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ASCENSO ESTELAR DE JANUARY JONES
Ama de casa refundada

Betty DraperPor: Julián Gorodischer.  Los ídolos de esta temporada son Don y Betty Draper, o Jon Hamm y January Jones. Están generando, en los Estados Unidos, un fenómeno que The New York Times llegó a comparar con la irrupción de Los Soprano. El matrimonio más deseable, intrigante, engañoso, tramposo, obsesivo de la serie Mad Men está logrando algunas cosas insólitas: en la tierra en la que nació la tabacofobia, por ejemplo, donde los juicios a las tabacaleras consumaron una reparación histórica, Mad Men volvió a poner el fumar de moda, literalmente en recientes producciones de moda de GQ y Vanity Fair inspiradas en el estilo de la ficción. Y además devolvió al escaparate de gran tienda al traje de tres piezas, como lucían en los ’60 los publicistas de la Madison Avenue, y por si fuera poco consumó lo que parecía imposible en el ámbito de una serie profesional (desde Grey’s Anatomy a CSI): confianza en las psicologías complejas.

Y ahí está January Jones (Betty Draper) simultáneamente madre y niña; es la rubia elegida por Vanity Fair como una de las norteamericanas “más calientes”, tapa de GQ, merecedora del rótulo de “ama de casa más perturbadora de la historia” de la pantalla chica, a años luz de las Amas de casa desesperadas. Su rebelión no se trata de un vulgar engaño conyugal, de una trampa; es un diseño de histérica seguramente emparentada con la escindida Belle de Jour, una que le confiesa al marido no poder apartar en todo el día de su mente la pasión que él le genera, una que devuelve al imaginario de la masa a la esposa deseante, pero que a la vez se retacea. Con el correr de los capítulos pierde el aire angelical, reclama una buena paliza para el hijo, seduce al jefe del marido; el ama de casa pierde el aura, encarna el tedio, la frustración, la insatisfacción lejos del cliché, traspasando por momentos la barrera de la racionalidad.

Cosas que dicen de ella, quizá porque por estos días, en ausencia de Lost, en el norte sólo se habla de Mad Men. Que si hubiera sido contemporánea de Alfred Hithcock le habría robado a Grace Kelly el rango de musa oficial, que tiene una mirada azulada incluso más intensa que la de la más bella de la historia del cine, que es la esencia de la rubia norteamericana publicitaria pero por primera vez –su Betty es una fundación en el campo de las amas de casa, dicen- le agrega personalidad y actitud intimidante, etérea, fría, desconcertante y enigmática. ¿Y por qué allá gusta tanto Mad Men?

Típico movimiento –explica la GQ- de idealización de una década próspera en medio de la declamada crisis del ’30 (bis). En la Madison de los ’60 revisitada, todavía rige el sueño americano, y hay permiso para una forma estilizada de la incorrección, con machos muy machos, algo misóginos, muy tramposos, hiper competitivos; y chicas muy naif que viven para complacerlos, mayoría de secretarias en un elenco que las subordina y objetualiza sin justificar el exabrupto de idealizar un modelo prefeminista… premoderno.

Dicen que lo que gusta es que fumen como escuerzos, que beban alcohol en la oficina, y tengan sexo, y sueñen prosperidad y riqueza, pero tanto localismo, tanta revisión de un pasado glorioso de los Estados Unidos hace que en la Argentina no se replique el fenómeno y seamos sólo una minoría –separados de consumidores de series más masivas como Lost y 24- los declarados admiradores de Mad Men.

Vale la pena ser la excepción y darse una vuelta por Don y Betty Draper y apreciar los méritos que atribuyeron a la serie el rango de “película más larga del mundo”: cuidadosa reproducción de época, mucha atención al fondo, capacidad de que esos viejos diálogos no suenen extemporáneos, que sigan comentando el hoy, preciso diseño de personajes secundarios, y una pareja que pasará a la historia.

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