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CÓMO ELIMINARLO CREATIVAMENTE
¿A Charly le vendría bien morirse?

Foto de Charly en calendarioPor: Cicco. No es mucho lo que le queda a Charly para dar en vida. Tiene 56 pirulos. Está agotado, pasó cinco días en un campo de rehabilitación de Palito Ortega en Luján, le agarró un ataque de ira y tuvieron que volver a internarlo primero en un sanatorio y luego en una clínica. El juez indicó que su tratamiento debe ser “domiciliario y estricto”. Hay que ayudar a Charly y pronto. Él aún no encontró la forma de dejar este mundo. Quemó las cortinas en hoteles. Se hizo fajar por paparazzis y músicos. Se tiró de un noveno piso. Nada de eso surtió efecto. Pero hay una forma aún de salvarlo: sólo hace falta encontrar una forma atractiva de matarlo.

No sé qué piensa usted de Pity Álvarez, pero le digo algo: si Pity siente pena por usted, si dice que deberíamos hacer algo por el pobre señor lector, sepa que usted no puede estar peor. Ha besado la lona de la desgracia. Y eso fue lo que hizo Pity con Charly. Dijo en una entrevista a la revista Rolling Stone que le daba lástima y que había que hacer algo por él, un festival, un disco tributo lo que fuera, para levantarle el ánimo y ponerlo en su lugar.

No creo que un festival reviva a Charly. Ni un nuevo disco chapuceado y sin dientes. Charly necesita una buena muerte. Una muerte que esté a la altura de su vida. Una muerte que sorprenda. No hay nada mejor que morir para llamar la atención. El problema es cómo cobrar luego las regalías por derechos de autor.

Charly necesita morirse así todos volvemos a correr a escuchar “Parte de la religión”, “Piano bar”, “Cómo conseguir chicas”, “Clics modernos”, esos discos maravillosos, únicos, exquisitos, profundos, Charly en su punto caramelo.

La única forma aprobada y comprobada de valorar a alguien es ausentarlo durante un tiempo. Si este tiempo se extiende por toda la eternidad el efecto de valoración se multiplica.

Charly hizo todo. Ya reflotó a Serú Girán y a Sui Géneris, y se llenó de guita. Ya se fundió y se volvió a llenar de guita, y se volvió a fundir, que es por donde anda ahora.

Por eso, la única alternativa que le queda a García es la de morir oportuna y acertadamente, con métodos marketineros y lúcidos, trazados fríamente como quien elige en una carta de vinos.

No es adecuado bajo ningún concepto que Charly muera arrojándose del balcón. Ya lo hizo en Mendoza años atrás y cayó en la pileta. La gente puede creer que esta vez cometió un error de cálculo. Y así no quedaría como un muerto a quien rendir homenaje. Quedaría como un pelotudo.

Charly tampoco debe morir de sobredosis. Ya está grande. Y las muertes por sobredosis tienen buena repercusión mediática, especialmente, si suceden antes de los 27 años como le ocurrió a Jim Morrison, Janis Joplin y Jimmy Hendrix.

Tampoco sería positivo que Charly muera en un accidente de tránsito. Se mueren ocho mil al año en nuestro país. Es mucha competencia. Y además, es poco original. Ya lo hizo Rodrigo y Gilda. Otra cosa sería si choca en monopatín.

Hay que considerar otra clase de escenarios más atractivos. Pensar mejor el asunto. Sería una buena idea, llegado el caso, que Charly vaya a confesarse a la iglesia, que tropiece con la alfombra y se parta la cabeza. Es una muerte interesante.

O que Charly muera ahogado en su propio bigote. Eso sería innovador. No hay otro músico, además de Freddy Mercury, que haya cultivado tan celosamente su mostacho. Podrá haber pasado por infinidad de ciclos artísticos y anímicos, podrá haberse autodestruido y renacido de las cenizas, pero que yo sepa, excepto una vez hace tiempo, García siempre mantuvo su bigotito bien cuidado, como jardín de flores. Y, llegada su muerte asesinado por su propio mostacho, los medios podrán debatir: ¿Charly murió con la parte blanca de su bigote, o se ahogó con la parte negra? Esto puede avivar los programas de chimentos durante varias semanas, mientras los fans, dolidos, no hallarán consuelo: “Yo sabía que ese bigote era problemático”.

Sería realmente atractivo, por ejemplo, que Charly muera comiendo milanesa de soja. O ahogado con arroz integral.

Sería saludable que le suceda una muerte exótica como la del cazador de cocodrilos, aniquilado por una mantarraya mientras sale a nadar en una clínica de rehabilitación en el Mato Grosso.

Garantizaría una publicidad asombrosa que Migue, su hijo, le muerda el cuello, lo desangre, se lo sirva a la cacerola, y a la semana siguiente Migue lance un disco de música gótica y defienda el vampirismo. Esto puede ser beneficioso para ambas carreras.

No tengo duda alguna de que Charly merece una muerte original y divertida, como por ejemplo pisándose los cordones del zapato. O asfixiado con su dentadura postiza. Estas cosas a la gente le encantan. Le tocan el corazón.

Es una buena idea a considerar, aguardar hasta que venga Madonna a fin de año a la Argentina. Charly podrá lanzarle un vaso como hizo sin suerte con Bjork en el Hotel Faena, y que Madonna, en retribución después de una larga inspiración según ciertos ejercicios de la Kabalah, le parta en la crisma una botella de Evian. Esto escalaría rápidamente a la prensa internacional y de paso, la retendríamos a Madonna más tiempo, tocando gratis para las reclusas del penal de Ezeiza.

Las muertes de los músicos nunca fueron muy creativas que digamos. Siempre se caen de aviones o les estalla el bobo de tanta falopa. A veces, a algunos se le ocurre ahogarse en el río y aparecer después de varios días, avivando el misterio en los medios al menos durante unas cuantas horas. A Marvin Gaye, el genio del soul, lo mató su padre, pastor, de un escopetazo. Eso le dio comidilla a los medios hasta el día de hoy.

Un año atrás, a Keith Ritchards, el guitarrista de los Stones, se le ocurrió tirarse un clavado desde una palmera. Una muerte sugestiva. Pero se salvó y hoy sigue tocando. Una vez que los músicos pasan cierta edad, crean una serie de anticuerpos que los convierte en entidades indestructibles como los superhéroes. Y eso se transforma en una maldición que los obliga a seguir sacando discos pavotes y gastando dinero en divorcios. Mick Jagger está mejor que nunca. David Bowie sigue formando familias. Andrés Calamaro es papá y ya no tiene ojeras. Hay rockeros panzones y hechos pelota como Ricardo Mollo, que hoy son reyes de la verdurita. En los ’80, Bahiano de los Pericos se fumaba unos churros tremendos, y hoy es cultor de la vida sana y maratonista profesional.

Pero Charly está agotado. No sólo se le acabaron las ideas musicales, se le acabaron las ideas para morirse. Por eso, amigos, si hay que seguir aportando métodos para exterminarlo, yo doy una mano desinteresada. Todo sea por el bienestar de Charly, desde luego.

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