HAY QUE VER GLEE |
| El musical de los losers |
|
Esperaba de la serie Glee, una de las más exitosas de los Estados Unidos –estrena ahora su segunda temporada-, que fuera juvenil, que estuviera protagonizada por niños bonitos, como suele suceder con musicales de Disney del estilo de “High School Musical” y las descerebradas tiras locales que ni mencionaremos. Esperaba, como suele esperarse, que tooooooodos los personajes lucharan por la paz mundial, la amistad, la música, y toda esa clase de forradas que defienden estas series boludonas donde entre diálogo y diálogo, alguien siempre agita su ombligo.
Pero Glee es un hallazgo. Es la obra maestra de un loco de psiquiátrico: el gran Ryan Murphy, creador de la excepcional serie de cirujanos “Nip Tuck”. Cuando Muprhy llegó a la Fox con su proyecto de un musical teen bajo el brazo, los productores tuvieron una sensación helada en el bajo vientre conocida popularmente como fruncimiento de bolas. Darle rienda suelta en su señal a un genio demente que no dudó en mostrar cirugías, tripas y cráneos abiertos en horario central con música de Depeche Mode, permitirle a este lunático que guíe a las nuevas camadas de adolescentes, era un desafío comparable a la vez que Disney aceptó que el pesadillesco David Lynch filmara “Una historia sencilla”, sobre un hermano que viaja a visitar a su otro hermano en una cortadora de césped.
Con Glee fue amor a primera vista. Los gerentes de Fox vieron el piloto y le dieron a Murphy vía libre con la historia. Y Ryan, un gay excéntrico, el nuevo niño mimado de Hollywood, hace lo que más le gusta hacer: provocar. Glee narra la historia de un club de canto y baile universitario, compuesta por el hazmerreír de la facultad: una negra gorda, una asiática que viste como el tuje, una petisa narigona latina, un recontra gay, un lisiado y al único personaje Disney del grupo, un rugbier bonito y afinado, Murphy le crea un pequeño problemita: padece de eyaculación precoz.
La trama es sencilla y contada así, puede resultarte pavota: un profesor, ex miembro del club Glee, quiere reflotar los buenos viejos tiempos del club –este profesor canta como los dioses-. Pelea presupuesto con una profesora malísima y marcial, un director que se deja convencer por todos, sobrevive a una esposa que miente sobre su embarazo –también a un alumno su novia le adjudica un hijo que no es suyo-. El maestro coquetea con una profesora romántica y obsesiva de la limpieza, y trata de que la manga de perdedores que son sus estudiantes de canto, descubran su fuego interior. Los chicos de Glee cantan desde temazos de los ’80 hasta hitazos flamantes de Kanye West. Son tan buenas interpretaciones que la banda de sonido de la serie ya va por el tercer volumen en disquerías. Este grupo de mequetrefes que nadie quiere en la universidad, se transforma capítulo a capítulo en un conjunto que le gana varios cuerpos a los Jonas Brothers, a Hannah Montana, y las demás estrellas del olimpo teen edulcorado.
Larga vida a Murphy. A la gloriosa Glee. Y al niño lisiado que toca la guitarra como los dioses.
{moscomment}

Por: Cicco. Nunca me simpatizaron los musicales. Siempre sentí que, meter una coreografía en medio de una historia, sólo postergaba la trama, demoraba el esperado despliegue psicológico de los personajes y bicicleteaba la acción. Sin embargo, desde que tengo memoria valoro un estilo de musical que es un género en sí mismo, que jamás me hizo desear que avanzara la trama y, vamos a decirlo así, ni siquiera que continuara la vida: el baile del caño. Pero eso es otra cosa.
