encuestas y resultados

Por Adriana Amado - @Lady__AA Aprovechando la afición a los pronósticos del periodismo argentino, voy a hacer el próximo: ninguna de las encuestas publicadas va a dar el resultado que finalmente se obtenga el domingo que viene. A lo sumo, y para algunos candidatos, los resultados pueden llegar a aproximarse en un dígito, pero no se descarta que la diferencia entre las encuestas y los votos superen los diez puntos. Alguna vez le tocó al periodismo cargar con la frustración de la política que lo acusaba de ser el responsable de que la gente tuviera una buena imagen de los funcionarios. Ahora son los consultores, que tan bien le había ido todos estos años tratando de revertir esa situación con índices astronómicos que intentaban convencernos de que había funcionarios con mejor imagen que la mejor del papa Francisco.

 

La indignación de algunos periodistas que claman indignados que las medidoras de intención de voto mandaron cualquiera obvia el hecho de que por cada encuesta publicada hay una decisión periodística de presentarla como verdad anticipada. La imprecisión se solucionaría por el simple hecho de recordar que se trata, apenas, de una indagación muestral sujeta a ciertas condiciones propias de la medición estadística. Pero un pronóstico tiene potencial de título atractivo y una ficha técnica no es más que un bodrio que podría enfurecer al candidato anunciante. Como estrategia defensiva las consultoras que acusaron recibo de la hostilidad ambiente empezaron a aclarar que la estadística social tiene un margen matemático para los números obtenidos. Pero ese sería el problema si las encuestas se contrataran para medir el clima social pero ese es un uso marginal al lado de los otros servicios que prestan las encuestas por estos días:

1. Inductor electoral: muchos siguen creyendo que una forma de cambiar la realidad es describirla atractivamente y en ese tren, nada mejor para estimular el voto que ir publicando que la perspectiva es mejor de lo que es. Sin embargo, no estaría funcionando la teoría del carro ganador (esa que dice que, a último momento, los indecisos se inclinan por el que parece tener más intenciones) porque no hay evidencias de que en los últimos doce años la opinión publicada haya coincidido con la opinión votada. Lo que confirma el magro ascendente que están teniendo los medios en el humor social. Especialmente los diarios, ignorados por la mitad de los argentinos según el Latinobarómetro y apenas consultados todos los días por un 15%, que suele ser además del más informado y justamente por esto, el grupo menos proclive a cambiar su parecer por una noticia.

2. Contención electoral del candidato nervioso, porque aunque no sirva mucho para cambiar la intención de voto, sí sirve para que el candidato se convenza de que las cosas son mejores de lo que son. Esta fase tuvo un uso intenso (aunque ahora olvidado) allá por 2004 y 2005, donde consultoras que hoy ya nadie se animaría a citar como fuente confiable enviaban mensualmente datos de aprobación presidencial del 90% de un candidato que había sido votado por el 22% en 2003. El porcentaje convencía a la elite de que se había producido el milagro del amor a segunda lista y que, de pronto, a todo el país le había agarrado el enamoramiento al candidato que no había salido primero.

3. Expresión pre electoral: Tan olvidada está la razón de ser de cualquier encuesta que nadie las considera una expresión del clima social de un determinado momento. Concentrados en analizar la suerte que corren los candidatos, hablan de encuestas como si se tratara de apuestas y no de intenciones. Y esta es la verdadera causa de resultados tan imprecisos porque vivimos en un clima donde expresar apoyo a un candidato puede significar escraches, represalias, discusiones con los amigos, bombardeo de propaganda, hostigamiento de tuiteros, adoctrinamiento familiar, o cualquiera de estas expresiones de intolerancia política. Nadie entrenado en las lides de la medición social podría esperar que un clima así propicie respuestas sinceras a las encuestas.

Como si la política no estuviera ya en el piso de la apreciación social, este año sus protagonistas han decidido que la “fiesta de la democracia”, como dice el lugar común que no dejan de repetir los cronistas desde 1983, se tenía convertir en una misa obligatoria de casi todos los domingos. Con lo que la confiabilidad y entusiasmo viene desgastados, si es que quedaba alguno entre los votantes que a esta altura están hartos de asistir a avisos inverosímiles, cambiar de canal para evitarlos, atender encuestadores, borrar mensajes de candidatos insidiosos, votar para después volver a votar y así hasta fin de año. Podríamos pensar que son los consultores los que están complicando el proceso electoral. O podríamos pensar a qué candidatos beneficia semejante clima de saturación y hastío. Por ahí hasta resulta que son los que decidieron esta hermosa fiestita que la política argentina ha dispuesto con cargo oneroso y obligatorio para los ciudadanos.

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