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Durante varios años, hace mucho tiempo, además de ver muchas películas, leí muchísimas críticas de cine, los nombres importantes de la historia de esta disciplina y también otros, y a veces en esos otros encontré varios textos para atesorar. En algunos de esos años además leía todas las críticas de los principales diarios, cada jueves; y a veces los viernes y los sábados, cuando no llegaban a publicarse todas el jueves. En esos tiempos, por otro lado, había que comprar el diario “en papel”. Por otro lado, mi trabajo de graduación en la Universidad fue sobre la crítica de cine en el diario Tiempo Argentino (el de los ochenta, obviamente). Tuve durante mucho tiempo, o quizás lo siga teniendo, una especie de sensor sobre expresiones que se repetían en las críticas, sobre todo las que no me gustaban, por ejemplo: “ideal para los amantes del género”, “para pasar el rato”, “la música acompaña” y muchas otras. Otra, que siempre traté de evitar en mis textos, es “merece verse”. Más allá de la sonoridad poco atractiva de la vocal única de la expresión no me gusta la idea. Sin embargo, no quiero argumentar en su contra ahora porque -ay- voy a usar una variante de esa expresión, para decir que una película “merecía estrenarse”.

El año pasado, BBC Culture hizo una encuesta entre críticos de muchos países acerca de las mejores películas del siglo XXI. Por supuesto: la lista resultó demasiado “seria”, con pocas comedias y There Will Be Blood muy arriba. Revisé mis votos, fueron estos: 1. Jersey Boys (Clint Eastwood, 2014) / 2. Moulin Rouge! (Baz Luhrmann, 2001) / 3. Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000) / 4. Mia Madre (Nanni Moretti, 2015) / 5. Right Now, Wrong Then (Hong Sang-soo, 2015) / 6. Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010) / 7. Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015) / 8. Spirited Away (Hayao Miyazaki, 2001) / 9. Adventureland (Greg Mottola, 2009) / 10. Open Range (Kevin Costner, 2003). Este año, BBC Culture consultó a críticos de 52 países por “las mejores comedias de la historia”. Por supuesto, claro, la lista resultó “muy seria”.

Con un fanático de John Ford, Clint Eastwood o Luis Buñuel te podés tomar un vino aunque no estés de acuerdo con su visión del cine; con los fanáticos de David Lynch, Christopher Nolan o Stanley Kubrick es más difícil: uno se da cuenta de que el brindis, si ocurre, tendrá que ser con vino lyncheano, nolaniano o kubrickiano. Y que su visión del cine tratará de imponer una cepa, su cepa.

Hay que creer en Baby Driver. Hay que creer en el cine. Hay que desconfiar del título de estreno local, o latinoamericano, Baby: el aprendiz del crimen. Ay. Baby Driver - Taxi Driver - The Driver. Con el título local, o latinoamericano, se pierde la referencia, la gracia, lo directo de Baby Driver. Y se agrega la sal gruesa -como decía Horacio Quiroga hace casi cien años sobre las tendencias de los títulos locales- de la explicación que, para peor, es muy discutible. Con ese título espantoso, además, se pierden las posibilidades de buscar con facilidad en la web todo lo bueno que se viene diciendo de Baby Driver desde su estreno en marzo en el festival South by Southwest, claro, con su título original. Confieso que hasta un día antes de ir a la función privada ni me había dado cuenta de que este estreno con este título feo era Baby Driver, la película de Edgar Wright que estaba esperando con ansias, por lo que había dicho gente confiable y por los antecedentes del director, como Shaun of the Dead o The World’s End. Detalle: Shaun of the Dead también sufrió el ataque (en video) de un torpe título local como Muertos de risa.

Hace algunas semanas, es decir meses después del estreno, vi Rogue One: una historia de Star Wars. Como suele suceder cada vez más y cada vez más rápido, ver una de esas películas globales luego de su momento de auge es, casi, hacer una especie de arqueología cultural. “¿Y por qué la viste recién ahora?”, me han preguntado. Mi respuesta fue que cuando se estrenó en diciembre tenía que ver muchas otras películas. Pero una respuesta más elaborada, hoy, podría ser que soy de la época en la cual las películas duraban no solamente más en cartel sino que además podían verse durante más tiempo, que no era tan raro ver en la primera mitad de 2017 una película estrenada en el último mes de 2016. En estos tiempos las películas, y los capítulos de series, parecen tener un atractivo extra si son vistos en el momento del lanzamiento. Y con “momento del lanzamiento” estamos cada vez más cerca de la idea de “en el exacto momento en que se pone disponible on line una serie” o “en la primera función de una película, y si hay que viajar a Australia para que sea antes, bueno, se justifica”.

