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Vuelvo de viaje. No estuve muy conectado a las redes sociales. Me llega algo, de rebote, de que alguien dijo algo sobre el mate. Empiezo a leer sobre el tema. Malhumor. Me enojo, no con la señora de la queja sino con el linchamiento público a partir de un mensaje privado. Bilardo había dicho algo en una radio, y era bien agresivo, sobre alguien que tomaba mate. Fue considerado “gracioso”. Ni siquiera quiero argumentar, comparar, desarrollar. Todo me genera más malhumor. Hace un par de años, en La Agenda, luego de hacer un texto en contra de la idea argentina de desayuno y contra la chocotorta, me ofrecieron una columna quincenal, que se agruparía en una sección llamada “Libro de quejas”. Cuando asumí como director artístico del Bafici, ya no pude seguir con las columnas. Una quedó empezada, era contra el mate, quedó en esto:

Brawl in Cell Block 99 es una de las mejores películas del año, o de varios años, qué tanto: no vamos a andar escatimando el alcance temporal de los elogios ante una película así de imponente. Por supuesto, salvo algún milagro, no se estrenará en los cines argentinos. En Estados Unidos se lanzó en algunas salas el 6 de octubre, y una semana después ya estaba disponible para comprarse en digital y verse en Video on Demand. Es decir, su estreno en cines ni dio tiempo a que se generara una polémica, un culto o algo que se sintiera como relevante, como parte de una discusión o puesta en común por parte del público; de todos modos, más allá de su disponibilidad en ITunes, no iba a ocurrir nada de lo anterior por más que tardara en estar disponible legalmente en Internet: el público ya no se relaciona con el cine como antes. Y esta es una película que se siente, que pega, que emociona, que -vista en cine- hasta puede conmovernos intensamente. De todos modos, no descarto que incluso vista de forma hogareña pueda generar emociones similares. Es una de esas películas que podrían haberle gustado a Pauline Kael, porque Brawl quiere que involucremos muchos sentidos, porque se experimenta como película erótica sin ser de ese género: es una película que nos atrae y repele físicamente, que nos interpela con fuerza.

El viento sopla donde quiere. Y en 2017 el cine, cada tanto, respira. Todavía hay películas que pueden buscar con ahínco su propio equilibrio antes de tomar las grandes decisiones, que pueden moldear su alma al conectarse con aquello que estaban y estábamos buscando, casi siempre a tientas. Sabemos que queremos algo, pero no estamos seguros de hasta qué punto eso se está alejando, se hace cada vez más raro. Algo de eso le pasa al cine de animación desde hace años, sobre todo desde que Disney y Pixar se han enemistado con la gracia; Frozen fue el último relato al que supieron dotar de alma, al que supieron cabalmente animar. No han desaparecido las sorpresas, los hallazgos, el fluir grácil de algunos relatos, pero parecen hacerse cada vez más escasos entre demasiado ruido, por eso es importante celebrar aquellos films fundamentales: Las aventuras del Capitán Calzoncillos: la película es uno de ellos.

Madrid, en camino al Festival de San Sebastián. Semana cortada al medio por los vuelos, en la que de los estrenos de Buenos Aires no logré ver It, pero sí Borg McEnroe, la mejor película que haya visto centrada en el tenis (es cierto, la competencia era muy escasa). Escribí sobre ella acá  y acá hice una pequeña revisión de tenis y cine. En el tramo Buenos Aires-Madrid, por primera vez en muchos vuelos, me decidí a ver alguna de las películas ofrecidas en el menú de la pantalla. Empecé por Churchill, biografía del líder británico dirigida por Jonathan Teplitzky (director de Un pasado imborrable, una de época con Colin Firth y Nicole Kidman estrenada en Argentina y en absoluto imborrable).

Durante varios años, hace mucho tiempo, además de ver muchas películas, leí muchísimas críticas de cine, los nombres importantes de la historia de esta disciplina y también otros, y a veces en esos otros encontré varios textos para atesorar. En algunos de esos años además leía todas las críticas de los principales diarios, cada jueves; y a veces los viernes y los sábados, cuando no llegaban a publicarse todas el jueves. En esos tiempos, por otro lado, había que comprar el diario “en papel”. Por otro lado, mi trabajo de graduación en la Universidad fue sobre la crítica de cine en el diario Tiempo Argentino (el de los ochenta, obviamente). Tuve durante mucho tiempo, o quizás lo siga teniendo, una especie de sensor sobre expresiones que se repetían en las críticas, sobre todo las que no me gustaban, por ejemplo: “ideal para los amantes del género”, “para pasar el rato”, “la música acompaña” y muchas otras. Otra, que siempre traté de evitar en mis textos, es “merece verse”. Más allá de la sonoridad poco atractiva de la vocal única de la expresión no me gusta la idea. Sin embargo, no quiero argumentar en su contra ahora porque -ay- voy a usar una variante de esa expresión, para decir que una película “merecía estrenarse”.

