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LA POLÍTICA DE LOS GESTOS EN EL OFICIALISMO
El ministro posmoderno

Amado BoudouPor: Julián Gorodischer.   El “ministro posmoderno” –como lo apodó Matías Martin- o “Boudou Lounge” –como lo catapultaron en Duro de domar- circula por los paneles de la TV con look decontracté: corbata floja, saco abierto y mucho esfuerzo en aflojar el tono de la política, toda una novedad para la “cartera”, en la que ni el pibe Lousteau llegó tan lejos. Toca la guitarra, lleva a pasear “en vivo” a su novia Agustina Kampfer y repone varias veces el inicio de una relación apasionada que, sin llegar a tapa, puede ocupar la página doble central de una revista de farándula de las baratas. “Agustina me mandó un mensajito.” Así empezó todo.

-¿Un mensajito?- pregunta Matías Martin.

-Sí, era un mensajito invitándome a una fiesta de periodistas.

-¡Cómo estás sufriendo!

La risa es sostenida pero transmite espontaneidad. No es una carcajada impostada ni la mueca de Guasón, es constante pero se intercala con respuestas serias y conceptualizaciones documentadas. El ministro posmoderno intercala “la joda” con sentencias: “Con el megacanje sufrieron todos los argentinos, con esto sufro yo solo”. El jodón se legitima solamente si se pone “del lado de la gente”, si integra el colectivo de la masa. La antigua figura del “policía de las finanzas”, la encarnación histórica del ajuste, allí donde cada gobierno encontraba su chivo, se transforma en un simpático verosímil que busca, como sea, la empatía con un espectador masivo.

El ministro posmoderno fiscaliza el pasado, revisa el archivo en frecuentes visitas a los paneles de Diego Gvirtz y suele bajar al barro de la pelea mediática: “Yo le creo que está preocupado, pero no supieron cómo hacerlo. 40 millones de argentinos se tienen que hacer cargo de su gestión (a Gerardo Morales, ex viceministro de Desarrollo Social de De la Rúa). Y eso es trágico. Usted puede sentado ahí muy cómodo decir ‘yo me hago cargo’ y los 40 millones de argentinos, del otro lado, también NOS hacemos cargo”.

El posmoderno se “hace amigo”. Es caliente, pasional, pulsional, nunca frío, nunca meramente datero. Toda una ruptura para el cargo. Si es necesario, responde de igual a igual, se quita retóricamente los fueros. “Cada uno sabrá qué quiere probar y qué no, y por qué es un nabo y por qué no. Si no es fascista, es fasero, qué se yo” (a Caparrós, luego de que lo definiera como un nabo por decir no haber probado marihuana). “Ni vale la pena. ¿Hay que probar todo? Yo no creo que haya que probar todo. No es todo lo mismo, y hay muchas familias luchando contra el problema de las adicciones. Podrá ser muy canchero pero para mucha gente es mucho dolor. Tiene que ser más serio, sobre todo en un medio público”.

La condición de legitimidad del jodón, eso que lo hace amable y entrador para la teleplatea, es ser levemente colérico: un calentón inofensivo. Sus apariciones mechan la guitarra y a Agustina con mucho archivo que saca a colación en el momento justo. “Así que está bueno decirnos las cosas porque sin duda va a ser constructivo hacia delante. Cuando a usted le tocó gestionar a los salarios docentes les sacó el 13 por ciento”, le dice a Morales. El presente requiere una sequedad que da prueba del compromiso, su responsabilidad en el cargo. El pasado se revisa con otro tono.

Matías Martin: “De la Rúa nunca se puso en pedo en su vida”

Ministro posmoderno: “Que se joda”.

Finalmente, la videopolítica (la política de los gestos) desembarcó en el kirchnerismo, que se resistía a la complicidad con la cámara, hasta aquí más funcional a formatos envejecidos como la cadena nacional que a las formas frecuentadas por el prime time: el ping pong de respuestas ultra breves, la pelea con mediáticos de turno, la entrevista a cargo de un panel jocoso. Las encarnaciones del show gestual, histriónico, aceptan mutaciones según el signo partidario. En Macri y De Narváez, se encarnó el reggaetón, la visita al estudio de Tinelli, el show performático (anuncios de campaña teatralizados), la invasión atroz del amarillo en cada rincón porteño.

En el kirchnerismo, el show de los gestos encuentra su espécimen más eficaz (carismático) en Boudou, con sus particularidades: apariciones de sentado (esto es una limitación: el desplazamiento se lleva mejor con un espíritu descontracturado), igualación al ciudadano medio, descenso a la contienda con cualquiera que lo aluda y –lo verdaderamente trascendente o nuevo- las presentaciones conjuntas con Agustina, con la que acepta reconstruir el inicio del romance tantas veces como se lo pidan. La noticia del corazón en el ejercicio del poder es toda una novedad postmenemista: transferencia inmediata con la masa, digna medición de imagen pública. Encima le dice a Matías Martin, revisándose el bolsillo en vivo: “No tengo plata en la billetera. No tengo billetera”. Risas, aplausos….

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