CAÍN & ABEL
Se pusieron serios

Caín & AbelPor: Adriana Amado. Parece que ahora la telenovela tiene que ser seria, testimonial, “de hondo contenido humano”. Y por lo que se ve, esto significa que solo somos seres humanos en el dramón escatológico. Justo en un momento en que las audiencias dan claras señales de que necesitan distenderse, de que cuando tienen que elegir entre disputa política y charla cordial de living, entre película repetida y fútbol dominical, entre programa comprometido y momento de distracción, eligen siempre lo segundo, los productores van y se ponen graves. Justo en el momento en que andábamos con ganas de un novelón de esos, como “Resistiré”, y no las parodias de novelas del Trece. Que a pesar de no tener la calidad que merecerían, ganan en rating justamente porque no hay nadie que le ponga el pecho con una novela como Migré manda.

Las telenovelas, como las películas de acción, tienen su receta. El placer del espectador justamente reside en ir adivinando la trama, que siempre es más o menos la misma. Alcanza con que, cada tanto, un giro imprevisto nos sorprenda. La novela cotidiana debe ser, además, un poco reiterativa, porque como los espectadores van y vienen, tiene que recordarle al desprevenido o al que se suma en cualquier capítulo, lo que está pasando. Buena parte del éxito de una tira diaria está dada por respetar este canon.

Pero “Caín y Abel” honran su estigma bíblico y cometen varios pecados mortales al catecismo de la novela. El primero y principal es que se ve que les parece poco ser telenovela y se quieren hacer la miniserie. Entonces, se ponen densos, abordan temas de candente actualidad, justamente en un género cuya virtud es que nos aleja de la misma. Y todos sufren, todos declaman maldiciones, todos quieren ser malos a la vez, cuando sabemos que en las novelas alcanza con uno solo que sea malo (ése sí: remalísimo/a). Encima, hay un montón de personajes acuciados con tremendos problemas tales como brotes psicóticos, impulsos sexuales irrefrenables, o ¡amenazas diarreicas! Hubo un capítulo en que apareció uno atrás del otro, justo cuando estaba por tomarme un tecito con miel. Una porquería. Pero lo peor de todo es que no entiendo nada. Buenísima producción, buenísimos actores, pero una semana dedicada al programa y no tengo idea de por qué la familia Vedia sufre tanto. Para colmo la publicidad amenaza que esta semana “Empiezan a salir a la luz los conflictos entre ellos”. ¿Más? No creo poder soportarlo. A ver si después sueño.

Para Pablo Sirvén “El virus de la violencia avanza en la TV”, y parece que ha tomado además de las novelas, los noticieros, los programas políticos, y hasta los comentarios de los bloggers. Pero en cualquier caso, como él mismo se pregunta, “¿todo tiene que ser tan atroz?”. El único consuelo que nos queda es que ninguno de estos productos tiene una aceptación multitudinaria. Apenas si son elegidos como ese menú de fonda, que viene en fotocopia escrita a mano y metida en un folio engrasado. Una porquería, pero es lo que hay.

Cuando de casualidad (porque está claro que la televisión y sus productores están en otra cosa) se cuelan en la pantalla esos personajes cándidos, bonachones, de esos que invitaríamos para el asado del domingo, y la gente va y se engancha. Tinelli es el que más o menos lo entiende y cuando puede habilita a la Mole, al morocho de Zaire, o al que se cruce para descomprimir tanta tensión de ese jurado y participantes que compraron eso de que al televidente le gusta el conflicto. Pero por suerte aparece la novela primaveral de Paula y Peter, apta para todo público, y desaparecen los figurones de escena. Por ahí ése es el secreto del éxito de hoy del Trece, que sin proponérselo, encontró la forma de descomprimir tanta tensión en la pantalla. Porque te pasa hasta con “Malparida”, que cada tanto arranca una carcajada, sobre todo con las actuaciones de su protagonista.

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