El año pasado, BBC Culture hizo una encuesta entre críticos de muchos países acerca de las mejores películas del siglo XXI. Por supuesto: la lista resultó demasiado “seria”, con pocas comedias y There Will Be Blood muy arriba. Revisé mis votos, fueron estos: 1. Jersey Boys (Clint Eastwood, 2014) / 2. Moulin Rouge! (Baz Luhrmann, 2001) / 3. Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000) / 4. Mia Madre (Nanni Moretti, 2015) / 5. Right Now, Wrong Then (Hong Sang-soo, 2015) / 6. Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010) / 7. Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015) / 8. Spirited Away (Hayao Miyazaki, 2001) / 9. Adventureland (Greg Mottola, 2009) / 10. Open Range (Kevin Costner, 2003). Este año, BBC Culture consultó a críticos de 52 países por “las mejores comedias de la historia”. Por supuesto, claro, la lista resultó “muy seria”.

Con un fanático de John Ford, Clint Eastwood o Luis Buñuel te podés tomar un vino aunque no estés de acuerdo con su visión del cine; con los fanáticos de David Lynch, Christopher Nolan o Stanley Kubrick es más difícil: uno se da cuenta de que el brindis, si ocurre, tendrá que ser con vino lyncheano, nolaniano o kubrickiano. Y que su visión del cine tratará de imponer una cepa, su cepa.

Hay que creer en Baby Driver. Hay que creer en el cine. Hay que desconfiar del título de estreno local, o latinoamericano, Baby: el aprendiz del crimen. Ay. Baby Driver - Taxi Driver - The Driver. Con el título local, o latinoamericano, se pierde la referencia, la gracia, lo directo de Baby Driver. Y se agrega la sal gruesa -como decía Horacio Quiroga hace casi cien años sobre las tendencias de los títulos locales- de la explicación que, para peor, es muy discutible. Con ese título espantoso, además, se pierden las posibilidades de buscar con facilidad en la web todo lo bueno que se viene diciendo de Baby Driver desde su estreno en marzo en el festival South by Southwest, claro, con su título original. Confieso que hasta un día antes de ir a la función privada ni me había dado cuenta de que este estreno con este título feo era Baby Driver, la película de Edgar Wright que estaba esperando con ansias, por lo que había dicho gente confiable y por los antecedentes del director, como Shaun of the Dead o The World’s End. Detalle: Shaun of the Dead también sufrió el ataque (en video) de un torpe título local como Muertos de risa.

Hace algunas semanas, es decir meses después del estreno, vi Rogue One: una historia de Star Wars. Como suele suceder cada vez más y cada vez más rápido, ver una de esas películas globales luego de su momento de auge es, casi, hacer una especie de arqueología cultural. “¿Y por qué la viste recién ahora?”, me han preguntado. Mi respuesta fue que cuando se estrenó en diciembre tenía que ver muchas otras películas. Pero una respuesta más elaborada, hoy, podría ser que soy de la época en la cual las películas duraban no solamente más en cartel sino que además podían verse durante más tiempo, que no era tan raro ver en la primera mitad de 2017 una película estrenada en el último mes de 2016. En estos tiempos las películas, y los capítulos de series, parecen tener un atractivo extra si son vistos en el momento del lanzamiento. Y con “momento del lanzamiento” estamos cada vez más cerca de la idea de “en el exacto momento en que se pone disponible on line una serie” o “en la primera función de una película, y si hay que viajar a Australia para que sea antes, bueno, se justifica”.

Han pasado siete años desde el estreno de Mi villano favorito, la primera. En ese período, la productora Illumination se convirtió en una de las gigantes globales de la animación, con varios éxitos, incluso más allá del Villano Gru y sus Minions, pero no vayamos por fuera de ellos. Con los años, ante cierta indiferencia que me provocó Mi villano favorito 2 y las catástrofes derivadas de los Minions (largo y cortometraje), me pregunté si mi valoración positiva de la primera, la de 2010, podía sostenerse. Y la volví a ver, completa y luego por fragmentos. Y sigue siendo una muy buena película. Busqué lo que escribí en ese momento, y resulta que fue para este sitio -pensé que había sido para El Amante, pero ahí escribió Leonardo D’Espósito, al que también le gustó-. Aquí pego, quitando dos referencias al contexto del estreno, lo que escribí en 2010.

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