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VIAJANDO POR EL MUNDO CON RICARDO FORT
El poder del dinero

Ricardo FortPor: Julián Gorodischer.  ¡Ah, el dinero! Violeta Lo Re, presentada como la ex mujer de Ricardo, dice que aquel día estaba en su casa, pensando en salir a tomar unos mates al patio, y Ricardo llamó por teléfono y le cambió la suerte: “Te venís a Roma”. “Estoy acá gracias a Ricardo”, dice, como ya reconocieron sus compañeros de viaje, en el remate del solo ante cámara. Fue la única escala en que, en Reality Fort, se incluyó a una mujer. El resto de los episodios se acota al extraño harén de musculosos sometidos a Ricardo. Pero ahora estamos en Roma:

Ricardo vuelve sobre las supersticiones y los mitos, y se dirige a cámara con afán pedagógico: “Hay que tirar una moneda y pedir un deseo” (en la Fontana di Trevi). Ah, tener plata y verlo todo por primera vez. Ah, el derroche de lo acumulado en un tiempo productivo al que sólo se recuerda por sus hijos díscolos. La masa se emociona: hay plata. Plata heredada, la cuenta regresiva, el eco, el testimonio de lo pujante que era la Argentina. Ah, tirar la casa por la ventana. Y empezar a fantasear con verle la derrota: ¿cuándo se acaba? La condición del ídolo es anticipar la caída en su fase esplendorosa.

Y baila Ricardo, baila permanentemente con su característico quiebre de codo, dedito en alto a la moda electro funk, invariable musculosa blanca para hacer lucir las veintitantas operaciones estéticas y el paquete de Marlboro Light como objeto transicional. El clan no tradicional se compone de una cohorte de “modelos” con la que gira sin saberse nunca para qué, con qué fin que no sea probar in situ los circuitos del lujo, así deambulan por Roma, Ibiza, Miami, extemporáneos, afines a otros momentos de la patria: “el Déme 2”/ “la Pizza con champán”. El boom, el rating, surgen de que este baile es sobre la terraza del Titanic, en medio de la contracción, del repliegue. Ahí se vuelve osado Ricardo.

Vuelven los clichés del menemismo: guardaespaldas, ostentación de interiores lujosos, estampado animal print. Vuelven las figuras familiares que se habían fugado de los medios en pos de familias inocentes, de pareja y vástagos.

Esto es raro: un tour de sólo hombres siempre medio en bolas, pero enfáticamente negadores de cualquier amague de afectividad o deseo. Ricardo despliega todos los hábitos y gustos del imaginario marica: la interpretación melodramática de canciones de Valeria Lynch, la obsesión por el dance, el ataque de nervios inmotivado, repentino, insistente, la egomanía y la autorreferencialidad. No hay blanqueo: la recurrente mención a novias o “chicas” que le gustan lo integra, normaliza, habilita la participación en el programa de Tinelli.

Y después llega el clímax del exabrupto, donde la plata se regodea en su mito de oscuridad, donde Ricardo se suelta al maltrato y la dominación con una desvergüenza tan grande, tan falto de pudor, que es imposible no leerlo como parodia involuntaria de sí mismo, del estereotipo del “patrón”, y entonces dice: “Estoy cansado”. Y: “Este hotel es una cagada. Ni siquiera tiene secador de pelo. Tengo hambre encima”.

Se pierde el filtro, o se actúa tan insistentemente el clasismo, que da la sensación de ver por primera vez un reality show, esa promesa que por fin no defraudada de hacer visible una estructura real del funcionamiento social, de ver –como si no existieran mediaciones: efecto de sentido- el modo en que funciona un statu quo, un orden productivo, el mundo del trabajo. “No, no, no, el señor es mi Seguridad –corrige Ricardo al mozo, que sirve primero al asalariado-. Hasta que no tenga mi comida el señor no come”. Jarana general, viva el rey, aguante Richard, como lo viva recurrentemente el ladero más fiel, destacado ante Tinelli –en boca de Ricardo- como “actor, no modelo”, y habilitado por eso a no quitarse la remera durante un desfile de bellezas masculinas.

“Este viaje lo hice –comunica Richard a la plebe de maltratados, esos a los que les vació un vaso de agua helada en el pecho en aquel sauna de Bariloche, a los que despertó varias veces durante una noche para intercambiar habitaciones (tenía calor, luego le faltaba espacio)- para que dejen de levantarse minas feas en los boliches de Buenos Aires y vean lo que es Europa”.

El estallido de Richard es clímax de cada capítulo. “Uno que se mueva sin mi permiso lo vuelo esta misma noche para Buenos Aires –todos mudos-. ¡Acá los traje yo, estoy pagando todo yo, y van a hacer lo que yo quiera! ¿Entendido?”. Sí, Ricardo. Estamos en tus manos, mostranos la buena vida a los que nos quedamos provincianos, hacenos viajar por el mundo con tu familia hecha de bíceps y de pectorales.

Funciona por contraste en el contexto empobrecido, nos rescata de la falsa corrección, de la impostación de otras guerras fingidas de famosos. Ni Donald Trump fue tan explícito (en El aprendiz). Si está actuando, es verosímil. Y hay algo del orden de lo verdadero - representativo en cada despliegue indiscriminado de prejuicios de clase, abusos y ostentación.

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