Han pasado siete años desde el estreno de Mi villano favorito, la primera. En ese período, la productora Illumination se convirtió en una de las gigantes globales de la animación, con varios éxitos, incluso más allá del Villano Gru y sus Minions, pero no vayamos por fuera de ellos. Con los años, ante cierta indiferencia que me provocó Mi villano favorito 2 y las catástrofes derivadas de los Minions (largo y cortometraje), me pregunté si mi valoración positiva de la primera, la de 2010, podía sostenerse. Y la volví a ver, completa y luego por fragmentos. Y sigue siendo una muy buena película. Busqué lo que escribí en ese momento, y resulta que fue para este sitio -pensé que había sido para El Amante, pero ahí escribió Leonardo D’Espósito, al que también le gustó-. Aquí pego, quitando dos referencias al contexto del estreno, lo que escribí en 2010.

En el libro Perseverancia, el crítico francés Serge Daney escribió sobre la relación entre el crítico y el público. Decía que su vida de crítico había significado “ser como un barquero”, que con su voz comenzó "a pasar pequeños mensajes, orales y escritos, para llevar noticias de una orilla a la otra sin pertenecer a ninguna". Las orillas de las que hablaba Daney eran una la de "la gente normal que consume películas por pura diversión" y la otra la de los artistas, los creadores. No hay que ser muy avispado para darse cuenta de que hoy en día el rol del crítico es como el caso del increíble hombre menguante: se hace cada vez más pequeño. En parte porque se ha producido un solapamiento y un desplazamiento del crítico por otro comunicador: el periodista de espectáculos, que “informa y evalúa”. Para ser más técnicos en los conceptos, la crítica ha sido remplazada por la reseña. Y, en algunos casos, la reseña ha sido remplazada por la cata comparativa de tanques, el pronóstico de inversiones. Esta de DC es buena porque no es tan mala como las otras (Wonder Woman). No le fue tan bien a La Momia en USA, ¿afectará el futuro del reboot de la franquicia de los monstruos de Universal? La respuesta, mis amigos, está flotando en el espíritu de Boris Karloff, o no. Lo importante es volver a Daney, que en ese planteo sobre las orillas nos indicaba, con amabilidad, el camino que no siempre hemos sabido seguir.

En muchas de las críticas a favor -sí, hay mayoría de textos y comentarios radiales que la defienden- sobre Mujer Maravilla se usa como un argumento que “es mejor que las otras del Universo DC”. Considero que eso puede poner contenta a la división del estudio de Hollywood que se encarga de esa línea de productos (¡vamos mejorando, gente!), pero no me convence mucho como crítico. Además, hay gran excitación por ese tipo de información que tiene más que ver con el periodismo o con la historia que estrictamente con la crítica de cine, o al menos con la valoración que conlleva: es la primera película de una superheroína dirigida por una mujer. Bueno, si uno no amplía el concepto de superheroína quizás ya había habido algunas antes, pero no vayamos por ese lado. Sí por el lado de que Mujer Maravilla es una película floja, eficiente para vender entradas pero no para divertir y convencer. Otra más, lamentablemente, de esta zona del mainstream que está desguazando el cine.

El objetivo de esta columna es recomendarles una película, que no se estrenó en cines en Argentina, pero que fue la que más rápido llegó a una cifra determinada de recaudación en su primer fin de semana en su país de origen. Y cuyo director hoy está terminando un mega tanque en Hollywood de super héroes. Y con un actor protagónico que participó de una de las películas más recaudadoras de todos los tiempos, y que tuvo varias secuelas, y que va por más. En este punto, quienes están mínimamente en tema saben a qué películas, a qué director y a qué actor me refiero.

El título de este artículo es el del libro de Jonathan Rosenbaum de hace casi dos décadas. En ese libro, entre muchos otros temas, Rosenbaum hablaba sobre cómo la oferta -en el cine- influye notoriamente en la demanda: básicamente y simplificando al extremo, si no hay más opción que unas pocas películas, la gente tenderá a ver esas pocas películas. Una variante a lo que ya se había preguntado Pauline Kael en los ochenta, ¿por qué seguimos yendo al cine si las películas son malas?, y se respondía que era “porque queremos ir al cine”. Ir al cine como necesidad cultural, social, espiritual, emocional, sensorial, etc. Hoy en día, hay gente que antes frecuentaba butacas que ha dejado de ir a las salas. Y esta semana el Festival de cine más famoso del mundo quedó en el medio de las estrategias de lanzamiento de Netflix y de los pedidos y quejas de los exhibidores franceses, que forman parte como asociación del board del festival.

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