joven y su dueña

Por Juan Terranova. Sábado. Por las redes, Mavrakis me pasa una trama desglosada. Sábado, aburrimiento, gatito, selfie, piel, histeria, bovarismo, seducción, penetración anal. A cada palabra un párrafo, a cada párrafo un grado más de tensión. Contar o no contar una historia. Apilar fragmentos como ladrillos de diferentes medidas o trabajar una artesanía con las herramientas probadas de la tradición. Es ya un dilema ético. Me rio. Qué ocurrencia. Dirimir la ética en esas cosas. Igual escribir siempre es escribir. No hay forma de evitar la libra de carne.

 

Domingo. Escuchando la suite para cello solo número 3 de Bach, el preludio. Me suena romántico. Bueno, Bach no era pietista. Trabajaba para los luteranos. Se ganaba la vida así. Su dios protestante resulta bastante sensual. Cada tanto el consistorio le llamaba la atención por tocar melodías raras. Uno de los hijos de Bach, Johann Christian, se convirtió al catolicismo. Dios lo tenga en el cielo.

Lunes. Ahora leo un poco sobre el coro luterano de la época de Bach que tenía, claro está, una función social específica. Se alababa a Dios sin sangre ni sensualidades cristianas y se ocupaba la mente y el cuerpo en una actividad creativa pero reglada que a su vez servía al pastor para hacer más atractiva la misa. También era el lugar en que los jóvenes se conocían, se enamoraban y se comprometían. Cantando a Bach, que era el héroe protestante, uno podía encontrar a la mujer o al hombre de su vida limpio a los ojos de Dios. Esto hizo que las cantatas, los coros y otras composiciones, y la voz y el oído humano, se transformaran en veladas herramientas eróticas. Los coros alemanes van a llegar al siglo XX y los socialistas, no tanto los comunistas, los van a adoptar como lugar de encuentro político. Hasta el día de hoy los coros provinciales siguen siendo en Alemania un lugar de socialización relevante. Y todo el mundo conoce el principio del coro de la Cantata número 147. En un artículo que encuentro por ahí un alemán se lamenta que Bach no haya compuesto óperas. No me parece que sea para lamentarse. Y en todo caso, ¿dónde iba a escuchar óperas Bach? Tendría que haber ido a Italia. Debería escribir algo sobre el mítico viaje de Bach a Lübeck para a escuchar al organista Dietrich Buxtehude.

Martes. Sobre la victimización. El tema de la victimización es que al denunciarla uno no se puede poner en el lugar del agredido, o sea en el lugar de víctima de la victimización. Suena demasiado contradictorio. En algún punto lo es. Eso hace de la victimización una herramienta bastante blindada y condiciona una carrera hacia adelante, una competencia por ver quién es más víctima. El recurso que queda es la tediosa tematización, con sus infinitas lecturas y precisiones que nadie lee en la política, o el más noble silencio. Ser estridente sirve, pero por muy poco tiempo y su innobleza y su desgaste resultan contraproducentes. Las primeras

Miércoles. Terminé Solo de Richard Byrd. ¿Y finalmente qué lee el explorador en la soledades antárticas? Hice la lista de libros y por lo que cuenta tampoco lee tanto. Siempre está ocupado rompiendo hielo, intentando calentarse y manteniendo que todo en Advance base funcione. Le dedica más tiempo a describir cómo se cocina que a contarnos qué lee. Y después, cuando se enferma, su lentitud y sus esfuerzos, siempre agotadores, ocupan todo el tiempo de la narración. Es un hombre que elige 40 grados bajo cero a cambio de que nadie lo moleste. Bien. ¿Caro pero eficiente? Más bien un signo de neurosis y arrogancia. De leer y pasarla bien en soledad, nada de nada. Es casi lo contrario, Byrd se la pasa todo el tiempo pensando en qué estarán pensando de él en la base de Little America, y también reflexionando sobre cómo lo verán los ojos del mundo. La mirada de lo social crece mucho y presiona cuando uno está en un lugar tan especial. La calefacción de Byrd era su narcisismo. La única forma de estar solo hoy es en la grandes ciudades, entre la multitud, porque esa la gran garantía de anonimato.

Jueves. Joven y su dueña, de Murillo, 1670. Dice mucho. Ella es fresca y joven pero atrás la oscuridad es demasiado oscura, y entre ella y la oscuridad está la vieja. Una ventana que es nuestro espejo. Qué bien enmarcada está la escena. Cómo nos pesan todavía los miles de años que el hombre se dedicó a pintar sobre superficies planas. Los pintores flamencos y los pintores barrocos pintaban para un mundo de adultos. Por eso se los comprende poco en el mundo explosivo e infantilizado de hoy.

Viernes. En el diálogo de Fogwill con los de El ojo mocho hay una discusión irreductible. Fogwill dice que no entiende cómo hay gente que en vez de trabajar y escribir sigue raspando el fondo de la olla del periodismo y el lobby, haciendo “buena letra”, vendiéndose al editor de turno por monedas. Los de El ojo mocho le responden que eso no se puede agotar ahí, que hay una cuestión ideológica. Y Fogwill no los deja hablar y responde que no, que los que hacen eso son boludos. Entonces se abre una cuestión sobre la que se ha reflexionado mucho acá. ¿El problema es ideológico, una cuestión de pertenencia, de clase, de deseo de pertenencia o apenas una incapacidad para ver más allá, una cuestión de limitación mental? Finalmente no importa porque si es ideológico ya quedó claro que no se arregla fusilando. Y si no lo es, y se trata de la crasa estupidez humana, entonces menos que menos hay solución. El problema final resulta de que la indiferencia hacia eso, hacia ese ruido, tampoco parece solución. Aunque sea lo más sano. Rechazar el ruido ajeno, quedarse con la propia idiotez. Para adularla o combatirla, pero la propia. No fui a trabajar porque me duele el hígado. Martín Kohan, en una crítica a Fogwill, adjetiva "derecha" con "recalcitrante." Qué poco se exigen las eminencias hoy en día.

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