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HIPERCRÍTICO AL CIERRE DE LA TEMPORADA ESTIVAL
Tristeza y decepción en Mar del Plata

Mar del PlataCarmen BarbieriNito ArtazaPor: Julián Gorodischer. Un año más, se terminó la temporada de Mar del Plata, y estuve ahí para verlo. Caían las marquesinas, se iban los camiones con pantalla, se desmantelaba ese Beverly Hills que nos toca, el que cada año permite sentirse adentro de la televisión. Antes, la mezcla de sketches, monólogos sobre la farándula, guerras de vedettes y sucesión de “atracciones” como en un circo sin animales recibía el mote de teatro popular. Los 70 a 100 pesos que hubo que pagar, este verano, por cada entrada de Vedetísima a Danza con Cobos convierten al género (¿revista?, ¿vodevil?, ¿televisión sobre tablas?) en una zona de consumo de privilegio. En esencia, nada cambia. 

La imitación política, en Danza… y en Deslumbrante, dejan a la experiencia precursora de fusión de teatro de revista y política (los espectáculos de Enrique Pinti) en el campo de la reflexión sofisticada. La regla, en cambio, es tomar un rasgo físico, acentuarlo, y estar a años luz de proponer alguna incidencia de la puesta sobre la esfera pública. Con lo mismo (más un buen guionista) la actualidad podría nutrir al único género de masas que incorpora a la noticia. Pero el resultado fue el sketch bobalicón: Artaza reproduciendo ese mismo gag que empezó hace veinte años y mantiene vigente, y que nunca se basa en la observación y reproducción de rasgos realistas sino en moldes prefigurados que atañen a la dirigencia local de los últimos ¿años?, ¿siglos?: del pasivo vacilante (aplicado a Alfonsín, De la Rúa a Cobos…) a el populista autoritario (como recreación de Perón a Kirchner). El de la “tele en el teatro” es un universo que lleva a perder toda esperanza en la autonomía y autodeterminación de las audiencias; es el espacio en que ya no se puede atribuir el gusto popular a un consumo de descarte sino que involucra el gasto, la voluntad, la salida del hogar…. 

En Vedetísima, el brindis inicial en honor al público contempla una copa de champán sólo para Santiago Bal. En la platea, ni un vasito de plástico con un dedo de Terma (atención que, en los últimos años, sí ofrece el hall del teatro Maipo). Eso no predispone bien, y después está la unión inconexa de partes ensambladas sin ningún criterio, ni siquiera uno superficial (la actualidad rige a Artaza y el baile a las huestes de Cherutti). El espectáculo más visto del verano, que cerró con 75 mil espectadores, no sólo exterminó cualquier vestigio de narración, sino que unió el número de Rikudim y los chistes bobos de Matías Alé (los que ya contó en el Bailando por un sueño) con el eterno show de Los Nocheros; se despojó la escena no sólo de un criterio argumental sino de un ritmo, de algún eje conceptual así éste estuviera dado por presencias recurrentes o una equivalencia en la duración de las presentaciones. Esto es “la tele”, aquí la carrera es contra el tedio que se supone asociado a cualquier atisbo de narración, demasiado compleja como posibilidad; aquí la presencia de “famosos” habilita el furcio y la improvisación. 

En otras partes del mundo, el entretenimiento de masas logró ser concebido como una serie de calidad o un buen programa de humor (cítese la masividad y la constancia de Saturday Night Live). Pero en Mar del Plata, la masa es reencontrada con su propia imagen deformada ante el espejo, parodiada por los mismos policías ante los que luego se acude a denunciar el robo de billeteras y carteras a la salida de los teatros, en el aglomeramiento de la avenida Luro. 

Me pasó. Me sacaron la billetera, y me sentí más dentro de la TV que nunca, hoy que el fetiche de los chimentos es el famoso que se pronuncia o denuncia el estado general de “Inseguridad”. El proceso, al llegar a la ciudad de la tele, en este caso a fines del verano, es degenerativo: lo primero es el entusiasmo de quien se jacta de darse anualmente un “baño de cultura trash”. Luego es como participar de una ensoñación colectiva, impostar gestos “pour la galerie” como darle la mano en la avenida Colón a Germán Krauss o pedir pasar al camarín de María de Luján Telpuk en Gonalmente divertido para llevarse la foto de rigor (tomada con el celular) y mostrársela a los amigos. 

Pero lentamente, uno se va integrando a ese cuerpo tosco y uniforme que nos concibe como “masa”, abandonando el consumo crítico o diferencial, dejando el cinismo de lado, integrándose. No hay espacio para la experimentación y todo debe ser convertido rápidamente en fórmula fija. La destreza de Diego Reinhold para bailar saliendo y entrando en una pantalla ya había sido un número destacado en 2008, por eso Cherutti decidió repetirlo, casi tal cual, así como el íntegro staff a excepción de Carmen Barbieri. La vuelta a las mismas coreografías y presentaciones no estuvo ahí para el abaratamiento, o eso también. Pero antes, hay que facilitar discurso, apelar a lo visto y conocido, moverse sobre seguro, presuponer una ínfima capacidad de conocimiento y concentración. Así está pensada “la masa” en la TV y en Mar del Plata. El público se mueve de a tumbos, y ni vacila ante el encarecimiento de las entradas; entre tres opciones malas, siempre elige la peor y la consagra como “el éxito”; cualquiera está menos preocupado por vivir una experiencia que por ser parte de ese “éxito” y pasar a la Historia como espectador.

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