EN MEMORIA DE GARY COLEMAN
Un osito de peluche de New York

POSTER DE LA ÉPOCAPor: Julián Gorodischer.  El niño prodigio lo pagaba caro: la nefritis lo estancó en los 1,42 metros; fue sometido a dos trasplantes y a diálisis de por vida, hasta cuatro veces por día; llegó a hacerle juicio a sus padres por haberle expropiado su ganancia por el protagónico de la serie Blanco y negro. ¡Blanco y negro!

Cuantas infancias marcadas por la interacción racial previa a la corrección política, con dos negritos bendecidos por un blanco millonario. La bonanza de los negros nunca dejó de presentarse como un privilegio; los negros fueron bendecidos por el blanco, y gracias a ese blanco pudieron resistir con dinero al acoso del profesor y el policía que los marginaron. Gary Coleman fue el colmo del prodigio: super adulto en envase extra chico, estereotipo de la gracia infantil. Murió hace menos de un mes por una hemorragia cerebral producto de un golpe en la cabeza.

Durante los ocho años de emisión de una pionera sitcom, el memorable Arnold fue visto por millones de televidentes en todo el mundo: fue emblema naïf de la década de los 80, la esperanza negra recargada de muletillas y sentencias fijas. En un modelo anterior, ya relevado, el humor televisivo era insistencia, regodeo, circularidad en un parlamento o gag. Se escuchaba como por primera vez en cada capítulo: "¿De qué estás hablando, Willis? ("what'chu talkin' 'bout, Willis?"). El momento esperado se llenaba de previsibilidad, no había intriga. La trama era siempre igual (desarrollo y resolución de un episodio de discriminación módica –a cargo de Philip Drummond, el benefactor). Coleman fue una figura popular, llegando a tener su propio show producido por Hanna-Barbera, The Gary Coleman Show (1982).

El éxito era representado por un enano de rasgos infantiles, “un muñequito”. Payasadas y mohínes que se extendían más allá de los 20 como si siguiera siendo un chico.  Por su enfermedad, su aspecto aniñado no cambiaba. Se dice que llegó a ganar 18 millones de dólares. La guerra estalló puertas adentro. “No porque tengan el título de padres pueden negar el hecho de que pueden ser ladrones. Si robás, tenés que pagar o vas a la cárcel, no importa cuál sea tu título. No importa si sos dios, presidente, padre, hermano, amigo, pariente. Punto final. No hay distinción para mí”, dijo en un reportaje reciente, todavía trabado en “la traición”, tan distintos los “negros” de la vida real a la candidez y hombría de bien del blanco Drummond, un conservador benéfico y justo que ayudó a cimentar el imaginario Bush.

VH1 lo eligió como “la más grande estrella infantil”. Todo era indignante para el ex niño prodigio luchando para superar el trauma del éxito. Ahí está su última estampa de amargado donde el enano ya perdió toda reminiscencia infantil y se convirtió, por fin, en el monstruo, “perdiendo el favor del público” –la prensa dijo-. Ya las arrugas hacían imposible al niño, ya las mejillas caídas daban menos para el pellizcón de una viejita que para la compasión ante el enfermo del riñón.

Con la adultez definitiva, colmó la caída estrepitosa –alla Hollywood-. La industria releva cada tanto las historias de ángeles caídos, y cuando llega un pez gordo de las características de Coleman, suenan los clarines, se encienden los E! Thrue Hollywood Story, vibran las pantallas ante el excéntrico enano ya no reblandecido bajo las luces del show. Ahora era enjuiciado por pegarle a una mujer que osó pedir un autógrafo. Y fue detenido por no haberse presentado ante un juez en un antiguo caso de violencia doméstica.

La verdad, nunca me interesó ser leyenda ni una celebridad. Soy mortal", dijo hace poco. Y el 28 de mayo que pasó, por una hemorragia intracraneal luego de una caída un poco estúpida, se murió.

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