Por Adriana Amado - @adrianacatedraa Los eneros ya no son esos en que la pequeña burguesía disfrutaba de un veraneo prolongado en las afueras, lejos de la compañía de la tele. Sin embargo, la programación insiste en sacar casetes del freezer o repetir recetas viejas sin siquiera agregarle ingredientes frescos. Entonces dicen que “Operación Triunfo la banda” (OTB, en adelante, de Telefé) y “El artista del año” (EAA, El Trece) son reality shows y que no funcionan porque estamos cansados de esos programas. Pero no, no se parecen mucho a la variante más exitosa del género de realidad, el concurso de talentos.

Esta edición de OTB elige banda femenina, como hizo en su momento “Pop Stars” con Bandana. La preselección mostró veinteañeras, todas más o menos igualitas, más o menos flaquitas, más o menos pelilargas, cantandoFallin’”. Porque todas cantaban “Fallin’”. Todas decían que nacieron para estar en el escenario aunque su familia (o el jurado) no lo comprenda. Pero por más que pongan imágenes de padre emocionado o de Poroto, el perro que quedó en Chivilcoy, y que las chicas lloren, no pasa nada. En cuanto las escuchás cantar te das cuenta de que están sobrestimadas por los padres, por Poroto y por quienes decidieron que esas eran la mejores de las tres mil que se presentaron al castin (sí, ya tiene forma española de tantos cástines que hay).

Al programa EAA no le alcanza un cantante sino que busca algo tan amplio como un artisssta, así, dicho con más eses que las del título. Es indudable que se trata de una producción ambiciosa aunque el transcurso de los días muestra que ese rejunte de fórmulas de los reality shows que conocemos tiene dudosa eficacia. Se buscan los conflictos humanos sin el factor aislamiento que los provoca en “Gran Hermano”. Se presentan como jóvenes aspirantes a tipos con más carrera que el Hipódromo de Palermo. Se ponen a competir a los artistas en pruebas que parecen ir armándose sobre la marcha, sin compartirnos las reglas con lo que se nos hace difícil a los televidentes saber quién gana (es cuándo nos preguntamos con @lachicasabrina: “a ke numero lo llamamo los ke keremon ke se balla los 3,mariana??????”). Para colmo, se viste a la conductora como para los Grammy’s pero a los participantes se los pone en situación de Music Hall con los trapitos que trajeron de casa. No nos dejan un resquicio para colar las ilusiones.

El jurado tampoco colabora. Las dificultades idiomáticas de los caballeros de OTB no son poca cosa. Uno habla un portuñol fantáschico y otro español con una fluidez que le permite decir como si nada “ambas dos” y “ambas tres” con lo que nos deja dudas si distingue entre un dúo y un trío. En EAA los llaman tutores aunque los consejos se concentran en pedir a los participantes que no sobreactúen, cosa difícil de cumplir cuando ellos mismos y los conductores exageran gestualidad, entusiasmo, simpatía. Diego Scott (@diegoscott) observó perspicazmente que peor que los problemas de sonido en un programa que tiene por eje el canto, es la dureza de corazón de los jurados. Ni Nacha Guevara, nuestra diputada testimonial; ni Nicolás Repetto, impulsor nacional del concurso del corcho, muestran sensibilidad, dureza, compasión, o el sentimiento que revele que tienen un sentimiento. Justo, justo lo que vamos a buscar en los reality shows.

Como no se cansa de decir Marcos Gorbán (@MGorban), productor del género en toda Latinoamérica, el problema de estos programas de realidad es que dejaron de convocar a gente que se parece a los espectadores para llenarse de los que se quieren hacer famosos con un golpe de cámara. Parte de nuestro asombro era ver cómo alguien que ni soñaba con cambiar su vida, tenía un instante para lograrlo. Ahora nos pasmamos al presenciar la obstinación de alguien sin talento tratando de compensarlo con fama repentina. Gorbán en su libro Nominados dice que vio el cambio en “Gran Hermano 2007”, donde los aspirantes ya eran conscientes “del rebote mediático que da un programa de estas características cuando tiene éxito”. De ahí para aquí, los elegidos son todos modelitos estandarizados que saben más de generar polémicas de programas de chimentos que transmitir emociones por sus historias de vida. A una semana de entrar, los chicos de EAA ya hablaban con las frases que usan los participantes de “Gran Hermano” después de dos meses de encierro y se hacían los indignados cuando a la producción les mandó una participante que tomó el asunto como parte de su aventura de venirse de Alemania a cantar a la gorra. La prueba de que el clima de la casa es demasiado artificial es que la única criatura un poco cristalina pidió salir a las veinte horas a pesar de la insistencia de Mariana, Diego y Ronnie que entendían que se les iba la única espontaneidad de la temporada.

Soy fanática de los concursos de talento, al punto que soy capaz de suspender todo para ver en diferido la final de “The X Factor” y de llorar sin disimulo con el esfuerzo de los finalistas de “American Idol”. Incluso recuerdo con nostalgia ese verano de 2007 donde Marianela Mirra y Diego Leonardi nos cautivaban rascándose el ombligo en la pileta de Gran Hermano. Con sus historias crearon un momento de gloria del programa de realidad local, que apenas pudo remontarse con “Talento argentino”.

Queda lejos un estadio Vélez desbordando de fanatiquitas que buscaban “La noche de tus sueños” para escaparse con Bandana y Mambrú del agobiante 2002. Esta década nos enseñó que no alcanza la potencia de la industria cultural para inventar un éxito. En una nota de entonces, Osvaldo Bazán escribía: “El grupo de las chicas vendió 180 mil ejemplares de su primer disco y 130 mil del segundo, “Noche”. Llenaron 75 veces el Gran Rex (ningún músico, nunca, consiguió eso), ganaron el premio revelación MTV, hicieron una gira exitosa por todo el país y ya tentaron al mercado chileno, el uruguayo y el español. Los Mambrú vendieron 20 mil discos en un día, andan ya por los 80 mil, llenaron 7 veces el Gran Rex y ahora, con sus primos, acaban de llenar dos veces el estadote Vélez. Lo fácil es decir que son un invento. Que la industria todo lo puede.” (@osvaldobazan). Y no, no puede. Estamos viendo que una cosa es armar un programa, un grupo, un concurso, y otra que algo de eso nos guste.

Estos chicos que actúan de reales no llegan a despertar esas sensaciones que confirman que los espectadores somos lo más importante en los programas de realidad. Porque, estimados comentaristas del espectáculo, no es que estemos cansados de los reality shows: ¿cómo vamos a cansarnos de emocionarnos genuinamente? Vimos ciento diecisiete millones de veces ese instante en que una gris empleada llegó convertirse, sin premeditación, en Susan Boyle. Nos cansa que supongan que no distinguimos una emoción de una mueca. Por suerte, tempranito lo tenemos a Marley que entiende bien eso de que los televidentes disfrutamos de vernos en la pantalla. Y comprende que lo máximo que nuestra atención puede dedicarle a las proezas de seres humanos corrientes es un minuto.

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