RARO QUE LA HAYAN EMITIDO |
| ¿La publicidad del año? |
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Tal vez hayas pasado por alto la publicidad de Tarjeta Naranja, o la viste y sólo te provocó algo de risa el dolobu ese rubio de Hernán. Quizás te pareció una buena idea que en el acto de recibir la flamante tarjeta de crédito, Hernán cambie de pelo, ropa y se convierta en un mito épico al estilo del gladiador animado He Man. Si no sabés de qué corno estoy hablando, acá tenés el spot.
Ví esta publicidad varias veces hasta que comprendí que atesoraba un significado mucho más profundo. Una moraleja sinuosa de 49 segundos que ningún cerebro de Tarjeta Naranja, a Dios gracias, ha comprendido. Es que el humor lo cubre todo. Muchas veces uno ríe sin captar el mensaje subliminal que lo dirige desde las arenas del inconsciente. Y la publicidad de Hernán, que debería haberse censurado antes de emitirla, es una obra maestra del cinismo publicitario. La primera vez que alguien lleva tan lejos la apuesta, que acaba siendo una burla a los propios usuarios de la tarjeta. El spot tiene la estructura de un búmeran: una burla sana e inocente se transforma en un cross a la mandíbula del consumismo más pelotudo del planeta. Aquel que compra por el gusto de comprar. Que compra porque sí. Que compra porque hay cuotas sin interés. Que compra para impresionar, como dice una de las frases más elocuentes del jingle: “Invita Malena a una exótica cena. ¡Qué aventurero es Hernán!” Una genialidad.
Al adquirir la tarjeta Naranja, Hernán no se transforma en alguien poderoso y mágico. Se transforma en un idiota, un loco suelto en el shopping. Hernán es la cara descerebrada, la parodia magistral de todos aquellos que cubren sus propias miserias con cosas nuevas. ¿Te maltratan y no te respetan en el trabajo? Comprate, de la mano de Hernán, un librito que nunca tendrás tiempo de leer o la temporada completa de Doctor House. ¿Te sentís parte de una masa uniforme enlatada en el colectivo? Hernán te ayuda con planes de varias cuotas, a que cambies tu vestuario de punta a punta. Es por eso que el logo resulta aún más ácido: “Con Tarjeta Naranja”, juran, “vos podés”. Vos podés: qué gracioso.
El mundo en la ciudad, será un antro horroroso, una selva despiadada de locales y mezquindad, pero aún existe un único poder que ostenta la gente: el poder de decidir sobre su compra. Es la última libertad del mundo civilizado: la posibilidad del shopping. No podrás cambiar de trabajo. No podrás cambiar de matrimonio. No podrás mudarte a la playa y vivir de un chiringuito. No podrás dejar de depender de un trabajo esclavizante y enfermo. Pero podés seguir equipando de electrodomésticos tu casa. Podés, de tanto en tanto, llevar a tu amante a cenar a Puerto Madero. Podés anunciar a los cuatro vientos en tu casa de artículos deportivos: “Señorita, quiero ver la sección de Nike”. Y, por un instante nomás, sentirte como Hernán. Penetrado, maniatado y flagelado a diestra y siniestra por la vida. Pero libre y desatado y con la melena al viento, en tu comercio favorito.
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Por: Cicco. Normalmente de tan desparramado en el mundo publicitario, el humor se ha disuelto y deja de ser gracioso. No importa que sea un aviso de jabón para lavar o de curitas, los creativos parecen metidos en una eterna carrera por hacerse los piolas. La mayoría de las veces, la gente lo único que recuerda es el chiste y no el producto. Sin embargo, un spot acaba de introducir un elemento revolucionario, solapadamente crítico y aún al día de hoy no me explico cómo la empresa que lo contrató deja que los canales lo repitan a toda hora.
