sexismo con los ojos de este siglo. Lo que es actual es el ritmo televisivo y la narrativa del entretenimiento, que sabe que por más histórico que sea el personaje la televisión necesita que sea redondo, con varias caras. Así es la esposa del doctor, dedicada pero manipuladora; o su discípulo, mujeriego pero formalísimo; o su secretaria, liberada sexualmente pero sensible al qué dirán. Es más claro en el caso de la serie inglesa que se ocupa de personajes que juegan sus cartas en la información: el operador del gobierno, el periodista romántico, el director del programa, la productora, el ministro, todos tienen miserias y encantos, canalladas y bondades. Parece que a la BBC no le incomoda mostrar cómo el jefe de prensa de los legisladores marca temas y enfoques en el programa estrella del canal, sin que por eso se menoscabe el periodismo sino intentando mostrar que la ficción es interesante cuando muestra la complejidad de las cosas y no cuando pretende darnos todo masticado. Es inevitable ver qué lejos de esta concepción de televisión de financiamiento público está ese intento grotesco que fue “El pacto”, miniserie que también pretendía mostrar el lado oculto de los medios en los setenta y terminó develando la intención aviesa de hacer propaganda del partido en gobierno con el dinero de un ministerio. Todavía no se terminaron de convencer de la torpeza de suponer que una grilla, una pauta, un programa puede conseguir que alguien consuma propaganda por televisión.

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