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GH Y LA TELE 2012/
Los montoneros menos pensados

GH 2012 y soñando por cantar/Por: Adriana Amado. Acaba de finalizar el “Gran Hermano” (GH) más extenso de todas las ediciones que se hicieran en Argentina. También uno de los que menos audiencia consiguió. Prometía el premio del millón, como Marley, pero los aspirantes no generaron tanta identificación como los que cada noche embocan bolitas en los más variados orificios. Pero claro, una cosa es dedicar un “Minuto para ganar” o, a lo sumo, diez por participante (o trece, si es que su impericia le consume las “vidas”). Y otra es pasar 164 días viendo unos chicos de entrecasa, haciendo transcurrir el tiempo con la intensidad de los paramecios. Por lo menos, los de Marley logran sacarte una emoción los últimos veinte segundos de cada juego.

Cuando ya daba el espectáculo por perdido, me llamó la atención que algunos competidores de GH 2012 quisieron darle a la competencia cierto espíritu de época. Y fieles al revisionismo histórico tan en boga, decidieron bautizarse  “los montoneros” (o "¿montonegros?") sin que se entienda muy bien qué les inspiraba la denominación. Como rasgo saliente, se trató de un grupete de jovencitos estrenando veinte años que ponían su expectativa en la única mujer del grupo. Que siendo además la mayor y mucho más madura que los varones, asumió a pleno su rol de líder y conductora. Un carilindo que vino del Tucumán con la ilusión de pasar de chofer a actor, no escatimó en metáfora cuando le dijo a Walkiria que se iba a “convertir en la Evita que iba a llevar a su pueblo adelante”. Así no más lo declaró. Y ella, rubia bonaerense de armas tomar, disfrutó el triunfo al grito de “¡Estoy feliz por todos los montoneros!”. Tan enfocada estaba en la victoria de su frente que bramaba en la final para que la votaran a ella, obviando las clásicas escenas de manos entrelazadas y aliento recíproco  que eran un clásico de otras ediciones (no olvidemos que las valquirias de la mitología escandinava designaban los héroes que tenían que morir en los combates). La cuestión es que la final fue copada por “los montoneros”, que llegaron al triunfo jactándose de ir eliminando a la oposición en las sucesivas votaciones (aunque, hay que decirlo, fue más por cansancio de los eliminados que por talento del grupo para camándulas). Pero la cosa es que ganaron, como muestran los votos, que no te dejan mentir.

Marcos Gorbán acaba de publicar su libro Nominados, una bitácora de sus días como productor general del programa en sus mejores momentos. Ahí plantea que la diferencia entre las primeras ediciones y estas que vemos es que ahora entran para ser conocidos en televisión. O sea, que en las primeras entraban personas a contar su vida, en cambio ahora tratan de salir como personaje aprovechando la fugaz celebridad que obtienen en el show. Y en esta edición, en lugar de desmentir que hicieron un castin más apropiado para Infama que para GH, la producción va y premia a la joven ambiciosa y pendenciera que salió segunda con la meta máxima a la que aspira el mediático: ser panelista de un programa de variedades del canal.

Zygmunt Bauman analizó con perspicacia el fenómeno de los programas de realidad y concluyó que  GH condensaba mejor que ninguno la moraleja contemporánea del descarte inexorable (cada semana un participante se debe ir sin que su eliminación se deba a razones de estricto mérito). En su libro Miedo líquido dice que “Los cuentos morales de nuestro tiempo nos dicen que los golpes nos alcanzan aleatoriamente, sin necesidad de un motivo ni una explicación. Nos dicen también que apenas existe relación alguna (si es que existe) entre lo que los hombres y las mujeres hacen y lo que les sucede, y que poco o nada pueden hacer para garantizar que ese sufrimiento sea evitado”.

Esto que Bauman decía para los participantes y sus audiencias se vuelve aplicable al show. Nominados nos explica que los factores de éxito y de fracaso de las sucesivas emisiones no se derivaban del plan trazado. El público no respondía de manera directamente proporcional al esfuerzo desplegado por la producción, ni los participantes se comportaban como parecía en el castin que iban a hacerlo. Contrariamente a los que creen que GH es un programa de manipulación de voluntades, es uno de los espectáculos más escurridizos, al punto que dice Gorbán que, en el reality, “cuanto más interviene el productor, menos interesante se vuelve”. Telefé lanzó apresuradamente GH2012 quizás con la expectativa de de salvar un año que no le fue favorable. Pero no pudo romper el maleficio de 2011. El programa que requiere más producción, cámaras, editores, prensa que cualquiera, que ofreció sexo de movida, resultó menos efectivo que Virginia Lago y sus bibelots presentando películas en VHS.

Marianela Mirra en la gloriosa edición 2007 se convirtió en la gran hermana cuando empezó a recibir la hostilidad de su entorno. Este año, la audiencia de Buenos Aires consagró a Tomás Yankelevich como el gran hijo cuando revirtió un año entero de titulares que lo señalaban como perdedor irremontable. Ahí es donde la vida real, como decía Bauman, se comporta de la manera imprevisible de los reality shows. Cuando hablábamos de la muerte de la televisión en mano de las nuevas tecnologías, de pronto la programación revivió éxitos viejos y la audiencia consagra remedos que atrasan varias décadas. ¿Qué es, si no, Mariano Iúdica  sino la resurrección de Roberto Galán en “Soñando por cantar”? El último viernes, el show de los setenta duplicó en audiencia la gran final del programa del siglo XXI. Y no por falta de carisma y resistencia de Mariano Peluffo, remador profesional, injustamente ignorado por el Martín Fierro a la conducción, como se encarga de recordarnos Gorbán al final de su libro. Es que en un mundo de zozobras y de revoluciones semanales, más que nunca necesitamos esta tele que nos ofrece las certezas de lo conocido.

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